Carlos Sánchez de Castro

Carlos Sánchez de Castro


“Sin acogida no hay caridad”. Es la frase, contundente, con la que Carlos Sánchez de Castro da comienzo a esta entrevista; frase que conforme va transcurriendo el relato de su vida va adquiriendo un sentido nuevo, amplias tonalidades, se expande, se acerca, lo envuelve todo y se hace humanidad que emana solo de Dios.

Carlos, a sus setenta y pico de años, deja su cargo en Cáritas Diocesana como subdelegado episcopal para centrarse en su parroquia y en las personas excluidas, solas, de su barrio de la Malvarrosa.

Carlos mantiene, desde muy pequeño, una guerra sin cuartel con su cuerpo, mejor dicho, con una columna vertebral que se niega a permanecer recta y en su sitio. Lo que sí que tiene Carlos es un alma muy recta y una voluntad de hierro para mantener esa guerra y salir victorioso batalla a batalla.

“Sin acogida no hay caridad”.  Dice Carlos que no puede uno dejarse llevar por las apariencias.

– Yo debo decir que he nacido en Cáritas porque por circunstancias de mi familia necesitábamos siempre de alguien que nos ayudara. Éramos ocho hermanos en un pequeño pueblo de Toledo. Mi casa, diminuta, con dos camas para todos nosotros. El trabajo, escaso en aquellos años y mi madre, fuerte y dura, nos atendía a todos después de dejar la casa de los señoritos donde trabajaba. Una hermana y yo cogimos tifus a la vez y ella nos metió a los dos solos en una de las camas, con sábanas que lavaba todas las noches porque solo teníamos un juego, impolutas y con una limpieza extrema en toda la casa. Vinieron a vernos dos señoras de la parroquia para evaluar si necesitábamos ayuda. Vieron la casa tan ordenada y tan pulcra que estimaron que estábamos bien. Había días que ni comíamos, pero ellas no lo supieron apreciar. Eso me marcó y me hice el firme propósito de no juzgar nunca por las apariencias, ni por la suciedad que no tiene nada que ver con la pobreza. Yo me propongo que eso no puede ser así, que alguien que acuda, porque necesita, no puede ser atendido por esos juicios. Otra persona que me marcó de pequeño fue el párroco de entonces, don Victorio, porque en ese hombre, generoso y desprendido, vi lo que yo quería ser de mayor. Siempre pensé que si un día tenía que acoger a gente, sería escuchándoles. Sería, sobre todo y ante todo, saber qué es lo que necesitan. Cáritas no es repartir. Es acoger, escuchar. Es amar.

 

“Sin acogida no hay caridad”. Sus padres no podían costearle el seminario para ser cura como el de su pueblo y les propusieron que ingresara en un convento de Lleida. Y allí se fue con once años y solo. A los tres años de estar allí la enfermedad se apoderó de él y ya no le ha dado ni un momento de tregua.

– Yo quería ser como él, luchar por la gente, acogerla. Y no podía imaginar nunca que, en nombre de Dios, se pudiera dejar a un niño, con unos dolores terribles en la espalda sin llevarlo al médico. A los catorce años tuve una escoliosis terrible y cuando me llevaron al hospital, un año después, tras la operación, a vida o muerte, me escayolaron de los pies a la cabeza. Cuatro meses así. Una buena persona le pagó el viaje y la estancia a mi madre para que estuviera conmigo. Cuando salí del hospital, los frailes me tiran a mi casa porque dijeron que con un defecto tan visible no podía ser religioso. Fue muy cruel.

“Sin acogida no hay caridad”. Vuelve al pueblo, sin poder trabajar en nada. Sus hermanos van a jornal por lo justo para comer. Trabajo por comida. Fue una época de gran sufrimiento. Para ir a la Iglesia iba por todos los arrabales para que nadie le viera. Creía que todos le miraban por la chepa que le quedó. Mucho más tarde pensó que seguramente le miraban porque hacía mucho tiempo que no le veían. No desistió Carlos de su vocación.

– Entré en tres conventos más. No me querían para sacerdote, soo podía ser lego y hacer tareas de limpieza o en la huerta. Quería demostrar que era como los demás, pero con esa espalda me dijeron que no podía continuar. Otro golpe. Por fin encuentro la Fraternidad de Foucauld y me marcho a Francia. Allí encajé perfectamente. Me encontré acogido, querido y hasta me ayudaron económicamente con mi familia.

“Sin acogida no hay caridad”. La responsabilidad para con su familia le hace volver a casa, por unos años, para ayudar con los hermanos pequeños. Encuentra trabajo en Madrid y allí se trasladan sus padres, los dos hermanos y él. Dice que le engañan de todas las maneras en la búsqueda de un alquiler. Es el único momento de su vida que siente ira, pero consigue una habitación para todos ellos, con una cama y derecho a cocina. Acogen a una cuñada que cae enferma y a su niño.

– ¡Dios mío, si tengo familia numerosa y no me he casado! Estaba desesperado. Veía sufrir a mi madre y a todos, sin casi dinero. ¿Yo que hago? Fui a buscar consuelo a la iglesia y el párroco, mirándome con desconfianza, creyendo que iba a pedir ayuda, no me escuchó. Ese fue el recibimiento. No se puede recibir así. La Iglesia no es esto. Estuve seis meses sin volver a la iglesia.

Carlos Sánchez con el otro diácono de Cáritas, Sebastián Alós y Concha Guillén.

Carlos Sánchez de Castro con Luis Sanus, el otro diácono de Cáritas, el delegado episcopal de entonces, Sebastián Alós y la directora de la Institución, Concha Guillén, en 2006.

“Sin acogida no hay caridad”. Pero Dios tenía otros planes para él. Aunque la vocación la tenía clara, algo había dentro de él que le hacía pensar que qué mujer se iba a fijar en él con esa chepa…

– Vivía enfrente de la Iglesia que yo frecuentaba. Era muy guapa. Decía que lo que más le molestaban de la gente era la hipocresía: “Se creen santos y mira lo que hacen”. Pensábamos de la misma manera, nos hicimos novios y nos casamos. Seguimos la misma forma de vida que yo había visto en mi casa, en mi madre. Siempre había una cama para quien la necesitase. Para mi espalda y mis pulmones el médico nos recomendó vivir en un sitio como València. Después de la segunda operación me dan la incapacidad y nos venimos a vivir aquí. Ya teníamos cuatro hijos. A veces cuando llegaba a casa encontraba a una gitana sentada a la mesa. Mi mujer me decía que como no podía darle dinero, la invitaba a comer. Ella era así.

“Sin acogida no hay caridad”. Se reencuentran en Valencia con la Fraternidad Foucauld, ahora como seglares, trabajando con la gente más necesitada. Tienen aquí a su último hijo. Pasan los años y su mujer, tras una dura enfermedad, fallece.

– Dios mío, te has equivocado. Me tenías que haber llevado a mí. Mi hijo más pequeño tenía trece años y los otros con problemas. Como si ella nos echara una mano desde el cielo, todo se arregla. Yo sigo con mi vocación y me ordenan diácono. Llego a Cáritas. Se crea la figura de subdelegado diocesano. Aquí he actuado con entera libertad, he podido hacer lo que realmente he creído y he sentido. Me ha gustado hablar más que desde la palabra, desde los hechos. Fue la época en la que Sebastian Alós estaba de delegado episcopal de Cáritas Diocesana de Valencia. Lo que más hicimos fue trabajar con las personas migrantes. Se montó un local grande, Casa Belén 1, donde se les daba de cenar, se duchaban y se lavaban la ropa. Pero después tenían que volver a la calle. Eso me impresionó. Me dije que eso no podía ser. Algunos ni cenaban. Les veías allí, con el plato delante y durmiendo de lo cansados que estaban. Muchos de ellos iban a la recogida de la naranja. Eran ilegales. Me iba a las cinco de la mañana con muchos de ellos a la Pantera Rosa a ver si los podía colocar en alguna furgoneta. Al año siguiente nos cedieron la parroquia antigua del Espíritu Santo.  La administración nos ayudó mucho. Se pusieron camas, duchas, lavadoras y se buscaron voluntarios. Teníamos miedo por lo que dirían los vecinos porque allí todo eran negros lo que se juntaban. Al final hasta ellos –los vecinos y vecinas– nos ayudaban. Quisimos que el Ayuntamiento se hiciera cargo de aquello y  así lo hicieron. Alquilaron un local por la avenida del Puerto y ya lo atendían con su gente. Nosotros seguimos trabajando con subsaharianos y Cáritas puso en marcha varios pisos cedidos o alquilados donde los acogidos podían estar un tiempo, suficiente para intentar regularizar su situación. Suelen salir adelante pero con trabajos muy precarios: gorrillas, vendimia, chatarra… En 2010 planteo la ayuda a toda esta gente que está siendo desahuciada de sus viviendas y empiezan a funcionar varios pisos para alojarles. Esta es mi vida, mi objeto y mi objetivo, pero a raíz de mi última operación cogí mucho miedo a los autobuses que son mi medio de transporte. Debo dejar de estar en todos los sitios. Ya he rebasado con creces la edad y puedo centrarme en mi parroquia. Hay muchas cosas que hacer.

Pues este es Carlos Sánchez de Castro, un hombre de una lucidez extraordinaria que deja un servicio en Cáritas Diocesana pero que no deja, ni por un momento, su compromiso con la caridad. El relato de su vida es duro y a veces desgarrado pero la única huella que ha dejado en él es la de una acogedora bondad.

Mª José Varea
Voluntaria

Hay 2 comentarios

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  1. Maria Nieves

    Impresionante, Carlos. Siempre que le he encontrado, estaba sonriendo. Amable, disponible. Conocía algo de su historia, pero no este amplio relato que marca un carácter, un sentido, una vida entregada. Gracias Carlos por ser así, por “estar”, por tu ejemplo, por no echarte nunca atrás, por seguir, seguir, seguir sirviendo siempre.

  2. Juan

    Carlos te debemos todos tus compañeros de la Caritas Interparroquial San Pio X, mucho no… muchisimo, con tu ejemplo hemos llegado a hacer grandes cosas todos juntos. A ti se te termina el tiempo en Diocesana y a nosotros se nos acaba tu presencia con tu labor cotidiana, ya que tambien dejas tus responsabilidades con nosotros. Gracias porque “algunos” no te las daran.

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