Pobre niña

Pobre niña


Al verla le vinieron muchas cosas a la cabeza: Jesús de Nazaret y su misericordia para con los últimos de la sociedad; lo que tanto habían escuchado en las formaciones de Cáritas sobre la trasmisión intergeneracional de la pobreza y la propia experiencia en el trato con familias en las que se junta la falta de formación, la dificultad en encontrar trabajo y los escasos recursos económicos que las abocan a una convivencia difícil y a una necesidad de ganarse la vida  como sea.

Pobre niña. ¿Qué oportunidades habrá tenido para no estar en la periferia de la vida?

Apareció un día en una calle muy transitada de Campanar. Sentada sobre una vieja manta, la acompañaban dos perros, un cartel que decía “tengo que dar de comer a mi hija” y un bote de hojalata.

Su extrema delgadez y su cara de aflicción obligaban a fijarse en ella.

Pobre niña. ¿Qué dificultades habrá vivido su familia para encontrarse en este estado?

La veía casi a diario y se le encogía el corazón. No tendría ni veinte años y su futuro no alcanzaba más allá de la vieja manta. ¿Con quién contaría para que la ayudara a salir del hondo pozo al que la vida la había empujado?

Pobre niña.

En un pronto, una mañana, se inclina hacia ella y le dice:

– ¿Cómo puede ser que una chica tan bonica como tú se encuentre así?

La pobre niña se sorprendió de la intromisión y balbuceante e insegura le habló de la hija, de su familia que no la quería, de que no podía encontrar trabajo por la niña…

Pobre niña. En la edad de tener proyectos, sueños e ilusiones, ¿qué soñará ella?

– ¿Quieres contarme tu historia y la ponemos en una revista de Cáritas? A lo mejor encontramos a alguien que te pueda echar una mano, le dijo ella.

– Vale, contestó la niña y quedaron que volvería otro día, con más tiempo.

Volvió otro día, se saludaron y ella tomó asiento a su lado, dispuesta a escuchar.

– Es que no quiero decir nada si no está mi pareja, que después se enfada. Viene enseguida que ha ido a comprar “unas cosas”.

– Pues le esperamos.

Se puso a dar conversación a la niña e intentar, con delicadeza, tirarle de la lengua.

Volvió a hablar de lo mismo, de su familia que no la quería, del cuidado de su niña que no la dejaba ganarse la vida… En un momento cambió su expresión lastimera y con una mirada astuta le dice:

– Pero mi vida vale dinero…

Pobre niña. La vida, injustamente, la ha dotado de esa mirada de supervivencia. La vida le ha arrebatado la mirada juvenil, la mirada curiosa, impetuosa y apasionada que le corresponde.

Ella, sintiendo compasión, le contesta:

– Pues claro que tu vida vale mucho, mucho. Como la de cada persona y, sobre todo, la de la gente tan joven como tú…

Se despidió y se marchó. Atrás quedó la pobre niña, con los perros, la manta y el cartel, esperando a su compañero.

¿De qué estaría llena esa vida apenas estrenada? ¿Dónde guardaría los abrazos de una madre, el calor de un hogar o los juegos de colegio? ¿O es que no hubo ni abrazos, ni hogar, ni otros niños con los que jugar?

¿Quién vela por tantos niños y niñas que crecen en un frío y cruel desamparo y tienen que mendigar como la menos mala de sus opciones, sin futuro y en manos, tantas veces, de desaprensivos que las utilizan como mercancía?

Mª José Varea
Voluntaria

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