Una historia sorprendente

Una historia sorprendente


A lo largo de este mes de agosto, compartimos con nuestros lectores las entradas que más han gustado de todo el año. ¡Buen verano!

– ¿Cómo te llamas?

– Rosario

Su voz suena cantarina y un tanto ingenua, pero Rosario es una mujer bregada, con un físico imponente. Sobre cuarenta años, coleta de caballo cana, indumentaria de variado colorido y un embarazo pronto a finalizar. Rebosa vitalidad por los cuatro costados y filosofía de buen vivir. Rosario es una gitana de pura raza, de firmes convicciones y apasionada de sus costumbres.

La conocí en una reunión de una Cáritas Parroquial. Y me quedé prendada de ella, de su carisma, de esa alegría confiada que  desprendía conforme iba contando sus experiencias, y de la seguridad,  del amor y la  ternura que le inspira su familia. Sus compañeras de grupo la miraban también embobadas, pendientes de sus palabras, queriendo hacer suya, seguro, esa fortaleza y ese convivir con la precariedad sin perder un ápice de ilusión y de buenas formas.

“Mis hijos ven a su padre como un hombre muy trabajador, que está muy encima de ellos para que vayan por el buen camino… ¿Discutir? Discutimos, discutimos, pero a solas… Yo digo: el papa tiene razón, escucha… Papa, puedo hacer esto… puedo ir aquí o allá… Somos muy antiguos, pero es por el bien de ellos… Llevamos toda la vida juntos… Nosotros les explicamos todo lo que no les dejamos hacer para que lo entiendan… No ves que te puede pasar esto… Cogen rabietas, claro, porque ellos no saben de la vida, pero se les pasa…Yo veo otros chicos que no llevan la misma carrera que los míos, que van a la nueva vida que se lleva ahora… Los míos lloran ahora, pero lo que yo les digo, hay que ponerlos en recto… porque para llorar yo después, llorad vosotros ahora… ahora que están a tiempo de llorar… cuando salgan de mi casa no sé la estrella que llevarán, pero mientras estén bajo mi techo tienen que hacer lo que está bien… el estudio, el orden y el respeto… de mi casa salen con una responsabilidad… para las gitanas la virginidad es un sagrado… no me importa que se casen con un payo o con quien quieran… lo hablamos con las familias y ya está… pero tienen que llegar vírgenes… no las dejamos sueltas, no las asustamos, pero ellas lo tienen claro… Otros chicos, que se beben una botella de vino, que se fuman un porro… y las madres dicen: déjalos, pobrecicos, ya llevan 15 o 16 años… y yo digo que eso es una pena, que es quitarles la vida… y yo, gracias a Dios y que El me asista, seré así mientras viva y su padre igual…”.

Rosario está esperando su noveno hijo, una niña que se llamará Sara. Las hijas mayores, con la ayuda de las compañeras de Cáritas, se encargan de preparar  la ropita y todo lo necesario. Viven en un piso de 60 m2. Once personas. El hijo  mayor se casó, no podían pagar un alquiler y se quedaron a vivir con la familia. Las hermanas dejaron la habitación para el nuevo matrimonio y ellas se llevaron los colchones al comedor. “Eso sí, en cuanto se levantan todos los colchones recogidos y arrimados a la pared. Se ayudan mucho entre ellas y la cuñada es como una más… Mis hijas no dicen: pues si no duermo en mi cama o si no tengo mi colcha me enfado… ellas están contentas y se ríen mucho. No se pelean entre ellas…”.

Esta mujer, Rosario, mal vestida, mal calzada, sin cuidados ni en la cara ni en el pelo, probablemente tirando de mucha imaginación para dar de comer  a su prole, posee, quizás sin saberlo, el tesoro más  envidiable: una familia. Su hogar no es confortable, no tiene lujos, ni siquiera comodidades; no está preservada la intimidad de cada uno de ellos, no hay excesivo silencio a la hora de descansar, pero son UNA FAMILIA.

Mª José Varea
Voluntaria

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