La extraña mujer

La extraña mujer


Camina lentamente por las calles del pueblo. La mirada al frente sin detenerse en quienes se cruzan con ella. Su cuerpo de bien cumplidos los sesenta no alcanza a sostener con gallardía su vestuario de roquera de los años setenta. Pelo largo, recogido en una alta coleta y botas camperas de medio tacón.

— Me he cortado el pelo porque me parece que para mi edad corto me sienta mejor.

— Sí, Paz. Desfilado te queda muy bien. Te favorece más.

— ¿Me podéis dar algo de ropa?

— Claro. Ven esta tarde y vemos si hay algo que te quede bien.

Paz no es participante de Cáritas pero es imposible negarse a su petición. ¿Qué importan unas pocas prendas de ropa si lo que ofrecemos con ellas es una pizca de amistad?

— Paz, eres muy joven para vivir en la residencia…

Así, a bocajarro. Con la mirada fija en sus ojos y esperando no ser bien recibida la intromisión.

Y fue la única vez que Paz habló de ella misma.

— Mis hijos me han dicho que esto es lo que hay. Es que no puedo vivir sola porque tengo esquizofrenia y un atajo de enfermedades mentales que no me dejan cuidar de mí.

Cuando era muy joven ya me fui de casa y no reconocía a nadie, ni a mi madre. El que se casó conmigo pensaba que podría curarme y después me abandonó. Se llevó a mis hijos y me puse peor. Me quise quitar la vida, unas cuantas veces, ¿sabes? Ahora ya son mayores. Vienen a verme y salimos a comer al merendero pero se van y yo me quedo aquí, sola.

Ya estoy unos cuantos años en la residencia y lo único que siento es que me estoy relacionando con la muerte. Me quedo en la habitación y pinto y escribo. No te creas que escribo de mi vida, no. Solo de sentimientos. A mediodía miro lo que hay de comer y si no me gusta, salgo y me compro algo.

Paz sale todos los días a proveerse de la comida que le apetece, tabaco para liarse los cigarrillos y, lo que más le ilusiona, sombras de ojos y lápiz de labios. Dice que no siempre tiene dinero para comprar pero que le fían en todas partes porque la conocen y nunca ha dejado sin pagar ni un céntimo. Otra debilidad suya es la ropa. Siempre moderna, muy moderna y bien conjuntada. Ropa de mercadillo y de Cáritas. Suficiente para sentir que pertenece a la vida.

— ¿Te he dicho que he estado a punto de morirme varias veces? ¿Y sabes por qué aun estoy aquí?

— Pues, Paz, porque debes ser una mujer muy fuerte y muy sana.

— Te equivocas. Nada de eso. Dios no me ha dejado que me vaya porque cree que todavía me queda mucho por aprender.

— Me gusta. No se me había ocurrido nunca y es una muy buena reflexión. Si te vas ya a la residencia, te acompaño.

Paz dibuja y pinta árboles. Muy buen trazo, suelto y proporcionado. Árboles, troncos y ramas. Sin hojas ni frutos.

— ¿Y las hojas?

— Nunca. Me gustan así.

Paz, Paz, cuánta humanidad, cuánta dulzura y cuánta dureza en esa mente enferma, inteligente y entrañable. Tronco y ramas de un árbol que nunca llegará a florecer.

Mª José Varea
Voluntaria

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