Un cuento de verano

Un cuento de verano


Es un cuento de verano porque el verano, en los pueblos pequeños, es especial para las personas mayores. Tarde y noche salen a la puerta de la calle a “tomar el fresco”, a hablar de sus cosas, a recordar otros tiempos, a criticar modernidades y a reírse mucho. Es una terapia, una muy buena terapia porque en invierno están mucho más solas, en casa casi todo el día.

Una con una silla de ruedas y otras dos con andador se juntan desde hace muchos años y sienten que la amistad, en esas tardes y noches, unas veces frescas y otras no tanto, se vuelve traviesa, juguetona y nostálgica. Los tiempos de sus recuerdos eran mucho mejor que los de ahora en los que cada uno va a lo suyo y siempre con prisas.

El curita joven que ha llegado al pueblo es un enamorado de la vida y de las personas. No deja a nadie por saludar, por conocer, nadie a quien ofrecer su sonrisa y su calidez humana.

Ellas estaban ese sábado, como cada tarde, arregladas, viendo pasar a la gente y charlando. Se acercó John, que así se llama el curita joven, y les dice:

– Buenas tardes, señoras. ¿Ya preparadas para ir a misa?

– ¡Qué va! – contesta la Irene-. No podemos andar y la vemos los domingos en la tele.

– Pero, ¿ustedes quieren ir?

– Hemos ido siempre y ahora aquí estamos, atadas a la silla.

– Esperen un momento que ahora vuelvo.

Se aleja John a paso ligero y a los diez minutos está de vuelta con su coche.

Avisa a la dueña de la casa de que se las lleva a las tres a la iglesia. Con cuidado las sube al coche, monta silla de ruedas y andadores en el capó y ¡a misa!

Cuando acabó la Eucaristía ya estaban esperándolas los familiares para llevarlas a casa.

Desde ese sábado, dos de ellas no han vuelto a faltar a la misa. Siempre ha habido un familiar dispuesto a subirlas.

¿Qué ha cambiado? ¿No se atrevían estas dos ancianas a pedirlo por no molestar? ¿Han sido los hijos que han visto en el gesto del curita joven lo que ellos podían haber hecho, con poco esfuerzo, por una madre privada de movilidad pero añorando la cercanía con la Eucaristía?

¿Habrá sido el amor al prójimo de un joven desconocido dedicado a Dios que ha alcanzado el alma de los hijos que ocupados en tareas y preocupaciones no ven en la madre a la madre que veían cuando eran niños y que hubieran dado la vida por ella?

Es un cuento de verano, pero es un cuento que habla de amor. De amor olvidado, de amor que late al lado de cada persona, de amor que respira a Dios. Y ¿qué es el amor sino un regalo? Pues hoy, tan cerca del día de Reyes, en que se cruzan los regalos más deseados entre familiares y amigos, puede tener cabida este cuento de verano que habla de amor.

Mª José Varea
Voluntaria

 

Hay 1 comentario

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  1. Maria Nieves

    Que bonito. Es verdad, son detalles que muchas veces se nos escapan. Hay que estar con ojos abiertos y con el corazón… palpitando. Saber adivinar. Gracias

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