Madre Cenicienta

Madre Cenicienta


No es un cuento de hadas. Ni es una adolescente dulce y confiada. Ni ha caído en manos de una mujer egoísta y malvada. Ni espera un príncipe azul que la rescate de las manos de esa madrastra desaprensiva y explotadora.

Es María, una mujer de sesenta y tantos años que tiene unos ojos de mirada clara y bondadosa. Es una mujer amable y acogedora que tiene una familia ya criada a la que adora. Tiene un compromiso con Dios y en Cáritas desparrama su atención y su delicadeza entre los marginados de la sociedad.

“Procuramos hacer el bien; a veces metemos la pata pero yo creo que es sin querer. No robamos, no nos llevamos por delante a nadie. Sufrir a mogollón. Que si tus hijos, que si tus nietos, que si tu familia, que si el mundo como está. Entonces no lo entiendo”.

Esos ojos claros y bondadosos, enrojecidos y empañados por la pena y el cansancio infinito expresan casi más que las palabras su hondo sentimiento de pesar en un momento de debilidad. Una confidencia velada cuando el alma está saturada de frialdad y de incomprensión.

Al día siguiente, arreglada con sencillez y con gusto, baja a realizar sus tareas en Cáritas, a sentirse querida por sus compañeras de grupo, a saberse valorada por quienes reciben su ayuda.

Y atrás quedan, por unos preciosos instantes, las exigencias de los hijos, el cuidado de los nietos, el trabajo excesivo para que tengan las casas arregladas, la comida a punto y los niños atendidos cuando vuelvan del trabajo.

El amor la desborda y el amor le hace entregarse más allá de sus fuerzas. Pero el amor se le escapa entre los dedos y no quedan para ellas palabras de afecto, ni abrazos de agradecimiento. Solo los pequeños le regalan la ternura, la inocencia de su cariño, el calor y la alegría de sus juegos que quieren compartir con ella.

Es María. Pero también  es Carmen… y Mariví… y Pilar… y Rosa… y Chelo…

No es un cuento de hadas, pero una vocecita de mirada pícara, allá en el fondo de la conciencia, insinúa: ¿no debería madre cenicienta aprender algo de bruja? Solo para saber poner límites, para hacerse respetar, para dejar de creer que cuanto más se dé llegará, algún día, a recibir el cariño de esos hijos injustos.

Mª José Varea
Voluntaria

Hay 2 comentarios

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  1. Virginia

    Nos conformamos con poco cuando ya han volado, pero tenemos la conciencia de que son felices y saben valerse por ellos mismos. Eso nos demuestra que hemos hecho un buen trabajo y cuál es nuestra recompensa… saber que están “ahí” cuando los necesitas y ese amor que todavía nos queda lo tenemos que volcar en personas que lo necesitan más que ellos y que nosotras mismas.

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