El desconcierto de Dios

El desconcierto de Dios


Es que no se lo podía creer. Mira que dedica tiempo a recorrer el mundo pasando por todas las situaciones y por todos los rincones. Se desliza cubriéndolo todo con un manto sutil de amor. No puede intervenir porque esas son las reglas pero no deja nunca de compadecerse, de alentar, de abrazar… o de alegrarse, de reír y de celebrar las obras de los hombres y sus consecuencias. Su amor es un susurro, delicado y fresco a la vez, que desea alojarse sobre todo en el corazón de las personas.

Tiene, claro está, obligaciones en el cielo que nunca desatiende pero lo que más le preocupa es la tierra porque le da muchos quebraderos de cabeza. Está muy pendiente de lo que ocurre en cada continente, en cada ciudad, en cada poblado, en cada corazón.

Cuando está con los suyos y les cuenta cómo van las cosas, repite, una y otra vez, lo incomprensibles que son los humanos. Les ha dotado de todas las cualidades, de todos los dones imaginables y de la capacidad para elegir, ¡de libertad!, y cuántas veces eligen lo peor, lo que más daño hace, lo que más destruye. Todos le dan la razón, una, porque el jefe siempre tiene la razón y otra porque… la tiene.

Ve con tristeza las inmensas colas de personas, familias enteras, que atraviesan países caminando, con niños pequeños, en busca de oportunidad, trabajo y techo para vivir; o a quienes cruzan el Mediterráneo en patera porque huyen de guerras y muerte; o la dureza de corazón de quienes pueden arreglar las cosas y solo se miran ellos mismos para acaparar poder y dinero; o la respuesta de algún país muy rico que, a la llegada de la pobre gente separa a los niños de sus padres para disuadirles de su objetivo, dicen, y levanta muros para que no entre nadie, para que mueran de hambre. Le cuenta el día a día de tantas personas que no tienen trabajo ni lo encuentran o de los que sí que trabajan pero el sueldo no les alcanza para mantenerse; o de los niños y niñas que mueren de hambre, que vagabundean por las calles solos, sin familia, a quienes se utiliza como mercancía.

Cada día es un sufrimiento nuevo pero también les habla de muchas, muchas personas que, la mayoría de las veces las más humildes, las que menos tienen, son capaces de acoger, de compartir y de solidarizarse con quienes aún tienen menos que ellas.

Y esto de ahora le ha dejado totalmente desconcertado. Se podía esperar cualquier cosa de los humanos, pero ¿esto? Él se fija en acciones, sentimientos y cosas así pero ¿esto?

 

Fue una casualidad. Él no necesita coger un ascensor para subir o bajar en los edificios y esta vez se coló, despistado, en uno de ellos…

Había ido a un hospital de València porque quería ver qué se decía en una concentración de sanitarios que reclamaban más personal para atender a los enfermos. De paso anduvo también por urgencias, fue a los quirófanos, a la UCI y a las habitaciones. Quiso hacerse notar para infundir ánimo y esperanza a todo el mundo y entonces ocurrió.

Absorto en sus pensamientos, se paró al lado de tres chicas de cierta edad que esperaban ante unas puertas. Se abrieron y entró junto a ellas. Cada una marcó la planta a la que iba y Dios se puso a mirarlas. Una debía ser paciente porque no llevaba bata blanca. Las otras dos sí la llevaban y encima de un bolsillito en el pecho decía “médica”.

Dios, aunque no entra nunca, sabe cómo funciona un ascensor y, pese a que los números estaban pulsados, aquello no se movía. Las tres estaban, cada una con un móvil, tecleando y pasando pantalla con el dedo. Treinta segundos, cuarenta… ellas a lo suyo y el ascensor parado. La que no llevaba bata levanta la vista y ve lo que ocurre. Les dice a las otras si se dan cuenta de lo que están haciendo. Vuelven las tres a pulsar su planta y comentan, culpables y entre risas, su dependencia del artilugio.

No se han dicho ni buenos días, piensa Dios escandalizado. Habrá que estudiar el tema.

Va a lugares concurridos y observa. Se monta en un autobús de la línea 99 que tiene un amplio recorrido y mira por donde, allí está la del ascensor que no llevaba bata. De allí recorre cafeterías, calles con gente que va y viene a toda prisa, tiendas, la sala de espera de pediatría de un ambulatorio y, ya por la tarde, parques repletos de niños, madres, padres, abuelas y abuelos.

Poca gente es la que mantiene conversaciones. Juntas, cercanas, pero cada una está absorta en su pantalla. No se hablan, ¡y hasta niños pequeños con tabletas! En unos segundos cambia de país, de continente y en los lugares donde observa un bienestar económico y social, también el móvil, la pantalla y la tableta son las protagonistas.

Dios no lo entiende. Está muy desconcertado. Es cierto que es un invento extraordinario y para eso ha dotado a los humanos de inteligencia excepcional, pero ¿y las cercanas relaciones humanas, las conversaciones amigables, las confidencias, el intercambio de opiniones sobre tantas cosas que suceden, la voz y sus matices que tan bien saben arropar a la mirada, a los gestos y a las caricias?

¿Niños pequeños con tableta? ¿Una mamá sosteniendo con una mano al hijo que mama plácidamente y en la otra el móvil? ¿Unos cuantos amigos en torno a un café y cada cual enfrascado en su móvil?…

Dios, con tristeza, se da cuenta de que algo está cambiando en el trato entre las personas. Sabe que una nueva forma de vida acapara los sentimientos entre ellas, que un lenguaje diferente, esquemático y frío, se establece por todo el mundo, poco a poco, cómodamente, sin casi darse cuenta, sin que sepan lo que dejan atrás, lo que pierden, lo que les espera.

Mª José Varea
Voluntaria

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