Gratitud

Gratitud


– ¡Ayúdenme, ayúdenme! ¡Me encuentro muy mal!

Volvían, después de cenar, de dar un paseo. Vieron al hombre, sentado en un banco y doblado sobre sí mismo. No llevaban teléfono y llamaron a una puerta cercana.

– Por favor, llama al 112 que hay una persona que se encuentra muy mal.

Se realiza la llamada y se acercan al hombre, que respira con dificultad y sigue doblado sobre sí mismo.

Ella se sienta a su lado e intenta darle conversación para que no se duerma y para que se sienta acompañado.

El hombre le cuenta que es legionario, que está de vacaciones y que vive, en una partida de monte apartada del pueblo. Le dice que la semana pasada le dieron de alta en el hospital. Tiene cáncer y no tiene familia.

Unos minutos más tarde llega la ambulancia, el médico le atiende y ellos continúan  su paseo.

Unas semanas después, muy tarde ya, tomaba el fresco con las vecinas y le ve acercarse con una mochila a la espalda.

Ella se levanta y va a su encuentro para interesarse por su salud. El hombre la reconoce y le dice que todos los días pasea por el pueblo para encontrarla y darle las gracias por su atención. Busca en la mochila y le ofrece un envoltorio de papel de aluminio.

– Lo he cogido para usted. Es té de monte.

Pasan los días y, otra noche, al salir de casa, encuentran en el escalón unos pimientos, berenjenas y tomates. Se extrañan porque sus vecinos, Julio o Guado que plantan hortaliza y le dan, de vez en cuando, hubieran tocado a la puerta.

Ella, cuando coge las verduras se da cuenta de que están arrancadas de la mata de tirón y con escasa luz porque algunos tomates están demasiado verdes.

A la vuelta una vecina le dice que fue el hombre que le dio el té el que lo había dejado allí.

 

Siente ella una gran piedad por esta persona porque el sentido de la gratitud y la soledad que intuye le llevan a ofrecerle lo que puede aunque sea de una huerta que no le pertenece.

Hoy le atienden en su Cáritas parroquial. Mantas y ropa de abrigo fue su prioridad y al recibirlas de las compañeras del ropero no sabía con qué palabras agradecer tanta amabilidad. Vive en una casa abandonada. Está enfermo de cuerpo y tiene herida de muerte el alma. Un accidente de coche se llevó por delante a su familia. Solo desde entonces, perdido el trabajo y con el alcohol como única medicina de cuerpo y alma, dice que camina incansable por el monte para llenar su tiempo. Dice que no encuentra quien le alquile una casa y que mientras no le tiren de la que ha ocupado, con un poco que le ayuden puede salir adelante. No necesita mucho para vivir.

¿Sabrán ellos, los de Cáritas, aliviar tanto dolor, tanta soledad? ¿Sabrán hacerle parar de su caminar constante, enseñándole lugares nuevos de paz y de afecto?

Mª José Varea
Voluntaria

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