La amistad

La amistad


La mañana de octubre, fresca y nublada, invitaba a disfrutar de la paz de la calle. Se sentó en el banquillo de la puerta de casa y su vecino Julio, que la vio, se acomodó a su lado.

– ¿Tú te acuerdas de mi tío Rafa? –le pregunta Julio.

– Sé quien era, hermano de tu madre y que su mujer se llamaba Marta, pero no, no le recuerdo.

– Es que estaba viendo en la tele lo de los cincuenta años de la independencia de Guinea Ecuatorial y he pensado en él. Ya hace años que murió. Mira que era buena persona. ¿Sabes su historia?

– Pues tampoco, Julio. Sí que recuerdo que trabajaba en algún lugar de África y que enviaba dinero a su familia hasta que un día dejaron de saber de él.

Ninguno de los dos tenía prisa y Julio relató una historia que a ella le pareció una preciosa muestra de la bondad del ser humano.

“Mi tío Rafa trabajaba en una empresa maderera muy importante. A principios de los sesenta le propusieron el puesto de representante en Guinea Ecuatorial. El sueldo era muy bueno y, tras hablarlo con mi tía Marta, aceptó.

Se estableció en una ciudad llamada Bata y allí no solo hizo un buen trabajo para su empresa sino que abrió su propio negocio. Tenía muy buen carácter, se reía por todo y le gustaba mucho charlar con la gente.

En aquella época Guinea Ecuatorial era colonia española y las costumbres separaban, en el día a día, a los blancos de los negros. Bares, restaurantes, comercios, transporte público… Los blancos querían tener su propio espacio, una vida aparte, por encima de los otros.

Mi tío pronto hizo muy buenos amigos. Amigos entre los españoles y amigos entre los oriundos del país. Mira cómo sería que si iba con algún guineano a un bar para blancos entraban sin que les dijeran nada, tomando sus consumiciones con entera libertad. Y al revés también. Y en los comercios, lo mismo. Yo creo que él ni se hubiera vuelto a España porque estaba muy a gusto allí.

Al poco de proclamar la independencia, el presidente Macías empezó a arrestar y matar a los que se oponían a su dictadura y una noche, muy tarde, tocaron a la puerta de mi tío. Abrió y entraron precipitadamente dos de sus amigos guineanos. “Rafa, –le dijeron–, coge una bolsa con algo de ropa y todo el dinero que tengas que te vamos a sacar del país. Tenemos orden de venir mañana a matarte”. Lo sacaron del país y la familia no supimos nada de él hasta muchos años después. Tuvo miedo de dar señales de vida por si tomaban represalias contra la mujer y las hijas.

Después de ese relato, Julio decía que él nunca ha despreciado a una persona por su raza o por su religión porque no sabes dónde puede estar un buen amigo.

Preciosa historia y buena reflexión, pensó ella. Se levantó Julio y con paso tranquilo entró a su casa. Ella hizo lo mismo y a esa mañana de octubre, fresca y nublada, añadió la belleza de la bondad que une a las personas.

Mª José Varea
Voluntaria

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