Juan Pérez (VI). Mi nombre es dinero

Juan Pérez (VI). Mi nombre es dinero


A Juan Pérez ya le queda poco que contar de su vida de atrás. Le queda lo más doloroso, lo que no quiere contar y que, sin embargo, desgrana lentamente, con sufrimiento intenso, una y otra vez.

— La manera de pensar de ella y mía chocaban mucho. Yo me ponía muy nervioso y un día me dije que se me iban a cruzar los cables y que iba a hacer algo que no se debe hacer. ¿Qué remedio vi yo? El remedio mío fue irme.

Juan no dejó de ocuparse de sus hijos. Cuando salió de la casa, durante un tiempo fue a llevar diariamente lo que ganaba y así veía a los niños. No quería que les faltara de nada. Comida, ropa, lo que necesitaran.

Después fue su mujer la que acudía a un lugar y una hora convenidos a recoger ese dinero. Se llevaban muy bien. Ella iba siempre acompañada de los pequeños.

— Que quería un móvil, a los cuatro días: toma niña, un móvil. Lo que fuera. Hasta que últimamente no buscaba de mí nada más que dinero, dinero y dinero. Yo nunca dejé de darles, hasta que me empezó a pasar esto de las llagas y la circulación. María me decía muchas veces: «yo veo muy bien que hayas sacado a tus hijos adelante, cosa que te honra y has luchado mucho, pero te voy a recordar una cosa y es que tú también vives».

Si, como él dice, se hubiera puesto cabezón, que es cuando no acierta nunca y no hubiera hecho caso a María, no sabe lo que hubiera pasado. Tenía principio de anemia. Se quedó muy mal, muy delgado.

— Yo me empiezo a abandonar a raíz de que veo que ya no queda ningún cariño entre esa mujer y yo. ¿Qué pasó? Había veces que las cosas no iban muy bien y ella empezaba a chillarme. Una vez, en medio de una bronca, empezó a chillarme. En plena calle. Como yo veo que ya no me llamaba Juan, que mi nombre era dinero, me digo ¿para qué viene esa mujer aquí? No viene a verme, a ver cómo estoy, a ver qué me pasa. Viene a ver cuánto dinero le doy hoy.

Juan trabajaba aparcando coches, donde hizo una cantidad de amigos impresionante y algún enemigo que otro.

— Pero eso es normal. Yo me hacía amigos que es lo más difícil, porque los enemigos vienen solos. Siempre te creas algún enemigo porque eres muy sincero, porque dices las cosas como te salen y a la gente no le gusta oír lo que tú estás diciendo. ¿Qué pasó? Yo he mantenido que en la amistad y en una pareja solo valen dos cosas, la confianza y el respeto. Lo demás sobra. Si una de esas dos cosas se pierde, ya la has fastidiado. Yo me di cuenta, por ejemplo, de que a mi hija ella la mentalizaba a que si le daba dos o tres euros o le había comprado algo: ¡papá, cómo te quiero! Si  un día no le podía dar nada, ese día no me hablaba. ¡Y estoy hablando de mi hija! Al chico, desde hacía tiempo, nunca lo traía. No me dice papá. Al principio, sí y de repente empezó a llamarme Juan. Me sonaba raro. Después de todo lo que yo he luchado. Para mí es importante. Pero ya, ni le veo.

Esa familia que Juan ha creado se ha acabado. Él había perdido el respeto y ya todo le daba igual. Sus hijos le siguen importando. Ella sabe que Juan solo los ve cuando ella va a por dinero. Cuando la niña era muy pequeña estaba muy vinculada a él y él a ella.

— Con la situación esa que estábamos pasando, ¿cómo se me ablanda a mí? Yo era muy duro de convencer y por eso ella siempre traía a la niña. Sabía el vínculo que había entre los dos. Pero en vez de venir juntas, ya solo venía la niña. ¿Y tu madre?, le decía yo. Está ahí detrás, esperándome. Es que tiene hoy mucha prisa. Era darle yo el dinero, me daba un beso y salía corriendo. Esa mujer sabía que si se presentaba delante de mí, yo le iba a decir que la actuación que tenía conmigo no la veía bien. Que me esté chillando como una mala bestia delante de todo el mundo y de mi hija, que con dieciséis años ya asimila, porque un día las cosas me han salido mal y le dé menos dinero, me encorajinaba mucho y me dije que esa familia ya se había ido.

Primero se separó de la familia porque eran doce y alguno tenía que volar. Y Juan fue el que voló. Luego se dijo que formaría su familia, no la que le ha tocado en suerte, sino la que él quería y todo fue precioso. Juan, por favor, ¡una vez en tu vida haz las cosas bien! Y sale mal, como una cosa, como la otra, como la otra…

— Me abandoné. Ya nada tenía sentido. Mis amigos, María y Rafael me apreciaban mucho, me veían pero no me decían nada pensando que Juan era suficientemente inteligente para darse cuenta de las cosas. Empezaron a salirme las llagas estas. Cada vez bebía más, no comía apenas. Al ver lo flaco que me iba quedando, ya empiezo yo a cavilar y a pensar que tenía que poner algún remedio. María me convenció para que me hiciera el carné de identidad, el SIP, para que moviera papeles y para que viniera al albergue. Yo estoy aquí porque alguien se ha preocupado por mí, porque ha querido que yo no estuviera como estaba y eso es formar parte de mi vida.

Es muy doloroso poner palabras a los sentimientos. Quien está a su lado, con el rostro de María y de Rafael, lo saben muy bien y le acompañan en sus tiempos, en su manera de ser y en sus costumbres, en sus necesidades.

La operación que le limpiará las arterias está cada vez más cerca y a partir de ahí rehará su vida con un propósito nuevo. Y también con una esperanza nueva que le mueve a pensar que el futuro le traerá algo bueno con amigos de antes y con personas que conocerá y que se prendarán de la personalidad de este hombre singular.

Mª José Varea
Voluntaria

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