Nuestro voluntariado: Amparín García

Nuestro voluntariado: Amparín García


A lo largo de este mes de agosto, compartimos con nuestros lectores las entradas que más han gustado de todo el año. ¡Buen verano!

No se sabe dónde acaba Dios y dónde empieza Amparín. Es la impresión que se tiene después de charlar un buen rato con esta mujer de setenta y cinco años, pulcra de imagen e inteligente de mirada, que tiene muchas cosas que contar.

Amparín García, más que voluntaria podríamos decir que es la voluntad de Dios hecha mujer. Viuda y madre de cinco hijos, todos independientes y con vida propia, afirma que lo que más valora es su libertad. Y esa libertad la gasta en cuidar de los suyos y en multiplicarse para llegar a todos los que también considera suyos: los necesitados.

Hablando de su vida y de su familia, narrando anécdotas y experiencias, hay una palabra que salpica todo el relato, como un eje en el que todo converge, del que todo se expande: Dios. La voluntad de Dios, el amor de Dios, la confianza en Dios, su providencia, lo que Dios quiere, lo que le ofrezco a Dios, trabajar para Dios…

Amparín nació de una familia de agricultores en Vilamarxant. Su madre, muy piadosa, y su padre, avanzado en ideas para su época, imprimieron en ella  un carácter lúcido y maduro desde bien temprano.

De muy pequeña ya tenía un gusto especial por las cosas de Dios. Con trece años leía a diario, en latín, las lecturas en misa y su significado en castellano. Comunión diaria por la mañana. Por la noche visita al Santísimo: Señor, aumenta nuestra fe. Y recuerda a un moribundo que la hace llamar y cogiéndole las manos le dice:

– Amparin, cuánto me has hecho sentir la Misa.

A los catorce años gana una beca, para pasar un mes de vacaciones en Barcelona, en un concurso de catequesis por responder, mejor que nadie, qué quiere decir: “los perseguidos por causa de la justicia”.

En el tren conoce a una chica, providencia de Dios, un año mayor que ella que le dice:

– ¿Te gusta leer?

Y le deja “Las glorias de María”. Dice Amparín que se le abrió el corazón de tal manera, que fue un impacto que la estremeció y que la llevó a afianzar su dedicación a “las cosas de Dios”. Dirigida por Dios, que le salía al encuentro por todas partes, mantuvo con esta chica y con otra que conoció en un nuevo concurso de catequesis una relación por escrito, durante años, que la hizo compartir  e intercambiar con ellas su vida espiritual.

Delegada de catequesis, de benjamines de Acción Católica y encargada de cobrar las cuotas en Cáritas.

Y empezamos a pensar en los chicos. Era ella muy “arriscadita”. Recuerda los cursillos de cristiandad con la iglesia abarrotada de gente. Y con sonrisa pícara dice que contaba cuarenta y pico de chicas y veintisiete chicos… con lo que tenía donde escoger. ¡Ay, la edad del pavo! “Era muy viva, pero era bien”. Y llega él, Paco, educado, prudente, muy trabajador, muy religioso. Delegado de catequesis y de aspirantes a Acción Católica. Y le dice a Dios en la intimidad del Sagrario:

– Señor, para hacer un matrimonio como tú quieres, este chico es el conveniente. Pero Tú haz lo que quieras.

Y al Señor le debió parecer muy conveniente porque al día siguiente Paco se declara. Amparín, que lo estaba deseando, por amor propio, le dice que lo pensará… unos días. Cuatro años de noviazgo y con, veintidós años ella, se casan.

Llega la primera niña, Amparo, y tiene que disminuir su actividad, pero no le impide, con la pequeña en el tacatac, ir a Cáritas a hacer el reparto de aquella leche americana y de queso.

Después van llegando Conchi, Juan y Rafa y la casa la van apañando a cada nueva necesidad. Tejado apuntalado, goteras. El comedor dividido para sacar una nueva habitación. Y las cosas de Dios siempre ahí, en su vida, en la crianza de los niños y en su educación. Se las arreglan y sacan tiempo para estar presentes en la vida parroquial

Ya son cuatro los niños y la economía familiar está muy ajustada, incluso hay gente del pueblo que le tiene lástima, y deciden no ampliar la familia, pero leyendo un texto de Jesús Urteaga tropieza con una reflexión: “Lo que no existe, nada es, pero lo que pudiendo existir no existe, no puede dar gloria a Dios”.

No dejaba de repetírselo y un día, en la despensa, cae de rodillas y dice:

– Señor, ¿por qué me has puesto esto en la cabeza? Tú sabes mi situación económica. O me quitas este pensamiento o me ayudas. Podemos abrir las manos a Ti, pero ayúdanos.

Abren las manos al Señor, viene en camino David, su último hijo, y, providencia de Dios, les ofrecen comprarles  un campo a muy buen precio.

Nueva casa, educación de los niños en colegio religioso, buen ambiente en la familia, dedicación a la parroquia y a Cáritas y cuando todo marchaba sobre ruedas un mazazo terrible. Con cincuenta y un años, hace treinta, Paco muere de repente.

– ¡Dios mío!

Un miedo terrible a la muerte. Si a ella le pasa lo mismo, sus hijos se quedan sin nadie. Se levantaba por las noches y les tocaba los pies a los chicos. La mayor tenía veinte años y el pequeño doce.

– Señor, ¿qué has hecho conmigo? Tú no me has tenido lástima a mí. Me das una carga con la que yo no puedo.

Esa fue su queja. La familia y la parroquia le ofrecieron su ayuda y la Providencia, de nuevo, hizo el resto. Una deuda, de herencia, le fue pagada íntegra y Juan, que había acabado automoción, encuentra trabajo.

Un llorar sin consuelo se transforma en un llorar mirando a Dios y viéndole en todas las personas que le dicen:

– Aquí estoy yo, aquí estoy yo.

Y sus hijos no le han costado dinero, dice. Todos buenos estudiantes, todos con becas, todos a la universidad y como todos tienen muy arraigado el sentido de la humanidad, sus trabajos están relacionados con la enseñanza y con el trabajo social.

Han pasado los años y Amparín vive tan intensamente como cuando era una niña.

Su casa, ahora que además de hijos y nietos tiene yernos y nueras, dice que es la ONU porque unos rezan de una manera, otros de otra, otros ni lo hacen, conviven diferentes nacionalidades…

Libre como los pájaros acude a hijos y nietos. Misa diaria, pastoral de la salud, ministra extraordinaria de la Comunión, servicio de acogida en Cáritas. No pierde ocasión para seguir formándose y su mirada, profunda y larga, desea alcanzar la necesidad en aquellos que acuden en busca de ayuda. En ellos ve la imagen de Dios. “Bajo la mano del pobre está la mano de Jesús”. Le duelen, sobre todo, los pobres cronificados a los que ve como víctimas de unas circunstancias que no han elegido. Una pobreza mental que les arrastra a la pobreza económica, social, moral…

Y después de esta charla con Amparín, “arriscà” en el trato y aguda en sus observaciones, parece que se camina más ligero, con más alegría, que se siente la necesidad de elevar los ojos al cielo y decir: ¡Dios mío, vaya mujer!

Mª José Varea
Voluntaria

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