El pedregal

El pedregal


Tenía un alma bondadosa y le gustaba ser generoso con quienes se acercaban a él pero el sentimiento que le invadía, además de la tristeza, era la envidia. Era una envidia buena, sana, deseosa de ser útil como los campos que le rodeaban, de producir cosechas bien abundantes.

Nadie se fijaba en él ni contaba con él para nada. Su vida transcurría baldía, observando, queriendo aprovechar una oportunidad para mostrar que era valioso, que bajo las grandes piedras que lo cubrían había una tierra fértil dispuesta a acoger toda clase de semillas y planteles.

Su mirada se dirigía constantemente al cielo. Esperaba la lluvia con la esperanza de que las pocas hierbas que brotaban de su seno se alimentaran del agua bienhechora y fueran un signo de su valía. Al sol también le pedía que fuera amable, que los rayos que más secaban las plantas, compasivos, se desviaran un poco, solo un poco, de los escasos hierbajos que lo cubrían. Y en las noches claras, la luna era su amiga, su confidente.

— ¡Ay, luna, qué soledad tan grande! Pasan los agricultores y los corredores de los almacenistas a valorar y poner precio a las cosechas de los otros campos, hablan de la calidad de la tierra, del excelente abonado y de los buenos riegos. Yo quiero que vean lo que en mí crece porque puede convertirse en una buena producción, pero pasan de largo. ¿Y los otros campos, mis vecinos? ¿Crees que me aceptan como uno más? Pues no. Me miran con desdén. Hacen sus planes entre ellos, intercambian amistad y anécdotas y si alguna vez me he querido dirigir a ellos, su mirada ha bastado para que yo baje los ojos y llore en silencio.

La luna, desde tanta altura, lo comprendía muy bien. Estaba acostumbrada a mirar todo lo que ocurría en la tierra y sabía que crueldades como la que le contaba el pedregal ocurrían demasiado a menudo.

Pero ocurrió un milagro. Dios, que conocía muy bien el pesar del pedregal y que le quería de una manera muy especial, rozó con la suavidad de sus dedos el corazón de un chaval, Jesús se llamaba, que harto de trabajos indignos se quiso dedicar a la agricultura.

Jesús acababa de heredar unos buenos bancales al lado del pedregal. Hasta entonces había vivido en la ciudad donde había enlazado contratos precarios desde que acabó la Universidad. El pequeño empujón de Dios y la muerte de su padre le hicieron tomar la decisión. Poco sabía él de agricultura pero con el consejo de los del pueblo se veía capaz de cultivar los buenos campos de su familia.

Le dijeron que era el momento de plantar la patata. Labró, preparó la tierra y compró los tubérculos. Los troceó dejando en cada pedazo un pequeño brote.

¡Un día de duro trabajo y el bancal quedó sembrado!  En el capazo le había sobrado un puñado de trozos de patatas que arrojó maquinalmente al campo perdido y lleno de piedras de al lado.

— ¡Ya está hecho! —dijo Dios en voz alta para que le oyeran el sol, la lluvia y la luna. El sol y la lluvia intercambiaron una mirada cómplice y le dijeron a la luna que no dijera ni una palabra.

— ¡Qué sea una sorpresa, qué sea una sorpresa! —gritaron al unísono sol, lluvia y luna.

Jesús escardó con cuidado y para sorpresa de todos tuvo que regar muy poco porque esa primavera fue especialmente lluviosa.

Un día, empezada ya la recolección, Jesús andaba agachado entre caballones cavando la tierra y sacando patatas. Se enderezó cansado, puso la mano sobre su frente a modo de visera y miró a lo lejos.

Y a lo lejos divisa algo que mueve su curiosidad. En el pedregal ve unas hojas verdes, brillantes y lustrosas, que arropaban las pequeñas flores blancas de la patata.

¡Otra un poco más allá y otra y unas cuantas más! Habían arraigado con tal fuerza y habían sido alimentadas tan bien que no había comparación con cualquier otra patata que se hubiera sembrado nunca en el pueblo.

Jesús era muy joven y como en la naturaleza de la juventud está el ser un insensato decidió que limpiaría de piedras el pedregal entero y sembraría todo él en la próxima cosecha.

El pedregal no cabía en sí de gozo. Una vez más, al atardecer, miró al cielo, vio el sol casi escondido en el horizonte y unos negros nubarrones que predecían la lluvia. Todo él fue un canto de agradecimiento y esperó impaciente a que la noche se cerrara y contar a la luna que, por fin, alguien se había fijado en él, que los prejuicios de otros solo habían visto en él piedras y más piedras, pero que también habían sido otros los que le habían apoyado, los que le habían ayudado a dar lo mejor de sí mismo, a ser uno más.

Mª José Varea
Voluntaria

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