Nada ha cambiado

Nada ha cambiado


Hace muchos, muchos años, ella hacía COU en un instituto de València. Era la primera vez que salía del pueblo y se sentía muy emocionada aunque todo le venía un poco grande.

Le tocó el horario de tarde porque su apellido empieza por V y el primer día ya advirtieron a las chicas que al acabar las clases, si era de noche, no salieran solas porque la zona era un poco conflictiva.

Así lo hicieron ella y sus compañeras, entre las que había dos novicias preciosas por dentro y por fuera, hasta que llegaron los primeros exámenes y todo se complicó con horarios y esfuerzos de última hora.

Hasta llegar a la Avenida del Cid, iba en grupo y de ahí hasta casa, ella iba con un compañero que vivía cerca.

Esa noche, si quería hacer el mismo camino con el compañero, tenía que esperar un buen rato a que él acabara. Así que se marcha con un pequeño grupo hasta que tiene que continuar, ya en la avenida, sola el resto del camino.

Coches pasando por la calzada y la acera solitaria. Dos chicos van en dirección contraria a ella y cuando llegan a su altura uno la coge por el pecho apretujándola y el otro le vuelve la cara y la besa en la boca.

Nada más unos segundos. Aterrorizada y bloqueada consigue dar unos pasos hasta una farola en la que se apoya y rompe a llorar. Le costó llegar a casa porque temblaba toda ella.

Pudo cambiar de instituto y de horario. Se tranquilizó, sacó el curso y su vida continuó alegre y aprovechada como la de cualquier chica joven.

Aquel incidente le enseñó lo que no debería haber aprendido nunca.

Aprendió a evitar ir sola por la huerta como tanto le gustaba o salir, ni muy pronto ni muy tarde, por el río de València.

Fue madurando y aprendió más cosas que tampoco debió aprender nunca. Aprendió a clasificar a jefes, compañeros de trabajo, clientes y conocidos según su mirada y su gesto y aprendió a salvar cualquier situación delicada no dándose por enterada. En eso se hizo una verdadera experta.

Aprendió a valorar la mirada franca, sencilla, recta y afable de jefes, compañeros de trabajo, clientes y conocidos y correspondió con gratitud a la vida por haberles conocido.

Ahora, tantos años después de haber iniciado tan triste aprendizaje, solo puede decir, por experiencia, que algo muy importante falla en la sociedad, que esta democracia tiene un grave problema  que aboca a las personas a un retroceso intelectual que, quizás, beneficia a quien necesita pueblos incultos para manejar su voluntad.

Mª José Varea
Voluntaria

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