El amor que quedó pendiente

El amor que quedó pendiente


«Sus cenizas están esparcidas desde el mirador. Era lo que ella hubiera querido. Ser libre entre pájaros y nubes, disfrutando del sol y de la lluvia, de la tierra mojada, de las flores silvestres y de las nubes allá tan altas.

Mi niña, mi gran amor. Mi maestra, mi ejemplo, el motor de mi vida desde tu muerte.

Quisiste tomar la primera comunión aunque en casa no éramos creyentes. Yo te dije que me parecía bien pero que te acompañaría como si fuera a una función de teatro.

Dios me era indiferente. Ni le conocía ni me preocupaba si existía o no, pero siempre ha habido en mí una vocación, una necesidad de ayudar a la gente.

El precioso mirador ha sido mi refugio desde que tú nos dejaste un mes de mayo, cuando la naturaleza te pudo ofrecer su mejor morada. Allí, en la soledad, me sentía tan cerca de ti, tan acompañada por ti. Tú me llevaste a la conversión, pequeña mía. Tú me has mostrado, no sé cómo, el rostro de Dios. Me has conducido hacia Él. Empiezo a entrar en la ermita, a pasar tiempo con la sola compañía de Él, escuchándole, haciéndome fuerte con Él.

Recuerdo cuando el sacerdote te ofrece, ya muy enferma, la confirmación y tú aceptas todos los pasos de una persona religiosa, creyente, para morir en paz. Recibes la unción de enfermos. Qué madura eras para tus once años. Funcionabas sabiendo que ibas a morir pronto.

Cuando vinimos a San Antonio de Benagéber por motivos familiares, o porque tú nos condujiste, buscamos cosas que hacer dentro de la Iglesia y nos encontramos con el anuncio del curso de voluntariado de Cáritas. ¿Recuerdas? A la hora de las prácticas, yo  pido ir a la residencia de mayores. Empatizo con ello y ellas, despiertan en mí una ternura que me atrae hacia ellos. La ternura que tienen los niños, la llevan ellos. De alguna manera todavía me hiere la cercanía de los pequeños. Me llaman porque los niños siempre me han gustado mucho, pero me cuesta, aunque sé que tú quieres que también sean parte de mi vida. Cuántas veces decías que cuando cumplieras dieciocho años serías voluntaria y ayudarías a los niños con cáncer.

Y la residencia. Estaría ahí todo el día. Más horas, más días. Aunque no me toque, me paso solo para decir hola, para darles un beso. Es que cuando estamos metidos en esto se ven tantas cosas bonitas. Cuando salgo de trabajar, tan cansada y voy corriendo a la residencia a dar cenas, soy capaz de estar tres horas sin parar…

Irene, mi gran amor, esta es nuestra historia. Esto es lo que Dios ha querido de ti y lo que tú has querido de mí. Me enamoré de ti, Irene, y tu amor, el amor que nos quedó pendiente, lo entrego, lo comparto con las personas mayores y enfermas que tanto nos necesitan. Sí, Irene, nos necesitan a ti y a mí, a las dos, para que no se desperdicie ni una milésima de ese amor tan grande que llevamos dentro, el amor de Dios».

Mª José Varea
Voluntaria

Hay 6 comentarios

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  1. Pilar Carrasco Félix

    Pilar Carrasco Félix
    Fue una experiencia de vida a su lado. Mi hija Irene y yo nos complementábamos hasta parecer una, ya que hasta físicamente eramos dos gotas de agua. Gracias Maria José por narrar tan bien nuestra pequeña historia. Estoy muy orgullosa. En el libro que escribí se la conoce un poco más.

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