Cuando las mujeres eran invisibles

Cuando las mujeres eran invisibles


Hubo un tiempo en que la vida fluía sin que las mujeres intervinieran en nada que se considerara importante: política, ciencia, cultura, sociedad… Eran otros tiempos. Mujeres que eran moneda de trueque en ventajosas alianzas familiares,  amas de casa sin derechos, madres relegadas al puro servicio, criadas a jornada completa… Ni dueñas de nada, ni consideradas, ni respetadas. Eran mujeres y ellas lo sabían. Sabían que sus capacidades eran idénticas a las de unos  hombres que habían creído en su superioridad intelectual, quizás porque tenían sobradamente demostrada su fuerza física. Eran tiempos en los que ni la industria, ni la tecnología, ni los medios de comunicación, ni mucho menos las redes sociales, eran conocidas.  

El milagro de la revolución industrial encontró en las mujeres necesitadas de medios de subsistencia mano de obra barata. Otra vez ni derechos, ni consideración, ni respeto. ¡Ah!, pero hubo unas cuantas, decididas y valientes, que emprendieron una denuncia y una lucha por conseguir una igualdad, y no solo en las condiciones laborares, con sus compañeros, los hombres.

Ese puñado de valientes, en muchos países del mundo, aún a costa de su vida, lograron abrir una pequeña brecha en la supremacía masculina y sirvió para asentar el primer  material de unos sólidos cimientos que fueron creciendo y sirviendo de fuerza y ejemplo a otras mujeres para apostar por ser miembros de la vida de pleno derecho.

Las empresas, las universidades, el arte, la cultura o el deporte se fueron enriqueciendo con la participación, cada vez mayor, de las mujeres. Trabajo, estudio, maternidad y hogar inundaron la vida de las mujeres, cuyas capacidades se expandían para llegar a todo de una manera, injusta, pero impecable.

¿Y los hombres? ¿Los que eran jefes, maridos, compañeros de trabajo, padres, subordinados, hijos o amigos? Hubo de todo. Su papel fue cambiando con el paso de los años. La aceptación de la igualdad de sus compañeras, el compromiso en el hogar, la comprensión de las idénticas capacidades debería haber evolucionado de la misma manera que ellas.

Debería haber sido así. Trabajar codo con codo, tener las mismas oportunidades laborales y profesionales, igualdad en el acceso a cargos directivos o políticos, compartir el cuidado y la educación de los hijos, la responsabilidad en el hogar… y respeto. Respeto en todos los ámbitos de la sociedad. El respeto que proviene de la educación, esa educación tan necesaria para la convivencia.

Han pasado siglos desde que la mujer se rebeló contra un sistema tan injusto que la menospreciaba y la utilizaba y su lucha ha sido constante hasta nuestros días. Y nos encontramos, como si nada hubiera cambiado, en ese extraño punto en el que tenemos que seguir manifestándonos y parando nuestro trabajo, con lo que ello conlleva, para unirnos y concienciar a la sociedad para que no se ejerza sobre nosotras violencia alguna, para que no existan brechas salariales en nuestra contra, para que se promueva la conciliación entre profesión y vida privada, para “demostrar lo que somos” cuando lo que somos no hay que demostrarlo.

Si las mujeres paramos para la vida. No para la mitad de la vida, para la vida entera.

No. No somos invisibles. Somos y estamos aquí y allá… Inundamos la vida y somos la vida. Debemos compartir la vida, en igualdad de condiciones, porque sumando hombres y mujeres multiplicamos el bienestar, la convivencia y el progreso.

Mª José Varea
Voluntaria

 

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