Abdulá

Abdulá


Abdulá corretea cerca de su madre buscando un cajón que abrir o una caja con un gran tesoro dentro. Solo tiene tres años, extrovertido, juguetón y cariñoso. Ah, y todo lo que dice debe ser muy importante por la seguridad con la que siempre mira a su interlocutora. Habla árabe y una pocas palabras en castellano, pero entiende todo lo que se le dice. Su rostro es pura risa y travesura. Conoce a todos los del grupo por el nombre y los agasajos que les  brinda cuando les ve, son pagados, sin él saberlo, en abrazos y besos, en caramelos y chuches.

Su madre, la madre niña, Hanifa, viene casi a diario a recoger alimentos. Eso es lo único que necesitan de Cáritas porque el marido tiene un trabajo estable de sueldo precario y más hijos que mantener en otra familia.

Hanifa lo deja hacer y lo mira arrobada. Siempre dice que es muy bueno, que, tan pequeñito, se porta muy bien en casa. No va a la guardería pero mamá lo lleva al parque a la hora en que los niños salen, para que haga amigos. En pocos meses empezará el cole y quiere que no se sienta extraño.

Ella, estando un día de compras, vio una pelota imitando un balón de reglamento. Se le ilumina la mirada porque en seguida se da cuenta de que esa pelota maravillosa tiene un destinatario indiscutible: Abdulá.

Compra la pelota que va envuelta en papel de celofán, le ponen una bolsa y el día que le toca reparto se la lleva esperando que Hanifa no falle ese día.

— Abdulá, mira lo que tengo para ti.

Abdulá se acerca, coge la bolsa y mira dentro. La deja caer al suelo y empieza a dar vueltas a su alrededor, a aplaudir y a expresar, como podía, una alegría increíble. El niño, tan emocionado estaba,  era incapaz de sacar la pelota de la bolsa.

— Abdulá, vamos a sacar la pelota de la bolsa, le quitamos el papel y jugamos.

Él le apartaba las manos sin dejar de reír y de aplaudir. Hanifa y ella no podían hacer otra cosa que reír también.

De pronto Abdulá olvida la bolsa, se abraza a las piernas de ella y alzando la carita empieza a hablarle atropelladamente, como en una súplica.

— Hanifa, ¿qué dice?, ¿qué dice?

Hanifa, con los ojos empañados, le responde:

— Te está pidiendo que traigas otro regalo… para mí…

Ella se arrodilla en el suelo, no tanto para abrazarle y cubrirle de besos sino para postrarse ante la pureza del amor de un niño, ante la ternura, la generosidad y la determinación de un ser humano casi acabado de llegar al mundo en la pobreza vacía y silenciosa de una familia que no ha debido escatimar al dotarle de todos los tesoros que el corazón guarda para lo más valioso y sagrado que llega a sus vidas.

Mª José Varea
Voluntaria

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