Juan Pérez, un hombre en la calle I

Juan Pérez, un hombre en la calle I


Juan Pérez es un hombre imponente. Sesenta y cuatro años, más de metro ochenta, ojos azules, nítidos y penetrantes, nariz y labios rotos y pelo gris, largo hasta los hombros. Él dice que la calle le ha estropeado mucho en lo físico. Que el sol, el aire y las lluvias te comen y más si bebes alcohol. El comer mal y el dormir mal también. En lo intelectual y en lo moral sigue siendo el de siempre, no le ha supuesto ningún desequilibrio, ningún complejo.

«Yo siempre he tenido mucha personalidad. Es una cosa que jamás pierdo, esté donde esté. No me dejo vencer fácilmente. La calle ha sido para mí como mi casa, me he sabido defender, no me ha asustado nada. He conocido a mucha gente buena y a gente mala. He sabido catalogar a las personas que me han rodeado. Yo me quedo siempre con lo bueno».

Durante cincuenta años, la calle ha sido su hogar. Mucha gente, conociéndole, le ha llegado a decir «pero bueno, Juan, ¿por qué estás así?». Él contestaba que era feliz y no lo entendían. Ha sido feliz a su manera porque, dice, ha hecho muchos amigos.

«Alguna vez sí que me he encontrado solo. Yo tuve una Navidad, entonces dormía en el río, muy mala. Tenía una armónica. Aprendí a tocarla en el colegio, interno. A partir de ese año, siempre he estado solo por navidades. Hubo una mujer muy amiga mía, Encarna, que me dice «Juan ¿dónde vas a pasar las navidades?». No lo sé, le dije yo. Entonces yo estaba ya fuera de mi familia. Estoy esperando que mi mujer me invite, por lo menos una vez al año. No me invitó y me sentí frustrado. No quería saber nada de nadie. Me fui al río. Sentía que todo el mundo se divertía y yo, allí, solo. ¿Qué hice? Empecé a tocar la armónica. La armónica siempre ha sido un instrumento de hombres solitarios y yo la sé tocar muy bien. Tocaba ¿A dónde vas triste y sin hogar?. Me salió esa. Y, mira por donde, cuando acabé de tocar la canción, había uno al lado, que yo ni lo había visto, que empezó a aplaudirme. Me dice «¡La has tocado fenomenal!, me has alegrado la noche». Me alegré yo también. Nos fuimos a tomar unas cervezas y pasamos la noche juntos».

Juan Pérez Villar.

Juan Pérez.

Juan Pérez no se ha sentido nunca tirado en la calle, ni alejado de los demás. Él siempre se ha querido acercar a la gente. Sabe que la dignidad es ser tú mismo, sin dejarte avasallar por nadie. Que cuando uno te ofende sin conocerte de nada, por el simple hecho de estar en la calle, por tu situación, que hay muchos, contesta —eso se lo enseñó María— muy educadamente «¿por qué te metes conmigo? Dios quiera, si es que existe, que no te veas como yo porque no se está nada bien. Torres más altas he visto caer. Caer es fácil, levantarse, es muy difícil.

Y les he hecho pensar. Piensa un poco y no insultes. Si no me conoces de nada…»

Juan Pérez lleva en la calle desde que tenía trece años. Su madre se quedó viuda con siete hijos y sin recursos para sacarlos adelante. Vivían en un chabolo, en Vallecas.

«Yo me he criado en un colegio interno. Desde los tres años. He sido siempre muy rebelde. A los trece años me escapé de allí. No aguantaba más. Me daban muchos palos. Mira si han pasado años y me acuerdo de todo, de nombres y de situaciones. Yo estuve meándome en la cama hasta que me escapé. Era un niño pero te degradaban. El castigo era que me ponían en el centro del pabellón, en el que dormíamos cuarenta niños, desnudo y con la sábana que yo había orinado por encima de la cabeza. A los demás niños les obligaban a hacer corro alrededor mío y a decirme durante diez minutos “meón, meón…” A mí y a todos los niños que se meaban. Era imposible seguir así. Me escapé y me fui a casa de mi madre. Éramos ya doce hermanos porque mi madre rehízo la vida con otro hombre. Vivíamos hacinados, hasta que mi madre construyó una casa, otro chabolo, al lado para repartirnos un poco. Miré alrededor y me dije «aquí habemos muchos» y me fui de mi madre y de mis hermanos. Que sea lo que Dios quiera. A ver qué hago por ahí».

Y qué cosas pasan, dice Juan. Cuando se escapó del colegio, dejó de orinarse encima. Aún era un niño.

Juan Pérez empieza en ese momento una nueva vida, un aprendizaje. La calle que no conoce le tiene que acoger en una aventura en la que encontrará, como él dice gente muy buena y gente mala. Encontrará el amor, que como él mismo es, se convertirá en excepcional. Calle, buenas personas y alguna mala han cincelado una personalidad de filósofo, de hombre culto, sabio, con autoridad, de buenos modales, de facilidad de palabra. Un hombre en la calle, no de la calle.

 Mª José Varea
Voluntaria

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