Aporofobia: un desafío de justicia

Aporofobia: un desafío de justicia


La filósofa Adela Cortina impartió, el pasado miércoles 16 de enero una conferencia en Gandia titulada: “Aporofobia: rechazo al pobre. Un desafío de justicia”. La charla, desarrollada dentro de los actos del 50 aniversario de Cáritas Gandia que se conmemora en este 2019, congregaba a 450 personas en un acto organizado conjuntamente con el Centre Internacional de Gandia (CIG) de la Universitat de València y con la colaboración del Museu Faller.

Adela Cortina comenzaba su intervención explicando que aunque es una alegría que Cáritas Gandia cumpla 50 años, esto significa que sigue habiendo pobres. Y en este sentido, señalaba que es necesario que las entidades y diversas instituciones empoderen a las personas.

En esta línea, Cortina explica que hay que distinguir entre pobreza y vulnerabilidad: «Hay que acabar con la pobreza económica porque hay medios suficientes en la tierra para poder acabar con ella. Y hay que acabar con el hambre en el siglo XXI. Y en esto se tienen que poner de acuerdo todos: políticos, empresarios, ciudadanos… La vulnerabilidad nos constituye de niños, de ancianos, cuando estamos enfermos. Siempre harán falta instituciones que estén ayudando a las personas más vulnerables, por eso creo que el trabajo de Cáritas no se va a acabar nunca».

En su argumentación del significado de aporofobia, explicaba la filósofa que fue en los años 90, cuando se hablaba tanto de xenofobia (odio al extranjero), ella pensaba que «tal vez no seamos tanto xenófobos como aporófobos. Nos alegramos cuando vienen extranjeros turistas. Nadie da la noticia con tristeza porque el turismo es la principal fuente de ingresos de nuestro país. En ese sentido no somos xenófobos. Pero los extranjeros que vienen del otro lado del estrecho, sí parece que nos molestan. La gente está contenta con la llegada de futbolistas o cantantes extranjeros». Con todos estos razonamientos, Adela Cortina se preguntaba si nos oponemos a los extranjeros o a los pobres y buscó en el diccionario de griego la palabra “pobre”, que se traduce “ á-poros”, a lo que añadió fobia (rechazo), y acuñó la nueva palabra aporofobia, que fue aceptada por la Real Academia de la Lengua y nombrada palabra del año por la Fundación del Español Urgente (Fundéu).

Adela Cortina considera que hay que poner palabras a las cosas, «para denominarlas por su nombre e identificarlas». Y la Fundéu también lo vio así y añadió que «era importante porque podría ser una palabra transformadora de la realidad». Desde entonces, la aporofobia identifica algo que existe: el trato malo a los pobres.

La filósofa explicó en su discurso que la neurociencia dice que nuestro cerebro es xenófobo. «Por una parte tenemos auto interés, que es el afán de supervivencia, y por eso le gusta moverse en un terreno en el que nos sentimos seguros. Además, tenemos un mecanismo de disociación que consiste en poner entre paréntesis lo que nos puede molestar o perturbar. Y en este sentido rechazamos lo extraño, lo que nos pueda molestar. Así se ha construido el cerebro humano desde hace miles de años. El hombre siempre ha vivido en pequeños grupos y por eso rechazábamos a los extranjeros y esa idea ha quedado en el cerebro: la de rechazar al que viene de fuera. Lo ha construido el cerebro humano como mecanismo evolutivo, según la antropología».

«Yo creo además —decía Cortina—, que tenemos tendencia a rechazar al pobre. El ser humano es un maximizador del beneficio, caiga quien caiga (es lo que se denomina racionalidad económica), pero eso no es del todo cierto. Tenemos otra tendencia, la de reciprocar, dar con tal de recibir. Y así es como se ha ido generando el cerebro humano. Necesitamos lo que otros nos pueden dar. Vamos dando con tal de recibir. Entonces es cuando empiezan los problemas».

En este sentido explicaba Adela Cortina que la clave del Estado de derecho en el que vivimos es la “reciprocidad directa”, de forma que cada uno de nosotros cumplimos nuestras obligaciones, pero esperamos que otros aseguraren nuestros derechos. “Es un pacto que ocurre en todos los niveles de la vida. Pero ¿qué pasa con los que no tienen nada que ofrecer a cambio? ¿Enfermos mentales, discapacitados o los que vienen del otro lado del estrecho y que parece que solo nos van a dar problemas? Por esa razón nuestro cerebro es aporófobo, porque esperamos que nos devuelvan el favor. Siempre quedan fuera los excluidos”.

Ahondaba en este sentido en lo que decía Kant: «obra de tal manera que trates a la humanidad como un fin y nunca solamente como un medio porque toda persona tiene dignidad y no un precio».
«El ser humano —añadía—, es único, tiene dignidad y no puede ser intercambiado por un precio. Hay necios que no saben distinguir entre precio y valor».

Entonces se preguntaba ¿qué podemos hacer? Señalaba que «la educación formal es necesaria pero también la educación informal, a través de las redes sociales,  los medios de comunicación, las instituciones, en la sociedad en general, porque eso es lo que los niños absorben. También es tarea importante la labor de los políticos que tienen que estar al lado de los desfavorecidos».

Y añadía otra pregunta, «¿en qué es necesario educar?». Y se respondía: «En las virtudes de justicia y compasión. La justicia se exige. Los problemas no vienen solo por falta de justicia sino por falta de compasión. Pero hay que entender la compasión como capacidad de padecer con otros en la alegría y el sufrimiento. No basta con la empatía. La compasión se basa en ayudar al otro a salir del sufrimiento. Es una virtud de ojos muy lúcidos porque siempre ve en el otro algo interesante que ofrecer. Y sin esperar nada a cambio. La compasión y la gratuidad son fundamentales para acabar con ese fenómeno horroroso que es la aporofobia».

Cáritas Interparroquial de Gandia 

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