Una casa para María

Una casa para María


María está aterrada. En unos días va al juzgado porque el banco propietario de la vivienda que ocupan, ella y Jero, les han denunciado. Dice que ha metido sus cosas en unas bolsas y ya las tiene preparadas en la escalera.

– ¡Yo no voy a vivir en la calle! ¡No voy a vivir en la calle!

– Ya te he dicho que no llores, Mari. Tú no vas a vivir en la calle, —le dice Jero.

María a sus treinta años sólo tiene a Jero que la lleva de casa en casa, todas propiedad de un banco, sin muebles, con el poco dinero que él consigue o con lo que les dan en Cáritas.

Desvalida y delicada, su delgadez, los problemas en los ojos y en la boca que no cuida, no la ayudan a encontrar un trabajo que ya ni busca.

Seguir a Jero le supuso perder a su familia porque la tradición y la costumbres no admiten una relación así.

Su vida es Jero, su futuro, su horizonte, su amor.

En Cáritas les conocen muy bien y les ayudan como pueden. Le dan a María afecto, algo de comida y le pagan alguna receta en la farmacia. Han intentado ofrecerles otras alternativas pero Jero es un espíritu libre al que le gusta la vida que lleva.

Jero le promete una nueva casa. Ya sabe María lo poco que le cuesta a él abrir una cerradura.

María podría volver con sus padres, pero sin Jero. Y él la anima a marcharse. Viviría mejor y la cuidarían.

¡Ay! María no quiere ni oír hablar de esa separación. Ella sabe que ese sería el fin de su relación. Y ella le seguirá a donde él la quiera llevar.

– A la calle no.

María se da cuenta de que la calle la lleva en el alma porque ser compañera de vida de este chico de su misma edad, es frío y noche oscura, es hambre y es soledad, pero esa calle y no la otra es la que ella elige por amor.

Los de Cáritas saben que lo único que pueden hacer por ella es escucharla, acogerla, intentar que vaya al médico y que se alimente.

Los de Cáritas sienten compasión de madre, les duele que el amor de María sea tan incondicional que sea capaz de acabar con ella y están atentos a que encuentre en ellos, al menos, el calor de una familia.

Mª José Varea

Voluntaria

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