El valor de lo superfluo

El valor de lo superfluo


María había sido invitada a la boda de unos parientes. Pidió a Jesús, su Hijo, que la acompañara y Él intentó poner todas las excusas que se le ocurrieron para zafarse del compromiso.

María, que era un rato lista, se puso sería y le dijo:

— Mira Jesús, me acompañas a la boda y ya está.

— Pero Madre, si sabes que no me gusta nada ir a las bodas. Tengo que arreglarme  y me siento muy incomodo.

— ¿Me has oído? Y túnica limpia. Y las sandalias sin una mota de polvo.

A regañadientes Jesús fue tras María a la boda de los parientes.

Como era en un pueblo muy cercano al suyo, casi todos eran familia o se conocían. Jesús encontró allí a varios amigos y a unos que habían empezado a ir tras Él porque les gustaba cómo hablaba. Se encontraba casi a gusto conversando con todos ellos.

Cuando estaban a mitad del banquete, María le hace señas para que se acerque y le dice al oído:

— Mira, Jesús, los novios tienen un problemilla y solo tú les puedes ayudar. Se les ha acabado el vino y ya ves cómo está esto. Aquí hay fiesta para rato.

— Pero ¿qué dices, Mujer? ¿Qué nos va a ti y a mí en esto?

Bodas de Canaá. Ilustración de Félix Hernández op.

Bodas de Canaá. Ilustración de Félix Hernández op.

María, que ya no era la jovencita aquella que dijo sí a Dios comprometiéndose a una vida de amor y sufrimiento a partes iguales, iba más allá que su Hijo. Este se ocupaba de lo importante, de los asuntos de su Padre, como Él mismo decía, pero María, en los poco más de treinta años que llevaba siendo Madre había mirado, observado, reflexionado, amado, trabajado, atendido, sufrido, vivido y tenía por importantes esos gestos diminutos que ayudan a la convivencia además de aquello que se consideraba necesario para vivir. Cuidaba mucho los pequeños detalles: la compañía, las palabras amables, los abrazos, la sonrisa, el tiempo dedicado a apoyar a otros, a escuchar… Le gustaba cuidar un huerto con flores porque alegraba la vista y tejer mantas de colores porque proporcionaban el calor de sus manos.

Había adquirido una autoridad firme y serena y cuando les dijo a los sirvientes que hicieran todo lo que Él les dijera, Jesús ya supo que estaba perdido.

Superfluo el asunto y era verdad que Jesús tenía razón. ¿Qué les iba a ellos en ese problemilla?

Pero María intuyó, con amor de Madre, que Jesús estaba a punto de iniciar un recorrido en el que no contaría con la comprensión ni de la gente ni de las autoridades. Quiso que hiciera este gesto amable, superfluo e intrascendente, porque Él se enfrentaría, en poco tiempo, a la dureza y a la crueldad del ser humano. Quiso aprovechar la ocasión. Que la alegría de los novios, de los invitados, como símbolo del valor de todo aquello que acerca a las personas, fuera la alegría del propio Jesús porque Él era la alegría venida de las manos de Dios, el que podía transformar lo cotidiano en extraordinario.

María miraba emocionada, desbordada de amor, a su Hijo.

— ¡Lo ha hecho!

No entendía cómo pero se estaba sirviendo el mejor vino de toda la velada.

— ¡Ay, Jesús! Tú lo sabes tan bien como yo, mejor que yo. El amor está hecho de pequeños detalles, constantes y discretos, invisibles y cercanos, superfluos y valiosos que son fiesta regada por el mejor vino de la vida.

Mª José Varea
Voluntaria
La ilustración Bodas de Caná es de Félix Hernández op.

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