Luis Ventura: «Debo mucho a los pueblos indígenas»

Luis Ventura: «Debo mucho a los pueblos indígenas»


Luis Ventura ha sido misionero laico en la Amazonía. Durante nueve años ha convivido con los nativos del norte de Brasil, ha trabajado con ellos la tierra, les ha enseñado y ha aprendido, ha sufrido con ellos y ha clamado con ellos por sus derechos y por su tierra. Ahora trabaja en los servicios generales de Cáritas Española.

A Luis le escuchamos el pasado día 30 de enero en la jornada de las Cáritas parroquiales con la Cooperación Fraterna y estaba previsto que le hiciera unas preguntas para este blog.

Luis, pensaba preguntarte, de entrada, quién es Luis Ventura, pero a los cinco minutos de oírte ya sabía quién eres: Luis Ventura es pura pasión, pura vida. Pero después he descubierto que eso no son más que los síntomas. Alguien te ha inoculado, o te has contagiado de un virus mortal que es la Fe más comprometida que he podido ver en mi vida. ¿Cómo has cogido ese virus que se ha apoderado de ti de esta manera tan terrible?

¡Qué pregunta! (ríe) Pues… uno llega a todo esto por una fe que ha sido cultivada primero en la familia y después en comunidad. Es verdad que ese es el primer paso que te lleva a poderlo tener claro y, evidentemente, esa fe se ha madurado mucho, se ha enriquecido y se ha transformado también mucho en el encuentro con los pueblos indígenas. Yo siempre digo que le debo mucho a los pueblos indígenas.

¿De dónde eres, Luis?

Soy de Córdoba, pero viviendo en Málaga. Fui de joven a estudiar a Málaga y ya me quedé allí. He trabajado en Cáritas Diocesana en Málaga hasta el año 2002. Todo eso ha sido parte de esa leña en la que ha prendido la fe. Pero sí que es verdad que la sabiduría, la paciencia, la profundidad de los pueblos indígenas para mí ha sido un referente estremecedor y conmovedor. Yo siempre digo que le debo mucho a los pueblos indígenas. El ver gente que se juega la vida sabiendo que Dios está con ellos, que van para adelante, que son capaces de decirte que nuestra paciencia les vencerá (a los explotadores de su tierra), que se trata de ir caminando seguros de a dónde vamos; el ver gente que tiene un amor por la tierra y un sentido comunitario tan fuerte; el ver chavales muy jóvenes (16, 17 años) que dejan su casa para vivir su vida con el compromiso firme, firmísimo de que su proyecto de vida pasa por volver a la comunidad y multiplicar todo, porque saben que lo que uno hace no es para sí mismo sino para toda la comunidad; todas las historias de resistencia y, sobre todo, la esperanza que esta gente tiene, esperanza contra toda esperanza, te conmueven y te hacen crecer y ese sea posiblemente el virus que me ha infectado (risas).

Tu mujer debía tener las mismas ideas e inquietudes que tú para que os casarais y os marcharais allí, tan lejos de familia y de amigos, de todo lo conocido.

Nosotros nos conocimos en un grupo cristiano de laicos misioneros. Cada uno llegó allí por caminos diferentes y cuando comenzamos la relación estaba ya la perspectiva de salir. Es verdad que uno no escoge el lugar. Nosotros no pedimos ir a Brasil. Podíamos haber ido a cualquier otro lugar. En principio íbamos por tres años y al final hemos estado nueve porque vas echando raíces ahí, los niños van naciendo y al final es un proyecto plural, un proyecto de vida como familia.

Los niños se han criado y educado en las mismas condiciones que los niños de los poblados.

Sí, los cuatro primeros años vivíamos dentro de la escuela (escuela agrícola) y la escuela dentro del territorio indígena. Las condiciones de vida, las mismas: ir a por el agua, a lavar la ropa al río… Las mismas condiciones para lo bueno y para lo malo. Para lo bueno, en el sentido de tener una vida muy saludable, muy libre, correr libremente, de criarse muy bien; y para lo malo, porque también están más expuestos. Han cogido enfermedades que aquí no hubieran cogido… pero estás allí para lo bueno y para lo malo. Al final, cuando uno mira para atrás y, sobre todo, cuando los miras a ellos, ahora tienen 12, 10 y 8 años, –y acaba de nacer una bebé hace un mes y medio–, sobre todo a los tres grandes, te das cuenta de que ellos también han interiorizado mucho lo que han vivido.

«La sabiduría, la paciencia, la profundidad de los pueblos indígenas
para mí ha sido un referente estremecedor y conmovedor»

¿Y el cambio, al volver a España, para ellos sobre todo?

Para ellos mucho más fácil que para nosotros. Los niños tienen una capacidad de estar bien en cualquier lugar, en cualquier lugar que encuentren cariño, que encuentren acogida. Ellos ven las cosas buenas de estar allí y lo bueno de estar aquí. Entonces ellos lo que hacen, como hemos estado yendo y viniendo, es disfrutar en cada lugar de lo bueno que tienen y relativizar lo que no. Les gusta que estemos abiertos a volver a ir porque saben que allí tienen cosas que aquí no tienen. A nivel escolar muy bien. Los adultos estamos más agarrados a las cosas que te hacen vivir con pasión, entonces cuesta un poco, a veces, tener otro ritmo, pero familiarmente muy bien.

¿Esta vuelta es definitiva?

No lo sabemos. Las puertas nunca se cierran. Está abierta la posibilidad de retornar…

Mª José Varea
Voluntaria

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