La abuela

La abuela


Los ojos claros y serenos, la tez pálida, relajados los rasgos y las manos reposando, amablemente, sobre el regazo. La mirada perdida en una infancia acogedora y la sonrisa prendida siempre de los labios.

Sus mayor alegría es ver cruzar un avión por el cielo. Y tener a las niñas jugando a sus pies, sintiéndose una de ellas, la felicidad absoluta.

La bajaban todos los días a la calle y allí encontró una amistad perfecta: la abuela escucha atenta y permanentemente y la amiga parlotea sin cesar.

No sentía dolor, ni hambre, ni frío. No sabían si dormía o estaba despierta, pero jamás dio una mala noche.

Cuando le preguntaban: ¿cómo te encuentras?, la respuesta siempre era la misma, fuera a familiares, visitas o médicos: Muy bien, ¿y usted?

Agradecía las muestras de cariño con un conmovedor e infantil entusiasmo.

Cuando descansó para siempre dejó un vacío hondo y extraño. La madre, la consejera, la colaboradora incansable, el paño de lágrimas, la pacificadora se había ido años antes. Ahora se fue la niña con cuerpo de anciana, desvalida, vulnerable, vacía de pensamiento y plena de ternura, de alegría, de agradecimiento y de paz.

¿Cuándo dio más? ¿Cuando lo hacía consciente o cuando su mente vagaba por un  dulce mundo sin pena y pleno de gozo?

Mª José Varea
Voluntaria

Hay 1 comentario

Añade el tuyo
  1. Maria Jose Muñoz

    Gracias Mª José, quien es capaz de percibir desde la sensibilidad tiene tantas oportunidades de gozo… es nuestra opción personal enriquecernos de lo que la vida nos traiga…

Hay 1 comentario