Mi papá tiene una empresa

Mi papá tiene una empresa


Parecía un antiguo anuncio de televisión. Los niños y niñas, en el recreo, se contaban con orgullo las profesiones de sus papás y sus mamás.

La admiración que brotaba con sus palabras hacía que la maestra siguiera con interés la conversación.

– Mi mamá es médico y le cura la garganta a los niños.

– Pues mi papá trabaja en el Ayuntamiento y le arregla los papeles a todo el mundo.

– Mi papá tiene una empresa muy grande.

– No. Tu papá mata a los niños….

El fin del recreo y la rápida reacción de la maestra dan por finalizada la terrible situación, pero el pequeño Mario estuvo cabizbajo todo lo que quedó de tarde.

Al día siguiente, la maestra estuvo muy pendiente de los niños, de cualquier gesto, de cualquier palabra que pudiese herir a Mario.

Sabía que su padre era un alto directivo en una empresa  que entre sus divisiones contaba con la de fabricación de armas.

Temía que la curiosidad infantil les llevase a interrogar a Mario por lo que hacía su padre en la empresa o, peor aún, a acusarle o darle de lado.

La maestra meditaba cómo tratar, si llegaba el caso, con niños de nueve años un tema tan delicado y que tanto daño podía hacer a este pequeño.

Sentía una piedad inmensa por la inocencia de Mario, por su mundo seguro y privilegiado ajeno a la crudeza de la vida. Sentía desconcierto por las conversaciones imprudentes de adultos que delante de los niños hablan de armas y de padres de otros niños.

Y también recordaba a otro niño, Marwan, dormido en brazos de su padre, esperando la llegada de un barco que les lleve, mar adentro, a un nuevo hogar, porque las bombas caían del cielo en su ciudad de Siria y tenían que huir.

“Primero llegaron las protestas, luego el asedio, el cielo escupió bombas… hambruna… entierros… Eso es lo que tú conoces”  le dice, para sus adentros, el padre al niño. “Has aprendido que se puede encontrar a las madres, a las hermanas, a los compañeros de clase, a través de estrechos huecos en el cemento, en los ladrillos, en las vigas expuestas, pequeñas franjas de piel iluminada por el sol, brillantes en la oscuridad”. Sigue el padre, en el silencio de la noche inhóspita, susurrándole al niño: “Tu madre está aquí esta noche, Marwan, con nosotros, en esta playa fría, a la luz de la luna, entre niños que lloran y madres que manifiestan su preocupación en idiomas que no entendemos: afganos, somalíes, iraquíes y sirios. Todos esperamos impacientes a que salga el sol, todos lo tememos. Todos buscamos un hogar”.

Mira el perfil confiado del pequeño y recuerda cuando le dijo: “Hijo mío, dame la mano. Nada malo va a pasar… Solo son palabras. Trucos de padres. Pero a tu padre esa fe que tienes en él está matándolo”. Y hoy le dice: “Porque esta noche tan solo puedo pensar en la profundidad de la mar, en su vastedad, en su indiferencia. Y en lo impotente que me veo para protegerte de ella. He oído decir que nadie nos ha invitado. Que no somos bien recibidos. Que deberíamos llevarnos nuestra desgracia a otra parte”.

Y ya en la barca: “…porque tú, Marwan, eres un cargamento valioso, el más valioso que ha habido. Rezo para que el mar lo sepa… cómo rezo para que el mar lo sepa”.

La maestra, sin evitar las lágrimas en los ojos por Mario y por Marwan que murió en aquella fría mar, siente un hondo dolor por los dos pequeños.

 

*El entrecomillado es de “Súplica a la mar” de Khaled Hosseini.

Mª José Varea
Voluntaria

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