La Cruz

La Cruz


Se ha despejado la parte frontal del salón de actos de Cáritas Diocesana. Solo un pequeño túmulo cubierto con basta tela de saco y unas redes está dispuesto para acogerla.

La depositan reclinada, como reposando y solo mirarla hace daño. Dos tablones de un azul, cielo intenso, consumido por vientos permanentes, por aguas que golpean insistentes, por uñas que, desesperadas, lo arañan para mantenerse a salvo. Dos tablones desgastados, con esquinas astilladas, con las marcas de los clavos que los han mantenido unidos a otros tablones para, juntos, formar una barcaza, una tabla de salvación.

La sala está abarrotada de gente que la mira con respeto, con emoción. Y, sin embargo, solo trasmite soledad y silencio. Es la soledad y el silencio de las cientos de víctimas que entre sus brazos perecieron cuando solo pretendían vivir.

Es la soledad y el silencio del sufrimiento más inhumano, más cruel al que se puede someter al ser humano. Es la soledad y el silencio de cáliz y patena de sangre derramada, de vida truncada.

Es la soledad y el silencio de, como decía el papa Francisco en su viaje a Lampedusa, «la globalización de la indiferencia».

Es la soledad y el silencio de padres y madres que solo querían proteger a sus hijos, acunarles y darles calor hasta llegar a tierra firme.

Es la soledad y el grito desgarrado de padres y madres perdiendo a los hijos en las aguas negras.

Es la misma Cruz de Cristo, porque no hay otra ante nuestros ojos. Sobrecoge mirarla.

“¿Qué has hecho con tu hermano?… ¡No he sido yo!”

¿No he sido yo?

¿Cómo llamo a mi indiferencia?

«¡Qué emotivo y que emoción tener esta cruz de Cristo que en esta mañana nos abraza aquí, en Cáritas!».

 

«No es un símbolo esta cruz, es la Cruz en la que fue clavado Cristo. Es la Cruz de los que más sufren en esta vida».

“¿Qué queda de estos acontecimientos cuando ya no son noticia porque otras noticias ocupan el primer lugar? Hoy está ante nuestros ojos lo que queda: la Cruz. Y nosotros, los cristianos, sabemos su significado. Estos maderos nos hablan del primer crucificado y, ojalá, hubiera bastado con una sola cruz. Pero, no…  La cruz no necesita palabras. Solo espera una mirada y  llegar al corazón…».

Los ojos, hipnotizados, no pueden apartar la vista de ella. Si, para salvar conciencias, solo bastaría con acogerles y permitirles vivir entre nosotros, como nosotros, qué poco se nos pide.

Una vigilia de oración ante la Cruz, en Cáritas Diocesana, las palabras de Ignacio Grande, Juan José Llácer y José María Taberner; los cantos elegidos, “somos en la tierra semilla de otro Reino… somos testimonio de amor… paz para las guerras… y luz entre las sombras… Iglesia peregrina de Dios”; el silencio y la contemplación; las peticiones: «Que la iglesia sea siempre hogar de acogida… que España y Europa acojan… que nuestra sociedad sea capaz de implementar la cultura del encuentro…»; el Parenostre, con las manos entrelazadas; la acción de gracias de Inmaculada Romero, directora del Área de Sensibilización: «Gracias, Señor, por la diversidad de mil maneras… por su riqueza… por lo que nos obliga… por poder conocernos… compartir… esforzarnos… cuantas cosas podemos hacer con poca cosa…».

La oración finaliza con la oración del papa Francisco: «…Dios de misericordia, te pedimos por todos los hombres, mujeres y niños que han muerto después de haber dejado su tierra, buscando una vida mejor. Aunque muchas de sus tumbas no tienen nombre, para ti cada uno es conocido, amado y predilecto… Haz que con nuestra atención hacia ellos, promovamos un mundo en el que nadie se vea forzado a dejar su casa y todos puedan vivir en libertad, dignidad y paz…».

Como gesto comprometido con la Cruz, en silencio, sus tablones  han sentido la caricia de labios y dedos y en ellos se besaba a hombres, mujeres y niños cuyo rescate llegó demasiado tarde.

Mª José Varea
Voluntaria

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