Espai Obert: altura de espíritu

Espai Obert: altura de espíritu


Un patio lleno de plantas con un cañizo para dar sombra y puertas abiertas a la cocina y a las aulas es el centro de este Espai Obert, espacio dedicado a la convivencia de personas en la trasera de la Parroquia Nuestra Señora de la Buena Guía, casi a orillas de la Malvarrosa. Sin embargo, fue la iglesia de Nuestra Señora de Vera la que vio nacer, de la mano de las hermanas Vedruna, en 2002, este proyecto como respuesta, en un momento en el que la inmigración empezaba a ser importante, a la necesidad de integración de las personas que venían de fuera y al deseo de conocer, comprender y acoger de los de aquí y que ha ido creciendo, fortaleciéndose hasta llegar a ser hoy un modelo de convivencia y de apertura.

Sanae El Bayad es la coordinadora del proyecto, marroquí de origen, que llegó hace años a València a cursar un máster y aquí ha encontrado su lugar, ha formado su familia y se dedica en cuerpo y alma a este proyecto que se ha convertido en su filosofía de vida. Es ella quien, recorriendo aulas, cocina y patio nos relata todo sobre Espai Obert.

«El proyecto es un espacio abierto en muchos sentidos, cuyo objetivo profundo es conocernos unos a otros desde lo que nos une, trabajando la interculturalidad. Tenemos espacios de reflexión, de fiesta, encuentro, convivencia… según el proceso o el punto en que se encuentra cada persona. Los perfiles son diferentes: personas que quieren crecer personalmente o que quieren aprender cocina, costura o manualidades, castellano, inglés de mayores y de niños, informática, pinche de cocina o electricidad. Hacemos un taller de cuidados a personas mayores con la colaboración del centro de salud de la Malvarrosa. Llevamos ya tres ediciones. Vienen los profesionales, capacitan y damos un certificado. Siempre hay respuesta a cada necesidad. De aquí salen amistades y sale también trabajo.

Una experiencia preciosa es la clase de castellano para mujeres, impartida por mujeres,  dirigida sobre todo a mujeres pakistanís porque estas mujeres forman parte de un colectivo que no quiere juntarse con los hombres. Aquí se las respeta y se ven muy acogidas. Entran como si fuera su casa, que es de lo que se trata. No queremos imponer. Se incorporan otras mujeres y así favorecemos la apertura de las pakistanís sin mencionar el por qué no se mezclan. Estamos construyendo algo que lleva su proceso. Algunas de ellas ya han pasado a venir a espacios compartidos, desde la libertad y la confianza que tienen al lugar. Sus hombres las envían, me duele decir que los hombres mandan pero es así en el caso de ellas, con tranquilidad. Estas cosas al principio me chocaban porque lo tomaba desde una perspectiva de género bastante aferrada pero he ido ampliando perspectiva y acepto mejor esa forma de relación. A veces sufrimos, pero desde nuestro propio punto de vista. Yo, con mi cultura marroquí, me asombro y digo que no lo permitiría, pero comprendo que su cultura es un grado de apertura inferior, como mi cultura es un grado inferior a la europea. Claro que nos choca. Este espacio es para ir en contra de los prejuicios, de los estereotipos que tenemos unos sobre otros. En este lugar tenemos testimonios preciosos porque después de juntarnos con tantas culturas, llegamos a decir que, claro que reconocemos y queremos nuestra identidad, pero al final somos uno, somos los mismos, diferentes pero iguales. Unos musulmanes, otros cristianos, otros que no profesan ninguna religión y nos encontramos no en el dogma sino en la profundidad, en el reconocimiento del valor del otro. Esto es lo importante.

Importante también es que hacemos canto. Llevamos dos años el profesor, Juancho, y un grupo de mujeres. Estamos haciendo un caminito. Tratamos algunos temas como dónde está la felicidad, quienes somos, autoestima… Aquí se nos abre la puerta para compartir experiencia y conocimientos. El canto gana fuerza, no somos profesionales, pero nos gusta cantar. Cantamos a la libertad: El mojado. A la mujer: Una niña triste en el espejo. Son temas con sentido, de interés.

Otra actividad de gran resultado es el aula de refuerzo escolar para chavales de cualquier edad. Tenemos un voluntario, Pepe, que tiene un don, una gracia para estar al lado de ellos. Es jubilado y los chavales, sobre todo los adolescentes, se sienten acogidos, escuchados, acompañados. Es alguien que les llama por su nombre, que les pregunta por sus cosas, porque a veces los padres tenemos nuestras cosas y se nos pasan miles de detalles. Él les presta mucha atención.

No es una contradicción: tomamos la decisión de ceder el espacio a un grupo de bereberes para dar clase de bereber a sus hijos e hijas y celebrar sus fiestas, con cantos, merienda y bailes. La experiencia, en un año que llevamos, es muy buena. Promocionamos bereber a cualquier persona que se acerque y ellos encantados. A las clases se han acercado otros niños y el grupo de canto y baile la gente lo acogió con tanto agrado que se ha convertido en una fiesta para todos. Expresaba uno de ellos la opresión de que había sido objeto su pueblo y  hubo gente que se emocionó, que se identificó, que removió sus sentimientos y eso también une.

Y esta es la cocina, el espacio más acogedor. Además del taller de pinche de cocina, hacemos taller de repostería y de cocina internacional. Cada martes una cultura hace un plato típico y enseña procesos como el de secar la carne o las patatas y eso favorece mucho la convivencia. Hacemos todas las tardes las meriendas para los niños. No queremos que nos conozcan como un espacio caritativo. Aquí la persona viene a tomar un vaso de café, no porque no tiene con qué pagar este vaso, o sí, pero viene a tomar el café a su casa, a casa de todos. Hay gente que ha vuelto, después de años fuera, a esta casa madre, a este lugar de referencia que recuerda el propio hogar».

 

Espacio intercultural

«Las sociedades del futuro serán espacios como este, como Espai Obert, o si no, no lo serán. Espacios interculturales en los que todas las culturas, todas las religiones están presentes, nadie vale más que nadie, nadie asume un papel paternalista diciendo –yo soy el de aquí y te ayudo–… no, no, todos somos iguales, todos aportamos, todos somos seres humanos y todos con un bagaje cultural y religioso y crecemos juntos.  Esto es algo importante». Es lo que afirma este navarro afincado en València a quien cautivó el Espai, Imanol Bacaicoa, párroco de la iglesia de Nuestra Señora de la Buena Guía y voluntario en Espai Obert.

«Uno de nuestros objetivos, sigue Imanol, es que la gente que viene aquí pueda vivir, convivir, integrándose con la gente que ya estamos aquí y formar esa sociedad del futuro en la que creemos, en  la que los guetos no existan».

Sanae sigue diciendo: «En el Espai convivimos personas de más de treinta países y cada una necesitamos nuestro propio proceso y hay que respetarlo. Nosotros, quienes llevamos el proyecto, también nos hemos enfrentado con nuestros prejuicios sobre el otro, hemos tenido que hacer nuestro camino para llegar a limpiar esta mirada y ver en la otra persona una igual, reconociendo su dignidad y su valor, todo lo que pueda pensar desde ella y luego toca compartir y admirarse. Todos amamos esta tierra donde se nos ha acogido, nos dan igual las fronteras».

Imanol: «Son muy importantes los pequeños hechos que tienen un efecto sobre los demás y se extiende, se expande. Nosotros tenemos una frase que nos gusta mucho: Gente pequeña, en pequeños lugares, haciendo pequeñas cosas, transforman el mundo. Es bonito y sin pretender nada, en este contexto, queremos crear el clima de integración y de relación. Desde la parroquia, los que somos cristianos estamos por la misma labor y con los de otros credos y culturas trabajamos por lo que nos une, para crear una nueva fraternidad, estando equiparados. Desaprendiendo sobre los prejuicios, que forma parte de la vida, y aprendiendo del otro, que no solo los españoles, los valencianos, podemos aportar, también de otras culturas que vienen todos podemos aprender».

Mª José Varea
Voluntaria

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