Acompañamiento en el campo de refugiados

Acompañamiento en el campo de refugiados


Esta entrada forma parte de la serie iniciada sobre la campaña Compartiendo el viaje de Cáritas Internationalis.

Acnur, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, define los campos de refugiados como asentamientos humanos con una anatomía y características diseñadas para atender provisionalmente a aquellas personas que huyen de la guerra o de los conflictos armados. Esta atención prestada hasta el regreso al país de origen, el reasentamiento en un tercer país, o la integración en el país de acogida, precisa de instalaciones de salud, calles, seguridad, infraestructura, colegios, zonas comunes, depósito de alimentos, sitios de ocio, mercado, saneamiento y residuos…

Pero sobre todo, esta atención provisional precisa de voluntariado, el gran tesoro de Cáritas, personas que se afanan por convertir esos lugares inhóspitos –en ocasiones verdaderos campos de concentración, como dice el papa Francisco– en lugares más habitables. Uno de esas voluntarias es Helena. Compartamos con ella, no su viaje, sino su fraternidad y amor hacia los que sí viajan.

“Me llamo Helena y a mis 81 años sigo siendo voluntaria de la parroquia de Lesbos. A lo largo de los años he realizado tareas muy diferentes. Pero las necesidades cambiaron cuando empezaron a llegar tantas personas que huían del horror de la guerra y la miseria. Así que estuve limpiando letrinas porque no había nadie más que lo hiciera. Todo el mundo prefería estar en primera línea salvando a las personas exhaustas que llegan a la playa. La limpieza es un servicio que no se podía organizar porque la gente estaba 72 horas como máximo en este lugar. Así que mientras muchos voluntarios internacionales se peleaban por rescatar barcas, mis amigas de la parroquia y yo limpiábamos. Encargamos a un voluntario italiano muy experto en emergencias la organización del almacén… ¡gracias a Dios que accedió y no pidió ir a las playas!

Tras el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía con el consiguiente cierre de fronteras pasamos a colaborar con el personal de Cáritas que trabajaba tanto en el campo, como en un centro de acogida para organizar turnos de recogida de basura y limpieza entre las familias que vivían allí.

Me conmueven las historias que me cuentan las personas con las que me encuentro. Hoy he conocido a Sara. Ella es siria y viajó con sus padres y hermanos, pero todos han muerto por el camino. Ahora enseña a los niños en el espacio que la casa de acogida ha improvisado para la educación no formal. A todos nos preocupa que no vayan a la escuela, por eso se han organizado talleres educativos, aunque con éxito desigual porque los niños saben que no es un colegio real y los padres no los obligan a asistir debido al cansancio acumulado. Tenemos que trabajar mucho con los padres, para que se den cuenta de lo necesario que es tener a los niños ocupados e inculcarles la rutina del estudio. Hay una niña de 10 años, Lina, que quiere ser doctora, ¡y lleva 6 años sin ir al colegio!

Y cuando otra niña, Fátima, de 13 años, que ha aprendido a hablar inglés perfectamente en tres meses, nos dice que le gustaría conocer a gente de su edad y estudiar… rezo por ella, para que no pierda la ilusión de tener una vida normal, que no caiga en redes de tráfico de personas ni en malos vicios…

Poco a poco empieza a haber personas que piensan en asentarse definitivamente en Grecia. Las trabas son muchas, ya que casi todos desconocen el idioma y la idiosincrasia del país. Para facilitarlo tenemos traductores socioculturales, que normalmente son personas refugiadas que han pasado por la misma situación y que se han convertido en nuestros colaboradores necesarios. Sin ellos, no hubiésemos podido entender lo que les pasaba a todas estas personas que llegaban en condiciones extremas. Hemos aprendido que no siempre basta con la buena voluntad. Hay que tener conocimientos mínimos para trabajar con personas que llegan de países con idiomas y culturas diferentes a la nuestra.

La situación era tan estresante que apenas teníamos tiempo de pensar. Así que, en todos los servicios de Cáritas decidimos hacer evaluaciones rápidas para ver si la atención era o no adecuada. Esto nos ha permitido detectar necesidades que no estaban en el papel. Por ejemplo, se ha habilitado un espacio de recreo para hombres y otro para mujeres en el campo de refugiados, que ha ayudado a aliviar el estrés; se han puesto hornos para que las familias puedan cocinar sus propias recetas; a la hora de acceder al sistema público de salud, pedimos la incorporación de un mediador para que les ayude a entender los tratamientos médicos y los administrativos.

Siempre he estado encantada de participar en la vida de la parroquia. Pero esta realidad nos ha puesto a prueba a todos, ser consciente de lo que pasa en el mundo y de lo urgente que es sentir que estamos para servir al prójimo. Me siento útil. Pero sobre todo, me siento en fraternidad con estas personas. El otro día nos contaron que en Atenas, cada viernes, se celebra una misa en la Iglesia Armenia colindante a un centro de acogida y que después se comparte una cena entre la gente de la parroquia y las personas migrantes y refugiadas. Estamos pensando en hacer algo parecido aquí en Lesbos, en la parroquia, y así promovemos la cultura del encuentro de la que habla el papa.

Quedan muchos retos: empleo, integración, apoyo psicológico para las personas que están traumatizadas todavía. En ello estamos. Lesbos es una isla pequeña pero encantadora y mi país también… Tenemos que aprender a darnos, a integrarnos sin racismo, a encontrar oportunidades para todos, a ser familia humana”.

(Historia extraída del material didáctico de la campaña Compartiendo el viaje)

Para Cáritas, la defensa de los derechos y dignidad de las personas migrantes y refugiadas es una prioridad. Pero Cáritas son las personas voluntarias como Helena que en los campos de refugiados ponen rostro a las cifras que vemos y escuchamos en los medios de comunicación, dando forma y visibilidad a la misericordia. Como dijo el papa Francisco en el Jubileo de los Voluntarios y Operadores de la Misericordia, son “artesanos de la misericordia”.

Paz Gómez
Voluntaria

 

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