Aquella pregunta

Aquella pregunta


– Siéntate si quieres.

Él está sentado en la parada del autobús con la bolsa de sus pertenencias y un tetrabrik de vino al lado.

– No, es que llevo ya un buen rato sentada.

– ¿Eres maestra?

– No. Estoy jubilada.

– Pues eres muy joven.

Se ríe ella y le dice que mira con muy buenos ojos.

– Me fijo mucho en la gente y así aprendo. Me acuerdo mucho de mi maestra de cuando era pequeño y no sé si se habrá muerto. Mi madre sí que se murió hace cinco años y desde entonces vivo en la calle. Pero a la gente no le gusta hablar conmigo.

Esas palabras le hacen reconocerle. Hace unos años vagaba cerca de allí con un perro y el tetrabrik de vino e intentaba hablar  con la gente que encontraba a su paso. Ella le decía alguna palabra amable y él le contó que su madre acababa de morir y le pregunta:

– ¿Verdad que las madres no engañan?

Sintió entonces ternura y piedad porque su mirada bonachona y su necesidad de hablar  con la gente no tenían la acogida que él necesitaba. Hoy sigue ofreciendo conversación a los que pasan cerca de él.

– Ya no estoy enganchado a las drogas. Ahora sólo al alcohol y al tabaco.

– ¿No tienes más familia?

– Sí, pero no los quiero. Yo quiero a la gente, pero a ellos, no. Pregunta, pregunta por mí en la gasolinera y a los de la EMT. Todos me conocen. Me gusta vivir en la calle… y me gusta tocar la armónica. Mira, mira.

Y saca de la bolsa la armónica y toca un poco…

– Pero vas muy limpio para vivir en la calle.

Sonríe él con picardía y dice que es que tiene sus amigos.

Siguen charlando y él contándole su filosofía de vida y la de la gente a la que, dice, conoce muy bien. Le habla de su enfermedad mental que a veces no le deja vivir…

La llegada del autobús sólo da tiempo a una última frase:

– Me llamo Salva y tú, ¿cómo te llamas?…

Es la calle, una vez más, la que acoge una debilidad mental que sólo tiene cabida en el hogar de una madre y ella, hoy, siente admiración por los de la gasolinera, por  los de la EMT y también por la armónica que Salva toca de oído porque se han convertido en la única familia, en el vínculo afectivo que tanto necesita este hombre inocente y enfermo.

Mª José Varea
Voluntaria

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