Un jueves de formación: acompañar en el sufrimiento

Un jueves de formación: acompañar en el sufrimiento


Esta entrada se enmarca dentro de las dedicadas a resumir algunas sesiones de los #JuevesDeFormación Más información de estas sesiones aquí.

No es una tarea fácil acompañar a una persona que sufre. Hay muchas barreras que impiden un acercamiento útil y beneficioso para el acompañado. Desde el pudor a acercarse, de verdad, a los sentimientos del otro, a las expectativas que el otro tiene de esa ayuda, obligan a aprender a hacerlo, a entender las claves de un encuentro con el ser humano que sufre. Este #JuevesDeFormación ha estado destinado a dar luz, a apuntar claves o, como ha dicho Darío Mollá, a dar pistas para que ese acompañamiento haga todo el bien que pretende.

Darío Mollá, jesuita y teólogo, nos muestra una reflexión personal, basada en la propia experiencia y desde un planteamiento ignaciano, del acompañamiento en el sufrimiento. Darío convive, en un piso de la Pastoral Penitenciaria, junto a otros dos jesuitas, con seis personas que están en régimen de semilibertad penitenciaria. Hablamos de un acompañamiento con mayúsculas (él dice que intentan acompañar), de una convivencia diaria a lo largo del tiempo, que debe producir sentimientos encontrados, superados en muchos casos solo por la experiencia personal de Dios.

Empieza Darío con una pregunta: ¿Cómo ayudar a las personas que acompañamos en sus momentos de sufrimiento? Apoyando, desde un papel subsidiario, a que la otra persona haga su propio proceso, que asuma su situación de sufrimiento y llegue a hacerse cargo de su vida y decidir su camino y, si es creyente, a un encuentro nuevo con Dios.

Hablamos de sufrimiento no en situación de duelo o extremo, sino más cotidiano, un sufrimiento de otra naturaleza que el producido por las grandes pérdidas.

Acompañamos, no el sufrimiento sino a las personas, a la manera en que viven su sufrimiento, que es distinto en cada persona y teniendo en cuenta que siempre, una situación de sufrimiento es una situación de debilidad.

La persona que sufre debe ser la protagonista; asumiendo y afrontando su sufrimiento, no puede hacer dejación de sus responsabilidades. Del  acompañante no se esperan ni recetas ni soluciones, sino ayuda y orientación.

 

 ¿Qué tiene que hacer el que quiere ayudar?

  1. Escuchar (hacerse cargo) con los cinco sentidos, mantenerlos abiertos, con respeto, con paciencia, con discreción. No es poner oído, porque las personas nos expresamos de muchas formas y el fuerte de las personas a las que acompañamos no es la facilidad para expresar su manera de sufrir. Hay que ser muy finos en la escucha, estar atentos a la mirada, al gesto, la postura, la expresión que acompaña cada palabra. Podríamos decir que se trata de una escucha contemplativa.
  2. Ayudar a abrir los ojos. El que sufre muestra un doble discurso tramposo y engañoso. Es el discurso del “nada” y del “nadie”. “No hay nada que hacer”. ”Nadie me puede ayudar”. Hay que romper ese discurso y ayudar a que abra los ojos, que mire su propia historia, que recuerde  las dificultades superadas, los sufrimientos que le han hecho madurar y ser lo que es, las personas que estuvieron yu están a su lado. El sufrimiento enmascara las posibilidades de hacer frente a lo que hace sufrir.
  3. Ayudar a discernir el sufrimiento. Ayudar a captar lo que ese sufrimiento está diciendo. Cuál es su sentido. “El sufrimiento no es mudo”. Nos habla de cómo hemos vivido el pasado, cómo afrontamos el presente y cómo habría que plantear el futuro. Es importante aprender del sufrimiento.

Sigue Darío hablando de las actitudes de quien acompaña: acercarse, porque “solo de cerca se escuchan los latidos del corazón” de otra persona, abajarse, renunciar a uno mismo, hacerse débil como el más débil, asumir la impotencia cuando se pone todo en juego para ayudar y no se obtienen frutos, mucho esfuerzo para un resultado aparentemente baldío. Cuando más importa que el acompañamiento sea ayuda para el otro, más duele el fracaso. También se siente la impotencia cuando se ve que se puede hacer algo, pero sabes que no lo tienes que hacer porque es la otra persona la que tiene que hacerlo.

Darío Mollá, sj en su charla en Cáritas Diocesana.

Darío Mollá sj, en su charla en Cáritas Diocesana.

Después, por grupos, reflexionamos sobre las palabras de Mollá y expresamos las dificultades en nuestro acompañamiento. Hacemos una puesta en común y él comenta nuestras aportaciones.

– Debemos pararnos a reflexionar qué hacemos cuando acompañamos, cómo sostener la impotencia, no dejarse llevar por el corazón.

Darío Mollá: La impotencia tiene que ver con lo que creemos de nosotros mismos. Cuanta menos importancia nos demos a nosotros mismos, mejor. El sufrimiento del otro nos coloca en una posición de superioridad. Debemos hacer un esfuerzo para no dejarnos llevar por la impaciencia.

– Una buena herramienta: el sufrimiento no es mudo. El discurso del “nada” también lo tiene el que acompaña.

D. M.: Nada, nunca es nada, nunca es verdad. Ponemos unas expectativas inadecuadas y tenemos prisa en ver resultados. “Si quieres llegar pronto, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado”.

– ¿Cómo voy a acompañar si yo no me acompaño a mí mismo?

D. M.: Es difícil hacerse cargo de que otro sufre. Hay que ser muy humilde. Hay que centrarse más en cómo sufre una persona que en el sufrimiento mismo. Si yo hubiera pasado por las circunstancias que han pasado muchos de los que viven conmigo, yo no hubiera aguantado. Es un misterio grande. Desconocemos a dónde llega la capacidad de las personas y qué les da fuerzas.

– Una dificultad grande a veces son los objetivos que hay que cumplir, que no se equilibran con los ritmos y los procesos de las personas…

D. M.: Sí, hay que cumplir unos objetivos, pero no hay que ser víctima de ellos. Es tema de discernimiento cómo nos situamos en esa tensión. Es difícil. Escuchar los latidos requiere un tiempo que se nos escapa. Se necesita fortaleza y humildad. La humildad nos hace fuertes.

– Una dificultad en el acompañamiento puede ser el pudor que sentimos al no vernos en el mismo plano o el que se nos considere meros dispensadores de recursos y eso contamina la relación.

D. M.: Lo que me pueden echar en cara es que lo que tengo no lo ponga a su servicio. Ayudar es responder a las necesidades del otro. Ayudar es hacer lo que el otro necesita, no lo que yo quiero.

– Algunas acompañamos a voluntariado y vemos que, por urgencia o por impotencia, se quedan en la ayuda material.

D. M.: El propio sufrimiento puede condicionar cómo acompañar. Salir del propio amor, querer e interés, para asumir la dureza de caminar con el que sufre es abrir al que sufre el portillo de la esperanza. Porque la llave para abrir esa puerta que parece que el sufrimiento cierra a cal y canto no es otra que experimentar que, pese a todo, hay personas a las que no les importa compartir el camino contigo en tu sufrimiento. Y no hacen falta ni palabras ni varitas mágicas. Basta, sencillamente, sentirse acompañado.

Hermosa lección.

Mª José Varea
Voluntaria

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