Brasas en el fuego

Brasas en el fuego


No suele abrir los ficheros que le envían por WhatsApp, pero este es de su amiga Carmen y sabe que merecerá la pena echarle un vistazo.

Habla de un grupo de amigos al que uno de ellos, sin explicaciones, deja de acudir. Deciden que otro de los amigos se acerque a su casa a interesarse por él.

— Hola, compañero. Hace semanas que no sabemos nada de ti y estamos preocupados.

— ¡Qué alegría! Pasa, pasa.

Un fuego, cálido y acogedor, crepita en una amplia chimenea. Se acomodan los dos hombres cerca de ella.

— De verdad que estamos preocupados, José. Ni nos llamas ni contestas a nuestras llamadas. ¿Qué te ocurre? ¿Tienes algún problema?

— No, mira, no me ocurre nada. Es que he perdido el interés. No me apetece mucho salir. Leo, escucho música y doy algún paseo. Estoy bien.

Los dos amigos se quedan callados. Pasan los minutos y el visitante coge con las tenazas una brasa llameante y la deja separada de la lumbre.

Ninguno de los dos dice nada. Absortos en sus pensamientos, la mirada perdida en el  fuego, dejan pasar el tiempo plácidamente.

— ¿Te has dado cuenta, José? He separado la brasa del fuego y durante un poco de tiempo ha seguido llameando, pero mírala ahora, consumida, casi apagada…

 

A esas alturas ella ya veía en José a su compañera, pongamos que se llama María, que estaba pasando por una pequeña crisis personal.

María le había dicho que dejaba Cáritas, que estaba desmotivada y que en solitario también podía ayudar a la gente necesitada.

— Pero, María, si tú has sentido que dar de comer al que tiene hambre, vestir al que tiene frío o consolar al que llora era lo más grande que podías hacer en tu vida, ahora ¿cómo puedes decir que dejas Cáritas?

— Ayudaré a quien me pida ayuda.

Intentó convencerla de que no sería lo mismo porque la oportunidad de hacerlo desde el grupo, con los apoyos y la formación que recibían, además del calor de los compañeros, multiplicaba la capacidad de hacer el bien.

Ahora le contaría el cuento de las brasas y le mostraría cómo los troncos secos, todos juntos, prendida en ellos la llama del amor de Dios, se llenan de vida; que sus brasas son luz y son calor, que se alimentan las unas de las otras y son capaces de alcanzar hasta los rincones donde más necesarias pueden ser; que saben caldear acogidas, estados de ánimo y esperanzas. Sí, todas juntas, en una sola lumbre, forman la más clara luz y el mejor calor que emana de la mano de Dios.

Mª José Varea
Voluntaria

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