La buena siembra

La buena siembra


Recibió la llamada para ser sembrador. Era muy joven y pensó que podría hacer otras muchas cosas más interesantes, pero precisamente porque era muy joven cambió de opinión, se lanzó y quiso arriesgarse a vivir esa gran aventura que le era ofrecida. No sabía nada de terrenos ni de semillas, ni de lluvia ni de sequías, tampoco de abonos ni de podas, pero dijo que sí al Jefe de la empresa, dejando atrás otras ilusiones. Y empezó su preparación.

Cuando ya estaba dispuesto, le fueron  asignados unos campos en un lugar muy lejano en el que todo le resultaba nuevo y desconocido y quiso dar lo mejor de sí mismo. Quería agradar al Jefe para que viera que había hecho una buena elección al proponerle esa misión. Algo de miedo tenía porque era humano, era joven y había dejado muy lejos a su gente.

Sus costumbres eran diferentes, pertenecía a otra cultura y como en cualquier profesión la titulación tenía que apoyarse en una experiencia que necesitaba su tiempo.

Empezó a hacer su trabajo y, sin querer, se le exigió la perfección. Desde la distancia se le analizaba un poco a la ligera, se comentaba cómo hacía las cosas, cómo se relacionaba, sin tener en cuenta ni su juventud ni sus costumbres. ¿Quién se daría cuenta de que, quizás, echaba de menos a los suyos aunque contara con todo el apoyo del Jefe? Se hacían inocentes juicios de valor y esas cosas normales, un poco crueles, que se realizan cuando llega alguien nuevo a un lugar.

Como no conocía el terreno, ni lo que allí podía ir bien, hacía las cosas poco a poco, poniendo su mejor voluntad y observando mucho para no cometer errores.

Y cantaba. Cantaba muy a menudo, aprovechando cualquier ocasión en la siembra. Cantaba al amor, a las madres, a la vida, a la semilla que tenía que fructificar y al Jefe.

Pasaron los meses y él, a su manera, seguía sembrando. Estudiaba cuidadosamente el terreno, la parte más débil, la más necesitada de cuidados, también la que más fortalezas tenía, la que el abono había calado profundamente.

Un año,  casi otro y el apoyo incondicional del Jefe le dieron el conocimiento y la experiencia que necesitaba para que la semilla brotara fresca y jugosa hasta conseguir un buen fruto.

Se ocupaba de sembrar diferentes semillas en cada uno de los terrenos que tenía a su cargo. Semillas de ternura y compañía en los campos más antiguos, castigados por innumerables cosechas; de alegría y de enseñanza a los más nuevos, los que necesitaban aprender mucho bueno; de escucha a los que presentaban problemas, de paciencia, de esperanza, de fraternidad, de convivencia, de fiesta. Eso sí, cada semilla era de excelente calidad porque llevaba, indeleble, la marca del Jefe.

Empezó a compartir su tiempo y sus sueños con unos campos que reverdecían y crecían con sus cuidados y sintió que el de sembrador era el único trabajo al que se quería dedicar.

Y supo que también el Jefe estaría contento porque acudió rápido a su oferta de trabajo y porque ponía todo su empeño en llevarlo a cabo con ilusión y con el deseo de ser una pequeña parte de la empresa.

Mª José Varea
Voluntaria

Hay 1 comentario

Añade el tuyo

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.