Las adicciones no son una enfermedad cerebral

Las adicciones no son una enfermedad cerebral


Desde que la Asociación Americana de Psiquiatría definió las adicciones como una “enfermedad cerebral”, la presión sobre que estas son campo exclusivo de la psiquiatría y el resto de enfoques no tienen nada que decir, va creciendo.

El enfoque mayoritariamente utilizado en la actualidad es el biopsicosocial, que analiza y trata las adicciones desde el aspecto biológico, el psicológico y el social. Por lo que tiende a conocérsele conoce como enfoque integral u holístico.

¿Cómo en una sociedad que cada vez se define más como VUCA, del inglés, volátil, incierta, compleja y ambigua, gana adeptos un modelo reduccionista?

El catedrático en psicología clínica, Elisardo Becoña, lo analizaba en un interesante artículo y lo desarrollaba en cuatro puntos.

El primero, la financiación generosa. En Estados Unidos, el Instituto Nacional de las Drogas financia el 85% de toda la investigación mundial sobre drogas. Las líneas que establece generan tendencia y es clara su preferencia por un modelo basado en un sustrato biológico en el cerebro. Con tal inversión, su poder e influencia es elevado hasta la desproporción.

En España, la situación es semejante, con un avance de este modelo por la financiación subyacente y la simplicidad del mismo.

El interés de la industria farmacéutica en que se consolide este modelo es una variable muy importante, ya que el número de adictos proporciona una gran oportunidad de negocio, convirtiéndose en estrategia de crecimiento y beneficios. Ya lo han hecho en otras ocasiones, modificando los niveles en marcadores respecto del concepto de salud y enfermedad, de forma que aumenten sus ventas.

Sin embargo, los resultados del tratamiento farmacológico han sido decepcionantes, dado que no aparecen moléculas nuevas que sean útiles para el tratamiento de las adicciones, al tiempo que aparecen frecuentes conflictos de intereses por parte de científicos e investigadores, ya que demasiadas veces, sus afirmaciones van más allá de lo que indican los datos.

El tercer punto son los procesos de construcción social de la enfermedad. La enfermedad es un constructo social. Las enfermedades físicas, normalmente se descubren, un virus, una bacteria, un parásito. Pero las mentales, tienen un proceso distinto. La salud mental es un concepto fluctuante, muy dependiente de la cultura y sensible a la presión de diversos intereses.

Y por último, los procesos psicológicos adquiridos en los defensores de este modelo. Para las personas que se han formado durante años para entender el entorno de una cierta manera no les es fácil, ni cómodo, abrirse a paradigmas con más variables.

Una metodología concreta y exclusiva, facilita el sentido de pertenencia entre los profesionales. La conformidad, evita el rechazo y facilita la inclusión. Todo es más fácil, con reforzamiento externo (colegas, industria farmacéutica, publicaciones, etc.).

En resumen: el reduccionismo es más sencillo de aceptar y tiende a generar segurida. El campo de lo social no resulta muy tentador para los intereses mercantilistas. No suele crear tecnologías de las que se puedan sacar patentes ni beneficios. Lo biológico tiene peso en todas las facetas humanas, incluidas las adicciones, pero no es el todo, es solo una parte.

El paradigma más completo para la comprensión y el tratamiento de las adicciones, sigue siendo el biopsicosocial, que se esfuerza en tratar de observar el todo y trabaja hacia el todo, porque somos seres complejos, no un conjunto de partes deslavazadas.

Proyecto Hombre Valencia

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