Una cura de belleza

Una cura de belleza


No era su objetivo, pero salió de allí con la belleza atrapada en el alma. Revestida toda ella de luz y alegría, sentía necesidad de aspirar el olor de la vida, de sonreír a cuantos se cruzaban en su camino, de admirar los mil colores de la calle, porque había visto de cerca la belleza, la verdadera belleza.

Acudía a la residencia de mayores a una cita. Iba con tiempo para no llegar tarde y aprovechó para incorporarse a la celebración de la Palabra que en ese momento tenía lugar. Un gran círculo de sillas de ruedas, o también podríamos decir tronos, con miradas, ausentes unas y muy atentas otras. Celebraba un voluntario, Jaime, y no hablaba a personas sujetas a la enfermedad o a la vejez. Sus palabras, pausadas y armoniosas, iban dirigidas a seres humanos, repletos de vida vivida, de dignidad, de ganas de ser alguien y que alguien les tenga en cuenta, que vele por ellos.

Mientras esperaba que la hermana Teresa retirara los ornamentos utilizados, aprovechó para ver a Juanita y Ceferino. Juanita con su mirada asombrada se dejó besar y Ceferino la abrazó con inmensa alegría. El saludo de Jose, ya como viejos amigos, el interés amable y alegre de la hermana Mª Carmen, el ir y venir de los trabajadores y, por fin, la charla con la hermana Teresa le mostraron la sencillez y la grandeza de unas vidas entregadas a dar cariño y cuidado a enfermos  y ancianos.

Sencillez y grandeza, amor a Dios, voluntad de servicio, comprensión por los demás, entrega y olvido de sí mismo es lo que vio en esa residencia para mayores y sintió que allí se encontraba un tesoro que es muy difícil hallar en el mundo de fuera, el del culto al cuerpo, el de disfrazar el paso del tiempo, el de buscar el atractivo físico como un fin.

Mª José Varea
Voluntaria

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  1. Beatriz

    Me encanta la maravillosa comparacion que has elegido de llamar a los ancianos y aprovecho para felicitar a esas personas entregadas a su servicio.

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