Juan Pérez (III): un trabajo decente

Juan Pérez (III): un trabajo decente


Qué difícil debe ser acoplarse a una rutina de horarios y a unas normas de convivencia para una persona que ha pasado la mayor parte de su vida en la calle, sin horarios y sin normas. Juan lo ha conseguido. Hacer la lavandería que ya le resulta lo más normal del mundo, el trato amable del personal del albergue y las buenas amistades que allí se ha echado,  han dado a su vida una seguridad que le resulta muy agradable.

— Ahora tengo todas las mañanas ocupadas porque María me propuso que hiciera un taller y ya he empezado. Electricidad, restauración de muebles… Estoy aprendiendo muchas cosas que no conocía. ¡Y me pagan!

Ya han pasado años desde que iba de pueblo en pueblo pidiendo limosna. «Pon ojo avizor y quítate la vergüenza», le dijo el anciano aquel cuando le dejó solo. Juan dice que no sabe poner cara de pena pero algo había que hacer.

— ¡A ver por dónde empiezo yo! Toco un timbre y abre la puerta una señora. Como no sé qué decirle, empiezo a tartamudear. «Voy a Zaragoza… me encuentro mal… no tengo para comer…». «Espérate, espérate un momentito». ¡Una bolsa de comida! «Y toma, quinientas pesetillas». ¡Esto funciona! Y sin hacer el pregón. Es honrado y digo la verdad.

Dice Juan que era una forma de ganarse la vida y sin hacer daño a nadie. Aun iba de temporero pero entre cosecha y cosecha hacía esto. Y se acostumbró. No tenía que agachar el lomo. Ya le daba pereza ir a trabajar y se le había quitado la vergüenza. Y cada vez mayor dependencia de la bebida. Siempre en pueblos porque la gente era muy comprensiva.

— Me acostumbré tanto a la calle… Me compré un saco de dormir bueno y no pasaba frío. No sé si lo sabrá mucha gente pero en los pueblos, antiguamente,  había unas fuentes con una especie de abrevadero, como lavanderos cubiertos en los que se reunían muchas mujeres. En invierno yo me metía ahí para lavarme y aunque parezca mentira, con el frío que hacía en el norte, el agua estaba templada. En verano lo tenía mucho más fácil. Veía los ríos y decía «¡qué agua más bonita!» y me metía. León, Zaragoza, nunca estaba en el mismo lugar. Me recorría España entera.

La ropa no le preocupaba porque cuando se le ensuciaba siempre iba a los roperos a por nuevas mudas y con ropa bien limpia es cuando iba a ver a su madre. Nunca le dijo cómo vivía. «¿Qué haces, hijo?» Él siempre le decía que iba con un camión de ayudante del chófer.

En una de esas visitas a su madre y a su hermana, en Madrid, conoció a Alberto que es el que le dijo que dejó de mearse en la cama porque dejó de tener miedo. Le decía: «¿Es posible que esto ocurra?» cuando Juan le contó lo de los castigos. Se hicieron muy amigos hasta que Alberto murió con cuarenta y tantos años. Juan no llegaba entonces a los cuarenta.

— Alberto pertenecía a una familia de dinero. Era superinteligente y montaba negocios. Hicimos amistad en el bar. Él me preguntaba cosas y yo le conté cuál era mi situación. Para mí fue un ejemplo a seguir. Fui amigo de él hasta su muerte. Sentí mucho esa pérdida.

Ese hombre se preocupó por mí. Yo he desaprovechado oportunidades muy buenas. Por mi mala cabeza. Me dice «Juan, voy a ayudarte. Te veo inteligente».

«Creo que lo soy» le responde Juan. Le preguntó cómo iba de estudios. «Si te digo la verdad, Alberto, no he estudiado, no porque no haya podido sino porque no he querido. Pero he aprendido mucho. Soy una especie de autodidacta. Me ha interesado y he leído mucha historia y mucha geografía». «Pues voy a hacer algo por ti», le dijo Alberto. Propuso a Juan meterle en una de las mejores academias de peluquería de España y si  en un año era capaz de sacarse el título como peluquero profesional, le montaba la peluquería. Juan aceptó el reto.

— Me atrevo, le dije. El tío iba de buenas. Me pagó la peluquería y mientras estudiaba, él me pagaba una pensión, me pagaba la comida y me daba dinero para mis gastos. Ahí tenía ya los veinticinco años.

Juan no sabe por qué dejó de ir a la academia. A él siempre le ha gustado dar la cara y fue a buscar a Alberto. Consideró que tenía derecho a saber la verdad porque le estaba haciendo un bien. «¡Hombre, pero si era una oportunidad!», le respondió el amigo.

— Él tenía una empresa que se dedicaba a sonido, iluminación y esas cosas para discotecas y me dijo que me llevaba con él, que sería una especie de secretario. Mi trabajo era el más sencillo del mundo. Le pasaba llamadas, tomaba recados y atendía clientes. Me compré un traje precioso de cheviot, verdoso, con mi camisa y mi corbata. Tenía que dar una imagen.

Juan dice que tenía mucha facilidad de palabra y gran capacidad de convencimiento, «que cuando hables con alguien tienes que hacerle ver que la razón la llevas tú, aun sin llevarla. Convéncele».

— Y entretenía a los clientes mientras esperaban que Alberto les recibiera. Alberto era un buenazo y, ¿qué pasó? Se asoció con dos chavales jóvenes muy expertos en electrónica. Iba todo muy bien, con mil quinientas familias que dependían de la empresa. Un día le vi con un cabreo terrible. Nunca le había visto así. «Juan, creo que no van bien las cosas. Esos dos con los que me asocié, no sé cómo lo han hecho pero se han llevado todo el dinero de la empresa y no aparecen por ningún lado». Doble disgusto por el desfalco y por las familias que se quedaban en la calle. «Tú tranquilo, Juan, que cobrarás. Estás en nómina. No sé cómo lo haré pero todos cobrarán». No se rendía fácilmente. La familia le ayudó. Cobramos todos, pero yo había perdido un trabajo decente. A mí me dio un cheque por un millón de pesetas. Mejor no decir en qué,  pero ese millón me lo gasté en seis meses. Me lo pasé muy bien.

Él mismo reconoce que fue un burro. Se volvió a encontrar sin nada pero como él ya estaba enseñado a pedir, se echó otra vez a la calle, mañana aquí, pasado allí.

— Estando en la cola de un comedor, se acerca una señora y me pregunta si quiero trabajar. «¿De qué?, cuéntame», le digo yo.

Aterrizó en un circo. Cuando se ponía a trabajar era muy bueno y era fuerte. Bebía muy poco, casi nada. Cuando le iban bien las cosas, rebajaba sin ayuda de nadie. Tenía voluntad. Otro circo con más sueldo y un tercero al que cambió también por mejores condiciones. Se lo rifaban. Y hasta sustituyó a un domador de osos con incidente incluido, que el público se lo tomó como que era parte del número. Vivía en su propia caravana. Fue poco tiempo porque aunque le pagaban bien, veía que no estaba de acuerdo al esfuerzo y a las horas que echaba.

Y se largó. Tenía un dinero ahorrado. También mucho mundo y ya sabía bien lo que era la calle. No tenía miedo. Camino por delante y echa a andar.

Mª José Varea
Voluntaria

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