Dos pizzas

Dos pizzas


Era tarde de acogida y sabía que acabarían a una hora nada apropiada para empezar a hacer cena. Le dice a su marido:

– Podías comprar dos pizzas para cenar esta noche.

– Bien, después voy, contesta él.

La acogida transcurre tranquila. Fallan algunos de los que estaban citados. Maite, a la que no esperaban, entreabre la puerta y, asomando la cabeza, pregunta si puede pasar.

– Me he pasado por si no había nadie. He tenido suerte. Es que tenía que hablar con vosotras. ¡Estoy harta!

La suerte siguió acompañando a Maite esa tarde porque pudo hablar, desahogarse, protestar, sentirse escuchada y comprendida.

Suena un móvil, el de ella. Era su marido, había comprado las pizzas y un racimo de uva para postre. Perfecto, dice ella y sigue conversando con su compañera y con Maite.

Maite se queja de la cantidad de horas que trabaja al cabo del día. Trescientos y pico euros por cuidar a una persona mayor y ochenta por limpiar el mercado los domingos. Y los alimentos y ropa que le damos en Cáritas. Es la única que trabaja en casa y cuatro bocas para alimentar. Un pequeñín, su nieto, de dos años que dice que tiene “un agujero en el estómago”; su hija, casi adolescente todavía y un marido que trabaja esporádicamente. Qué hace para guisar comida y cena aprovechando casi hasta los huesos del pollo, todas las hojas de una lechuga y la poca fruta que comen, sin pelar para que llene más. El alquiler, el agua, la luz…

Ella, escuchándola atentamente, empieza a sentir una opresión en el pecho, como si le faltara el aire para respirar. Le acudían a la mente las dos pizzas y el racimo de uva, su conversación intrascendente con el marido, la mecánica de una compra y una cena sencillas y, sin embargo, cargadas de significado. Maite no puede comprar pizzas para cenar, ni de una manera intrascendente, ni mucho menos sencilla.

No es que se sintiera culpable, no, pero sí que pesaba sobre ella lo injusto de la situación en la que tantas familias carecen de lo imprescindible para vivir con las necesidades básicas a cubierto, junto a la tranquilidad de quienes pueden poner en la mesa unos alimentos nutritivos, abrigarse del frío en invierno o refrescarse en verano.

Más que nunca, se daba cuenta de que en la Acogida había tantas cosas que le pasaban desapercibidas en una rutina de cada día, que tienen un valor inmenso y que dejaba de apreciar porque está acostumbrada a vivir así. Un desayuno en una cocina de buena temperatura y con conversación agradable, una larga ducha, un ¿qué me pongo hoy?, otro ¿qué hago para comer?, un libro para leer, varias películas por ver…

Mª José Varea
Voluntaria

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