Tierra Santa

Tierra Santa


Fue Olbier Hernandez, delegado diocesano de Migraciones, quien hacía la homilía del evangelio de aquel agricultor que preparó una preciosa viña y envió a trabajadores a que la cuidasen. Quisieron estos trabajadores quedarse con la  viña y apalearon a los criados que el dueño mandó para cobrar lo que le correspondía. Y hasta mataron al hijo a quien mandó como último recurso.

Pues decía Olvier que los que estamos dispuestos a trabajar la viña que se nos ha confiado y a entregar buenos frutos a su dueño, tenemos que pasar por ser discípulos, apóstoles y, sí o sí, testigos, ¿Y qué hacer para ser testigos? ¿Para alcanzar ese grado de compromiso? Fácil. Estar abiertos a toda persona, sobre todo a las más necesitadas de apoyo. En la familia, en la parroquia, en la sociedad, en cualquier punto del mundo donde haya necesidad. Y hablar bien de nuestra gente, de nuestro vecindario, de nuestras amistades. De las desconocidas, de las que vienen a nosotros huyendo de dramas humanos. Siempre una mano y siempre una buena palabra.

Esta facilidad la tiene la familia de Lyad Qumsieh que decidió salir de su Belén natal para procurar a sus tres hijos un futuro a salvo de la guerra y que no ha olvidado su Tierra Santa,  su gente y los graves problemas para conseguir la paz, para estabilizar el trabajo  y para evitar la emigración, sobre todo de los jóvenes.

Lyad y su hijo adolescente, Faris, recorren nuestras parroquias poniendo a la venta objetos de artesanía elaborados con madera de olivo para ayudar, desde fuera, al desarrollo económico de las familias cristianas en Palestina.

Faris es el mayor de los tres hermanos y habla mucho mejor el español que su padre. Cuenta que su madre tenía la doble nacionalidad y por eso no encontraron dificultades para venir a Valencia. Tuvieron suerte y pudieron quedarse con el traspaso de un bar que les permite vivir con normalidad. El poco tiempo libre del que disponen lo dedican con verdadero tesón a vender esos rosarios, cruces y belenes bellamente tallados, porque así siguen formando parte de esta tierra que vio nacer a Jesús, que empapó las lágrimas y la sangre de este Hijo del Agricultor de la vida.

Faris, como sus padres, ha tenido mucha suerte porque ha encontrado en el colegio y en el instituto compañeros que le están ayudando mucho, sobre todo con el idioma, por eso lo habla tan bien. A la pregunta de si les gustaría volver a Belén, se miran padre e hijo, sonríen con nostalgia y dice Faris que sí, que les gustaría que se arreglaran las cosas para volver, porque allí están los suyos, los abuelos, los primos y los amigos.

Tierra Santa aquí porque les ha acogido y Tierra Santa allí donde es inimaginable pensarla sin cristianos, sin discípulos, apóstoles y testigos del Evangelio que allí se fraguó a golpe de amor y de cruz para la salvación de los hombres.

Mª José Varea
Voluntaria

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