¿De quién es la guerra?

¿De quién es la guerra?


Éranse una vez, no hace muchas decenas de años, unos pueblos, pequeños y laboriosos, rodeados de fértiles valles y de montañas escarpadas e inmensas. Sus habitantes, gente humilde y sencilla, vivían de lo que la tierra y sus manos producían.

Artesanos, agricultores y ganaderos compartían un tiempo en el que el trabajo y la buena amistad eran el sustento de sus espíritus bondadosos y afables.

Dominando pueblos y valles se alzaban los castillos de los nobles, de los dueños de hombres y mujeres, de tierras y ganados. Los nobles se ocupaban principalmente de idear y cobrar impuestos al pueblo para que no les faltase de nada y poder celebrar grandes fiestas para no aburrirse.

Como desde las ventanas de sus castillos la vista alcanzaba hasta el infinito y como la ociosidad de su tiempo les permitía pensar e imaginar, se creyeron con derecho sobre  los otros pueblos, sobre las personas y sus vidas. Como lo tenían todo, solo había dos sentimientos que les emocionaban y les impulsaba a ser más poderosos acaparando territorio y matando a quienes no consideraban dignos de vivir en sus posesiones: el odio y la codicia.

Quisieron entrar en guerra para cumplir esos codiciosos deseos. Bajaron a los pueblos y reunieron a todos los hombres jóvenes para inculcarles el amor a la patria, la lealtad, el honor y la defensa de su tierra. Tenían estos nobles muy buenas palabras, cargadas de pasión y de mentira, que llenaron la voluntad de los jóvenes de deseos de defender lo suyo, de dar la vida por los suyos.

Un padre, como todos los demás, escuchaba y el miedo se adueñaba de todo su ser hasta impedirle la respiración. Lo que más temía llegó bien pronto. Su hijo se había alistado al ejército que, decía, defendería la patria.

— Hijo, la patria es tu gente y también la gente con la que vas a luchar. ¿No te das cuenta de que con las armas no se consigue sino muerte y destrucción? Muerte para los tuyos y para esos desconocidos que son como tú, con sus vidas, sus familias, sus ilusiones y sus sueños. ¿Qué te va a ti en una guerra? ¿Por qué no te preguntas quién quiere la guerra?

— Padre, tú no entiendes nada. Yo tengo honor y eso me obliga a estar con los míos, luchando como un hombre.

Bien pronto el combate, sangriento, obligó a huir a familias enteras dejando un reguero de muerte a su paso.

El padre se quiso quedar para ayudar a su vecino en la recolección de una gran cosecha de naranjas que no quería perder. Y para no dejarle solo.

Más allá del campo de naranjas se desarrollaba la batalla y el sonido de las armas se les antojaba el repique insistente de las campanas que tocan a muerto.

Una mañana escucha a su vecino que le llama a gritos. Cruza el bancal y lo que encuentran los ojos le parece irreal, fuera de lugar.

Se acerca lentamente, cae de rodillas ante el cuerpo con los brazos en cruz y la sangre todavía brotando del pecho, hunde los dedos en la tierra húmeda y apoya los labios en la boca de su hijo. Un largo minuto. Se levanta y le dice al amigo que tienen que enterrar a los muertos.

Un joven malherido pide ayuda. Lo llevan a casa, lavan sus heridas y lo dejan reposar. Ellos tienen que continuar cavando. Otra queja, suave. Otra vida para salvar.

El odio se desencadena entre los dos heridos. Su lucha era contraria y eso, creen, les convierte en enemigos.

— Le mataré —dice uno.

— Le mataré —piensa el otro.

— En mi casa nadie mata a nadie —dice el padre.

El padre y el amigo, los dos de pocas palabras, les cuidan, les alimentan y les hacen compañía. Su filosofía de vida está cargada de humanidad, de modestia. El padre se convierte en padre para ellos, en autoridad moral, en sosiego para su odio y su ira.

Y se obra el milagro. Los dos soldados se miran a los ojos y ni uno ni otro encuentrna nada que les impulse a matar. La conducta ejemplar del padre les ha conmocionado en sus más íntimos sentimientos hasta el punto de que cuando llegan nuevos soldados a combatir, los dos muchachos defienden juntos la casa y a los dos ancianos. Uno de ellos muere y es enterrado junto a la tumba del hijo. Era de su mismo bando.

— Si hubiera muerto yo, ¿también me habrías enterrado junto a tu hijo?

El padre le pone la mano en el hombro, le mira con dulzura y le contesta:

— También.

El padre, pala en mano, vuelve a la casa. Se sienta en un banco, contempla las naranjas. Son la belleza perfecta, la vida misma, ajenas a la muerte, fruto de la voluntad de los hombres, que se extiende a su alrededor.

Mª José Varea
Voluntaria

 

Hay 3 comentarios

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  1. Manuel Monteagudo Gandía

    La codicia, la ambición y la mentira arrastra al orgullo, al odio y a la perdición. Sólo el amor a Dios y el amor al prójimo nos puede guiar hacia el camino de la libertad, la paz y la justicia.

  2. Davi Montesinos García

    Un cuento de gran calado, Mª José, con intuiciones que traslucen y reflejan la realidad de lo que ocurre. Ambición y codicia (causas), guerras, destrucción y violencias (consecuencias) camufladas bajo los valores de la patria, el honor y la lealtad. Y la contrapartida del cuidado, la atención y la ternura que incluso en el sufrimiento las personas son capaces de desplegar.

  3. Mª José Varea

    Davi, tu opinión me merece mucho respeto y me alienta, como tú, a poner mi humilde aportación a favor de la paz y del reconocimiento de todo ser humano. Gracias.

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