El buen pastor

El buen pastor


Les invitaban a asistir a la celebración de la eucaristía. Es normal que estos jesuitas que conviven con personas privadas de libertad les ofrezcan participar de alguna de sus actividades diarias. Leían estos chicos alguna vez las lecturas y en una ocasión unas señoras le dijeron que daba muy mala imagen verles subir al alta a leer.

Lo cuenta Mariano en su homilía del evangelio del Buen Pastor.

Sigue Mariano diciendo que muchos tenemos una imagen bella del Buen Pastor, con rostro resplandeciente y ropajes blancos e impolutos. Las ovejas, blancas también, apacibles y tiernas.  La realidad es que el rebaño del Buen Pastor eran los leprosos, los lisiados y los pecadores. Y eran su rebaño porque les conocía. Sabía cuál había sido su vida, cuál era su entorno y las oportunidades que habían tenido. Y por eso les quería. Y por eso luchaba por ellos. No les juzgaba.

El oírlo de labios de este jesuita le ha hecho reafirmarse en lo que desde hace mucho tiempo sabía. Formación de nuestra Cáritas Diocesana, años de experiencia en Acogida, trato con personas incapaces por sí mismas de salir de la exclusión, vidas muy jóvenes caminando sin afecto y sin guía, le han hecho verles como víctimas de una sociedad y un sistema público que no articula los suficientes medios para sacar a tantas personas de la marginalidad.

Y este evangelio y las palabras de Mariano le hacen atreverse a contar un cuento. Es el de una pobre niña que la emocionó por lo desvalida y necesitada que estaba de ganarse la vida como fuera. Sí, se atreverá porque entre nosotros que sabemos tanto de dolor ajeno, de soledad y de necesidad, nadie pensará de ella, ni de otros como ella,  que se aprovechan de la buena gente porque sabemos que no han aprendido otra cosa más que sobrevivir en un mundo que les da la espalda, que les aparta y les rechaza. La pobre niña forma parte del rebaño de Jesús. Él la conoce y la quiere. Y nosotros, como Él o como Mariano y su gente, la ayudaremos a mejorar.

Pues ahí queda. Os contará el cuento de la pobre niña y vosotros decidiréis si merece, como tantos, que le abramos los brazos como lo hubiera hecho Jesús.

Mª José Varea
Voluntaria

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