Esta noche, en casa

Esta noche, en casa


Esta noche, en casa se celebra una gran fiesta. Llega hasta mí la música y la alegría de toda mi familia y de los sirvientes.

Yo no he podido participar. Estoy aquí afuera, en el patio, donde, escuchando el jaleo de dentro,  la soledad es más intensa,  más dura. Donde la inmensidad del cielo estrellado me hace sentir más pobre, más infeliz. Más solo.

He llegado cansado tras un duro día de trabajo y un criado ha salido a mi encuentro para decirme que mi hermano había regresado. Mi sorpresa y mi estupor me han hecho correr al encuentro de padre.

¡Ay, desgraciado de mí! He visto la verdad en su rostro resplandeciente, en su mirada ardiente y he visto, he visto, que esa mirada nunca la ha tenido para mí.

Le ha puesto su mejor vestido, sandalias nuevas y un anillo en el dedo. Ha hecho matar el novillo cebado y ahora todos están compartiendo el gozo de un regreso vergonzoso.

Le he dicho: «Padre, siempre he trabajado sin descanso para ti, he acatado tus órdenes, he hecho lo que sabía que te agradaba, te he acompañado en el dolor silencioso del abandono de ese hijo tuyo y, ¿cuándo me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos? Padre, ¿cuándo has reconocido mi fidelidad, cuándo me has hecho sentir si estabas agradecido conmigo? Contesta, padre, contesta. ¡Padre!»

Padre me ha mirado, ¡ay de mí!, con infinita ternura, con una dulzura que no le había visto antes y va y me dice: «Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo».

He bajado la cabeza, he apartado la mirada y he salido a que la noche estrellada me acompañara porque me he sentido tan cobarde, tan miserable, tan poca cosa…

Mi hermano siempre ha sido un soñador. Ha tenido proyectos de salir al mundo, conocer a otras gentes, emprender una vida diferente a la nuestra. Yo, escuchándole, sentía ese mismo aguijón de la aventura. Hubiera querido tener su valentía, sin temer el riesgo, sin  pensar en el fracaso. Pero no me hubiera atrevido nunca a dejar la seguridad de la hacienda, la protección de padre, la comodidad de lo conocido. Hoy sé que lo que yo buscaba era el halago, el reconocimiento de padre. Tenía  necesidad de que me diera muestras de su amor porque yo creía que me lo merecía.

Cuando pidió su parte de la herencia y se marchó, la ira y el odio anidaron en mi corazón. Le taché de maldito, pero hoy sé que, en el fondo de mi corazón, lo que sentía era envidia. No toleraba que él marchara con la herencia de padre en busca de nuevos caminos.

¡Cuánto le acusé ante padre de desagradecido, de cruel, de inmaduro! Padre callaba. Me miraba profundamente y no decía nada. Yo trabajaba con más ahínco para demostrarle que era digno de todo su amor, no como el otro. Venían noticias de su mala vida y yo corría a contárselas a padre. Padre callaba y yo me enfurecía.

¿Cómo podía ser que no reconociera mi lealtad y mi honradez?

El colmo ha sido esta tarde al volver a casa. Padre le ha abrazado, le ha bendecido y ha celebrado una fiesta para él. Mi furia y mi dolor no han tenido límites. Pero la mirada de padre, cuando le he reprochado su injusto proceder, ha hecho que sintiera una culpabilidad que no sabía manejar.

A oscuras, sentado en este banco, escuchando la lejana fiesta, he buscado dentro de mí, mi alma se reconcome y no sé de qué. ¿O sí lo sé?

Quiero el amor de padre, su reconocimiento, su beneplácito, pero a mi manera. Quiero que aplauda mi cobardía, mi falta de audacia, mi ansia truncada voluntariamente de libertad revestidas de compromiso filial y de lealtad. Y quiero, he querido, que mi hermano fuera tan falso como yo, que se aviniera a mi modo de hacer las cosas.

Ahora sé que padre me quiere y que quiere a mi hermano. Y que su amor es por sí mismo infinito, perfecto, incondicional. El amor que he descubierto en padre me ha transformado, me hace sentir mi humanidad y la de mi hermano. Esta noche me he convertido en verdadero hijo y en verdadero hermano.

Esta noche, en casa, se celebra una fiesta. Es la fiesta de la conversión. La fiesta del perdón. La fiesta del amor. Me levantaré y volveré junto a padre. Abrazaré a mi hermano y participaré de la fiesta porque estaba perdido y le hemos recuperado. Porque quiero participar de ese amor que me ha convertido en un verdadero ser humano.

Mª José Varea
Voluntaria

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