Juan Pérez IV. Cabezonería

Juan Pérez IV. Cabezonería


Camino por delante y echa a andar. Deambulando, de pueblo en pueblo, hacia el norte. En Talavera de la Reina quiere descansar. Descansar, la verdad, de no hacer nada. El cura del albergue donde duerme propone un trabajo y él acepta. Tres mil pesetas por cada tráiler que descargue Tres tráilers al día le permiten en una temporada ahorrar una buena cantidad de dinero para ir tirando. Va a Madrid para no volver nunca más. Se despide de su hermana mayor y de algunos amiguetes. Su madre ya había muerto y los demás se habían esparcido por ahí. Ávila, recorriendo la sierra de Gredos, Zamora, Burgos, León, Galicia y todo el Cantábrico. Gastando lo necesario, sin desmadrarse, bebiendo ocasionalmente alguna cerveza.

«Al contrario de cuando se muere alguien muy querido, como era un amigo mío en este caso, que muchos se hunden y se abandonan, yo me dije que esto es inevitable, la pérdida esta no se puede recuperar jamás. ¿Qué hacer? Pues bueno, pensaré algo. Pero, no sé por qué, poco a poco me fui interesando menos por el trabajo».

Aun así, en León se encontró con otro buen hombre dispuesto a ayudarle. El dinero se le estaba gastando y se le hacía muy cuesta arriba empezar a pedir otra vez. La siega era un trabajo que a poca gente interesaba y se buscaban hombres dispuestos a ganar un jornal hasta en los albergues para personas sin hogar.

«Domingo se llamaba. Estuve trabajando con él en la siega. Alfalfa y cebada. Entre los montes de León y Asturias. Tenía una hija, Isabel, pero no tenía hijos varones. “No te voy a dar un establo para dormir. Vas a estar en mi casa conmigo y mi familia. Vas a ser uno más”. Llegamos a entablar una amistad muy grande. ¡Aquella gente… que no habían salido del pueblecillo en su vida! Todos muy mayores, con muy poca juventud. La mujer, Hilda; la abuela, que no recuerdo su nombre pero que era entrañable, e Isabel. Me prepararon la habitación al lado de la de ellos, comía con ellos en su misma mesa, la misma comida que ellos».

Se levantaban a las cinco y media de la mañana y trabajaban hasta que se ponía el sol. Juan estaba fuerte y se esforzaba como un loco. Un campo inmenso. Segando, haciendo gavillas y echándolas al tractor. Comía como un rey, muy fuerte, y todo eso lo quemaba en el campo.

«Cuando Domingo ya empezaba a conocerme mejor, se acabó el verano y el trabajo. Me pagó muy bien y me dijo que si tenía algún problema que le llamara por teléfono. “¡Ven aquí!” y que si no me quería ir, él me enseñaba otras cosas y podía seguir en la casa. Tenían ganado. Vacas y ovejas. Bastante ganado. Pero yo llevaba ya dinero y lo que quería era irme. Aquello era un pueblo muy pequeño y yo le dije: “Mira, Domingo, para el año que viene, si tú quieres yo vengo para acá».

Juan se va a León y cuando se le acababa el dinero vende pañuelos en los semáforos, pidiendo la voluntad. Al otro verano volvió con Domingo.

«Y fíjate lo que son las cosas, Domingo me cogió mucho cariño y me dice: “Juan, ¿a ti no te importaría quedarte aquí con nosotros? ¿Por qué no dejas esa vida que llevas?” Él vio que yo era muy trabajador y fuerte. Tenía una hija única que iba a la universidad. “Yo te voy enseñando., El campo, el tractor, el ganado y aquí te puedes hacer un futuro”. Deja que me lo piense, le dije yo. Sabía que me iba a tratar como a un hijo y vete tú a saber si me hubiera llegado a casar con Isabel. No me quedé, gilipollas de mí».

Ese segundo año, cuando acaba la siega, Domingo le pregunta si se ha pensado lo que le había propuesto. Hilda, la mujer, estaba loca por que dijera que sí. Juan le dice: “Mira Domingo, yo ya te expliqué mi vida, no quiero engañar a nadie…”. Domingo le dice que la vida que ha llevado no le preocupa, que lo único que le importa es lo que ve. “¿Y qué es lo que veo? Veo un hombre que trabaja, un hombre joven, fuerte y vigoroso y eso es lo que yo quiero”, le replica el granjero. Y Juan le dijo que no.

«Mira, Domingo, quizás para el año que viene te digo algo… Me pagó…»

Este recuerdo a Juan le hace llorar. Sin disimulos, llorar profundamente…

«Esto que estoy haciendo… yo ahora… lo hacía él. Lloraba… Dentro de todo lo malo… de toda la porquería que encontré… vi la oportunidad de mi vida… Luego, con el tiempo, piensas… No volví. No tuve el valor… A lo mejor fui un poco cobarde. Con el tiempo empecé a pensar, cuando ya no tenía remedio y me decía lo imbécil que había sido. La cabezonería. Cuando yo digo no a una cosa… Toda mi vida he sido cabezón y, no sé por qué, cuando me pongo cabezón nunca acierto».

Otra vez la misma historia. Gente de la calle, bebida, alguna vez a la vendimia. Se encuentra con personas como él. Todo el mundo bebe, porque se escudan en eso, dice Juan. Él se ve fuerte, cree que no lo va a hacer, que seguirá su rumbo a ver si tiene la suerte que ya tuvo y desaprovechó. De León a Zaragoza y a buscarse la vida. Allí pasó muchos años. Volvió a las mismas, a pedir aquí y allá, a vender pañuelos, a beber mucho.

«Me harté de Zaragoza. Dejé muy buenos amigos allí. Estaba cansado de todo. Harto del aire frío del Moncayo. Voy para València y aquí me quedé. He hecho grandes amigos y enterré a tres, muy buenos, por el alcohol. Del que más me acuerdo es del mejor que tuve, José Juan. Yo le intentaba convencer para que no bebiera tanto. No comía, estaba hinchado y no quería ir a los médicos. Él quería morirse, sí. No era capaz de suicidarse y se dejó morir así, con treinta y ocho años, de una cirrosis hepática. Volvemos a lo mismo. Casi todos los que estamos en la calle, no sé por qué, los problemas siempre han ido obligados a la familia o a alguna mujer con la que han querido formar una familia, o la han formado, y que luego no ha podido ser. Se han desengañado y en vez de luchar y decir aquí estoy yo, por desgracia, se rinden».

Juan se ha encontrado con mucha gente que dice “yo supero esto” y él dice que cuando se habla demasiado…

El buen clima de Valencia le acompaña a vivir otra etapa importante de su camino. Aquí encuentra lo que podría haber sido su mejor oportunidad, la definitiva. Vienen años de ilusión, de sueños, de esfuerzo, de trabajo, es decir, de amor.

Mª José Varea
Voluntaria

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