Juan Pérez (V). El mayor desengaño

Juan Pérez (V). El mayor desengaño


Juan Pérez cuenta ya con más de cuarenta años. Se busca la vida por ahí, con unos y otros. Se ha acomodado en València y tiene buenos amigos. Bebe, y mucho. Frecuenta siempre los mismos lugares y se da cuenta de que una chica pasa todos los días por donde él está.

— Siempre, siempre, siempre. Un día y otro y otro. Y miraba para donde yo estaba. Yo me fijaba. Era guapa, buen cuerpo, veintisiete años y un pelo de la leche.

Un domingo, por navidades, en un parque de Fernando el Católico, estaba con unos amigos tomando sidra y ella se acerca y pregunta si se podía sentar con ellos.

— Los otros, que la única psicología que tenían, aunque me pese decirlo, era la de la botella, pensaron que era una chica de la calle. Pero, claro, ¿cómo va a ser una chica de la calle con lo bien vestida, lo arreglada que va y lo educada que es?

Juan le dijo que se sentara a su lado y le da por pasarle el brazo por el hombro. Ella no rehúye. Al rato le pregunta si la acompaña a casa. Le invita a subir, le ofrece vino o cerveza. Poco tiempo después la deja embarazada.

— Yo no me sorprendí. Pensativo sí que me quedé al principio.

Ella dijo que comprendía la clase de vida que llevaba Juan, que no tenía nada y que si él no se quería hacer cargo de lo que viniera, lo comprendería.

— Yo le dije que por quién me había tomado, que quién le había dicho que yo no me iba a hacer cargo.  ¡Yo como, tú comes y el que venga come!

A Juan le cambió el “chip” y pensó. Y ahí vienen las buenas amistades de las que se ha sabido rodear siempre. La madre de ella, que vino de Cuenca para el parto, decía que un hombre de la calle era imposible que sacara a un niño adelante. Lo ponía de los nervios.

— ¿Pero, por quién me ha tomado a mí esta señora?

Cuando salen del hospital van hasta casa de Consuelo, gran amiga de Juan, que vivía por las torres de Quart. Él aparcaba coches por la zona y Consuelo le cogió mucho cariño, igual que otras muchas personas que viven por allí. Juan toca al timbre.

— Consuelo, tengo un problema y gordo. Salgo del hospital, con una mujer y una bebé. Y no tengo donde ir.

— ¡Sube a casa! Coge a tu mujer y al bebé y sube a casa. ¡Ya! Fue la respuesta de la mujer.

— La madre se quedó de piedra. Siempre estaba con los hombres de la calle, con que éramos incapaces de solucionar cosas, que solo pensábamos en la bebida.

Y Juan dice que es todo lo contrario para el que se lo propone. La madre se diría que qué amistades tiene el hombre de la calle. Se marchó a Cuenca. Consuelo les preparó una habitación y les dijo que de allí no se movían hasta que no encontraran algo.

Estuvieron buscando casa y Juan se vale de otra amistad. Alquilan una vivienda a Andrea, a muy buen precio y el problema era que no tenían un céntimo.

En el mismo edificio de Consuelo, toca Juan a otro timbre.

— Se pone Bernabé, académico que da conferencias por toda España, con un gran corazón y muy amigo mío. Le digo si puede bajar un momento. Le explico lo que pasa y que estamos en casa de Consuelo.

Bernabé le dice que espere, sube para arriba y baja con doscientos euros. Juan le promete que se lo irá pagando como pueda. “Ni se te ocurra. A ti, lo que haga falta”,  le replicó Bernabé. Se despiden de Consuelo, dándole las gracias por haberles recogido. “Déjate de monsergas y toma, para los pañales de la niña”. Y les dio cien euros.

— Vámonos a nuestra nueva casa. Y ahí, en esa casa, es donde sigue viviendo mi mujer y mis hijos.

Juan aparcaba coches, de ocho de la mañana a ocho de la tarde. Le conocía mucha gente. Hacía recados, solventaba problemas y hacía favores. Ha sacado “esa casa adelante”. Juan pensaba, para sus adentros, que después de lo que había trotado, de todo lo que había pasado, por fin había hecho una familia. Se sentía bien, ¡súper bien!

Un día, mirando lo activa que era su hija, le dice a su mujer si no le da la impresión de que la niña se encuentra muy sola. Y, ¡plas!, vino el niño.

Juan seguía bebiendo pero era consciente de que tenía una responsabilidad que sacar adelante. Rebajó el consumo. De lo que ganaba, lo primero que sacaba era para lo que necesitaban al día. Lo que iba de más, para las cervezas y el tabaco. A ella, nada de eso le importaba. Tiene que decir muy alto que lo quería muchísimo esa mujer.

— Bueno… luego se torció todo. Chocábamos. Yo soy muy nervioso, muchas veces no lo controlo y así pueden pasar muchísimas cosas. Y luego, el arrepentimiento no vale. Yo era consciente de eso. Y éramos muy cabezones los dos. Un buen día, sin discutir ni nada, le dije que prefería vivir como había vivido siempre, “pero tú sigue aquí con los niños, no te preocupes que yo no os dejaré de la mano”. Ella estuvo de acuerdo. Y yo seguí buscándome la vida como si estuviese con ellos.

Juan se fue de la casa por miedo a hacer algo que no se puede, no se debe y no quería hacer. ¡Cómo iba a pensar él en ponerle la mano encima! A nadie, claro, pero mucho menos a ella. Él los veía todos los días y todos los días les daba treinta, cuarenta o cincuenta euros. Cada día.

Con el tiempo fue ella la que iba a buscar el dinero. Juan cumplía con su horario. Para él era como un trabajo. Siempre ha sido una persona muy abierta y tiene una intuición muy fuerte. Su mirada trasmite confianza. Por eso tiene amigos.

A Juan le sorprendió mucho que, cuando ya estaba en el albergue, “esa gente”, esos amigos,  se preocupasen por él. Preguntaron hasta encontrarle. Le llaman por teléfono, le van a ver… “¿Qué te hace falta, Juan?” Le dan dinero… Vamos a almorzar… Vamos a tomar algo… Lo que necesites, llámame…

— Una atención hacia mí, buenísima.

Muchos son los que han ido verle… La familia, no.

— Ellos no se llegaron a creer lo mal que yo estaba. Para mí fue muy penoso. Alguien les dio mi número de teléfono para que se convencieran de que yo no estaba buscándome la vida, de que estaba en un centro, bastante fastidiado, pendiente de una operación. Me llamó mi mujer y chillidos de mil demonios es lo que me oí. Me dijo de todo porque ya no había dinero. Pero, ¿cómo se le ocurre, si me conocía perfectamente, si yo había hecho que confiara en mí? “Te demostré que podía sacar una familia adelante, que podíamos tener una casa. Te demostré muchísimas cosas y, ¿ahora me vienes con esas? En vez de preguntarme cómo estoy, de venir a verme, de ver qué puedo necesitar”. No he vuelto a recibir ninguna llamada, ni para disculparse.

Dice Juan que lo único que consiguió su mujer es que le perdiese el respeto y cuando el respeto se pierde, ¡se acabó! Ha sido el mayor desengaño de su vida.

— Cuando esto empiece a cambiar, cuando salga de aquí y pueda rehacer la vida mía, entonces me pondré en contacto con ellos. Pero lo haré yo. No volveré a la calle a aparcar coches. Rehacer mi vida es lo que María está haciendo por mí. Me está intentando arreglar una paga para que yo me pueda alquilar un piso o una habitación y evitar que  vuelva a estar en la calle. María, un día que íbamos al médico, me agarró de la mano y me dijo: “Juan, no caigas. No caigas nunca más”. Le he dado mi palabra y para mí eso es sagrado.

No hay palabras para expresar el sentido de amistad correspondida que tiene Juan, ni para entender su idea de buscar el sustento de una familia, ni siquiera para expresar la congoja, los ojos bajos, de sus palabras cuando habla del mayor desengaño de su vida.

Entre las líneas de sus palabras se leen unos esquemas tan faltos de prejuicios, de estereotipos, de hipocresía y de ostentación como llenos de sinceridad, de sencillez y de honor. Entre las líneas de sus palabras se lee tanto bueno, tan humano, tan cálido, que se echa en falta en nuestra sociedad del bienestar y el progreso.

Mª José Varea
Voluntaria

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