Juan Pérez: un nuevo hogar (II)

Juan Pérez: un nuevo hogar (II)


Juan Pérez nunca dirá que la vida le ha vencido. Su dignidad está intacta y su filosofía también. A sus sesenta y cuatro años ha dejado la calle. La salud le ha obligado a aceptar un nuevo hogar, un albergue para convalecientes. La calle ha sido, durante cincuenta años, el hogar que él eligió, donde se ha sentido libre, independiente, acompañado por cuantos han visto en él a un hombre especial. Dice que María, que es una luchadora, le habló del albergue para cuidar su salud y aceptó. La circulación de la sangre le está jugando una mala pasada y hay que tener una higiene, hacer  curas, ir al hospital…

María es su focalización de todos cuantos le ayudan. Servicios sociales, centro de atención primaria, albergue de convalecientes… María quiere, María dice, María va… Juan está enfermo y necesitado de mucho apoyo para esta nueva etapa. Sabe que no está solo y vive confiado, tranquilo y alegre. Esperanzado.

«El albergue está muy bien. Me he echado muy buenos amigos. María me dijo que tenía que lavarme la ropa, hacer la colada. Pero si es que ¡no he puesto una lavadora en mi vida! Aquí se han sorprendido, pero ya les he dicho que si me enseñan, aprenderé. Hay que ajustarse a los horarios pero no me importa. Salgo a pasear y a tomar café. Leo bastante porque los libros me los deja María».

A Juan Pérez los libros siempre le han atraído mucho. En el colegio no quería estudiar por rebeldía, porque le decían que la letra con sangre entra y él pensaba que así, no. Pero cuando salían al recreo se apartaba le los otros chicos y pasaba el tiempo leyendo.

«Cuando me escapé del colegio y me fui de casa de mi madre ya no podía leer como a mí me hubiera gustado. Salí a ganarme las judías y la verdad es que no sabía por dónde tirar. Me junté con un chaval que era mayor que yo y que ya conocía el percal de la calle. A mí me caló, me vio como perdido y me dijo “tú, ¿de la calle poco, verdad? Le conté todo lo que me había pasado y él me dijo que seríamos amigos y que me orientaría».

Este chico se dedicaba a temporero. ¿Cuántos años tienes?, le preguntó. Trece, contestó Juan. Pues decimos que tienes quince y a trabajar. La patata, la uva, el espárrago… Se lo conocía todo ese chico. Con él se recorrió España entera.

«Me vi con dinero y pensaba que me comía el mundo. Era muy gastón. Era normal, era muy jovencillo y no había tenido dinero nunca. Un día, acabamos de trabajar, cobramos y nos fuimos a tomar algo».

Ahí quiso la mala suerte que intentaran robarles el dinero que llevaban encima porque sabían que habían cobrado. Él se quedó paralizado y su amigo, que era muy fuerte, le dijo que no se metiera. Empezaron a pelear y el amigo le dio un puñetazo a uno de los otros de tal manera que cayó al suelo golpeándose con el bordillo. Murió en el acto. A éste le metieron en la cárcel por un puñetazo y por defender lo que era suyo.

«Me afectó mucho la injusticia que yo vi. Sentí  que en la calle había mucha maldad  y ahí ya me tiré un poco a la bebida. Tenía muy pocos años y estaba hecho polvo».

“Pues no me voy a dejar vencer” se dijo Juan. Trabajando aquí, allí, se recorrió de nuevo toda España y conoció a un albañil que iba por su cuenta. “Vente conmigo, haces trabajos sencillos y te voy enseñando el oficio”, le dijo.

«Vi una buena oportunidad. Era un buen chaval, yo estaba aprendiendo algo positivo y me dejé llevar. Vivíamos en su casa que era como un chabolo pero grande».

Otra vez Juan Pérez se encontró con la mala suerte.  El albañil era buen chico pero un día le estaba esperando en la casa y llegó con un fajo de billetes impresionante. “Mira, ya tenemos mucho dinero, me han dado un adelanto”…

«¿Qué pasó? Había robado. Por eso no me quiso llevar con él. Tenía un buen  trabajo, pero… Yo, que tengo una intuición de mil demonios, me lo imaginé. No era posible que tuviera tanto dinero. No me cuadraba. Madre mía, pensé, me van a hacer cómplice a mí. Le puse una escusa, le dije que mi madre se había puesto muy mala y que me iba a verla. ¡Otra vez solo, Juanito!»

Se prometió no tener a más gente a su lado. Pensó que uno bueno que se había encontrado, por defender lo que era suyo, había acabado en la cárcel. Este, que también era bueno, resulta que fuera de sus trabajos hacía “otras cosas”. Se fue Juan por ahí sin saber mucho que hacer. Lo poco que le quedaba se lo gastaba en beber. Las caseras no se arriesgaban a alquilar una habitación a un menor de edad. Se compró un buen saco de dormir y volvió a trabajar de temporero cuando se le iba acabando el dinero. Salvatierra, Santo Domingo de la Calzada… Le para la Guardia Civil y él piensa que le buscan por el rollo del albañil. Le piden la documentación y les dice que la ha debido perder. ¡No se la había hecho nunca! Se quedó por el norte porque la gente le gustaba, confiaban mucho en los demás, eran más humanos que en otros sitios. Vagaba por las calles enganchado a la bebida y cada vez con menos fuerzas para trabajar.

«He hecho cosas muy buenas pero también he hecho cosas malas y entonces fue la única vez en mi vida que entré en una prisión. Solo cinco meses, ignorancia y necesidad decía la sentencia. Empecé a conocer gente y a pensar que iba a salir de allí peor de lo que estaba. Cuando salí, otra vez iba vagando por las calles. Me encuentro con un señor muy mayor y saco conversación con él. Yo, que siempre he sido bastante psicólogo, me lo quedé mirando y digo: “este no va como los demás, este va bien”. Me empezó a hacer preguntas y yo, que siempre digo la verdad, le conté todo lo que me había pasado. Él se dedicaba a pedir porque ya no tenía edad para temporero. ¿Cómo se hace eso?, le dije yo. «Vente conmigo y verás cómo no te va a faltar de nada»».

Juan Pérez se fue con él. Se tenía que agarrar a todo lo que saliera. Empezaron a ir por los pueblos, pidiendo casa por casa. La gente era muy amable, solidaria, les ayudaban, les abrían la puerta y nunca se iban de vacío. A Juan aquella situación le daba risa. El anciano ponía los brazos en cruz como si fuera a echar un pregón: “Señora, señora…”.

«Este no roba, no hace nada malo y vive. Pues me voy a dedicar a esto. “Date cuenta Juan que yo no siempre voy a estar contigo. Pon ojo avizor y date cuenta. Si no, no lo vas a llevar bien”. Él era muy solitario y se quiso marchar. Yo creo que a mí me cogió con él para enseñarme un poco a sobrevivir.

Solo otra vez y sin saber qué hacer. Una nueva historia que escribirá improvisando, con muchas incertidumbres y una sola certeza: Él no quiere hacer daño a nadie.

Mª José Varea
Voluntaria

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