La ángel de la guarda

La ángel de la guarda


La ángel de la guarda está muy cabreada, pero que muy cabreada. Acaba de llegar a la estación de ferrocarril de Barcelona. Mochila en la espalda y ordenador al hombro, se siente verdaderamente cansada después de haber participado en un encuentro de Familia e Infancia y solo desea dejarse caer en su asiento y cerrar los ojos.

Pero, ¡sorpresa! La huelga del personal de RENFE ha cancelado la salida de su tren y el siguiente tardará varias horas en partir.

– ¡No, por favor!

Busca, impotente y resignada, un banco donde descargar mochila y ordenador. Se sienta, apoya la cabeza en el respaldo y cierra los ojos durante unos minutos. A su alrededor las voces de otras personas que protestan del  contratiempo le hacen fijarse en sus compañeros de infortunio. Sobre todo, supone, son ejecutivos. Por la corbata y el maletín. Entre ellos, una mujer que lleva a un niño de la mano parece muy nerviosa. Habla por el móvil y gesticula. El niño que la mira sin decir nada y la expresión en el rostro de la mujer mueven a la ángel de la guarda a levantarse y dirigirse a ella.

– Señora, ¿qué le ocurre?, ¿puedo ayudarla en algo?

– Pues tengo un verdadero problema –dice la mujer.

El niño canta en la Escolanía de Montserrat y ella, como otras veces, le acompaña a coger el tren con destino a València. En este horario el tren dispone de azafata que se hace cargo del menor, pero el que podría coger más tarde no recoge ese servicio.

La ángel de la guarda, que para eso está, no se lo piensa. Saca de la mochila el carné de identidad y se lo entrega a la mujer.

– Llame usted a los padres del niño, deles mi número de teléfono y dígales que yo le acompaño hasta València.

La mujer hace la llamada y con el visto bueno del padre, no sabe cómo agradecer a la ángel de la guarda su amabilidad. Deja al pequeño en sus manos y se despiden.

La ángel de la guarda invita al niño a sentarse a su lado y para que la espera se le haga más corta empieza a interesarse por el coro, por su voz, por el colegio y por todas las cosas propias de niños.

El tiempo discurre de manera amena. La conversación entre los dos hace que no se le hagan nada pesadas las horas que tienen que esperar, ni siquiera las de viaje.

Es lo que tiene ser ángel de la guarda. Además de cuidar de la gente, se siente una muy a gusto.

Llegan a València y el niño, en cuanto ve al padre, le llama a voces:

– ¡Papá, papá!

Hace el pequeño, que no sabe que le ha acompañado una verdadera ángel de la guarda, las presentaciones y el padre quiere hasta darle cien euros por las molestias y por la cena que ha tenido que pagar. Ella lo rechaza con delicadeza. Besa al niño y se dicen adiós.

Es madrugada y ya en el taxi, camino de casa, la ángel de la guarda sonríe pensando que no se explica cómo se le ha ido todo el cansancio de la tarde. Recuerda la reciente charla con el niño, la simpatía que se había establecido entre ellos y la sonrisa se le hace más amplia, más esplendida, porque piensa en las cosas que tiene Dios para que ella pueda hacer su trabajo y se dice:

– ¿Cabreada por perder un tren? Mil veces no… si Dios tiene un plan.

Mª José Varea
Voluntaria

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