Miguel

Miguel


Combinando periodos de desempleo con contratos temporales, Miguel tiene una gran afición, el Facebook. En un grupo del pueblo encuentra el mensaje de un desconocido que se interesa por la familia que aun le debe quedar allí a su padre fallecido hace años.

Se crea una relación entre ellos y Paco, que así se llama el desconocido, le cuenta que su padre, emigrante en Venezuela, siempre añoró su tierra y a su gente. Las viejas historias, los nombres de sus parientes y las anécdotas poblaron la infancia de Paco con recuerdos que nunca había vivido. Con cincuenta y nueve años y malviviendo, desde hace unos años, en su Caracas natal con su joven mujer y una hija de once años, acaricia la idea, descabellada al principio, de hacer ese viaje de vuelta a casa con el que soñaba su padre.

A Miguel se le encoge el corazón cuando escucha a Paco hablar de la terrible situación de Venezuela. El elevado porcentaje de desempleo, la carestía de alimentos básicos en los supermercados, la inseguridad, el deterioro de la convivencia y, sobre todo, pensar en los grupos de niños que viven cerca de los grandes almacenes, abandonados por sus padres que no les pueden mantener, le hacen sentirse muy mal.

– Miguel, que ya lo tengo todo vendido y he sacado los billetes de avión para Madrid y para València.

Llegan una fría noche de enero y Miguel va a recibirles al aeropuerto. Sin ropas de abrigo y cansados del largo viaje, tendrían que buscar una pensión económica para pasar los primeros días.

– No, no. Hablo con mi mujer y os venís a casa.

Hace la llamada y Rosana, a la que le parece bien todo lo que haga Miguel, le dice que se pone a prepararles algo de cena.

Algo de cena, no. Un festín. Huevos, longanizas y patatas fritas. Agua en los vasos y naranjas de postre.

– Mamá, ¡ni los ricos comen tan bien!

Miguel en estos momentos está trabajando pero se organiza con la colaboración de Rosana para ayudar a esta familia a la que ha acogido como verdaderos hermanos.

Extranjería, trabajadora social, Cáritas, búsqueda de piso en alquiler, colegio para la niña, currículos al día… Un esquema  completo de las primeras necesidades y mientras se van organizando y saliendo adelante, el hogar de Miguel y Rosana es el de estos migrantes admirados de la generosidad del humilde matrimonio.

Porque a Miguel y a Rosana no les han pasado factura las dificultades que han tenido que pasar en su vida. No tienen endurecido e indiferente el corazón. También son padres de dos niños y quizás es que cuando el amor entre ellos es fuerte y está bien alimentado, crece y se multiplica de tal manera que alcanza a quienes se cruzan en su camino con necesidad de manos amigas que les ayuden a emprender una nueva vida.

Miguel ha hecho el milagro de que es capaz todo ser humano que abre las puertas de su casa, que acoge, que da de comer, que viste al que tiene frío, para que un extranjeros sientan que por fin, han llegado a casa.

Mª José Varea
Voluntaria

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