Una joven voluntaria en Manantial

Una joven voluntaria en Manantial


Entre las experiencias de nuestro voluntariado, hoy podemos leer el de Selena, voluntaria de Centro de Día Manantial.

Aún recuerdo aquel día en el que pisé Manantial por primera vez.

Nos recibió Rosa a mis compañeros y a mí, me sentí cómoda desde el primer instante. Desde que me ofrecieron la oportunidad de pasar unos días con ellos ya tenía las ideas claras, sabía que me iba a quedar y eso que aún no había llegado lo mejor.

Recuerdo aquel jueves en el que llegué por primera vez a probar la experiencia, era un día corriente, lo único que cambiaba era la emoción que sentía por llegar. Toqué a la puerta y lo primero que vi fue una gran sonrisa: todos me recibieron de una manera tan cálida y acogedora, no había que pasar mucho tiempo más allí para darse cuenta de que eran grandes personas.

No dejaba de mirar el reloj: las 16:30, 16:45 y se hicieron las 17:00. Abrieron la puerta y pequeños terremotos entraban con ilusión. Estaba claro que Manantial les daba algo, aparte de juegos y actividades divertidas. No hay que olvidar la educación, a pesar de que les enseñen, les riñan de vez en cuando y les obliguen a hacer deberes, algo que aun niño no le suele gustar, no hubo día que no les viera entrar con una sonrisa de oreja a oreja, dando gritos de alegría y abrazos a sus profesores. No habíamos comenzado y Manantial ya me trasmitía alegría y paz.

Ese día, todos y cada uno de los niños me embelesaron son sus caritas risueñas, con sus miradas inocentes, con cada unas de sus frases, cada cual más burra y divertida, no sabías por donde te iban a venir. Aquel día fue el primer día que me llamaban profe, y se me quedó bastante grabado, esas voces angelicales

Selena, voluntaria en Manantial.

Selena, voluntaria en Manantial.

y esas caritas de diablillos, te enamoran.

Se hicieron las 20:00 y salí de ahí con ganas de llegar a casa y contar mi experiencia, con ganas de que llegara la semana siguiente para volver, no dejaba de pensar cosas de aquel día y sonreír yo sola por la calle.

Manantial está para ayudar y apoyar a los niños, pero sin darnos cuenta, nos dan tantísimo a los mayores. Te olvidas de todo lo que te rodea, te da felicidad, es lo más parecido a la familia. Todo es dulzura, ternura. Es verdad que las cosas materiales a veces te llenan un poquito y te hacen algo feliz pero eso se puede perder, romper, deteriorar. Si sabes apreciar las verdaderas cosas de la vida, esta es tu experiencia, porque puede ser que suene a tópico, pero es verdad que ni el dinero ni lo material da la felicidad. Manantial te hace sonreír desde el corazón. Manantial perdura en todos los que pasamos por allí.

Actualmente me encuentro en una situación en que no puedo ir y extraño tantísimo llegar a casa y desear ver a los niños, a los colaboradores y todas esas grandes personas que consiguen que todo aquello funcione día a día. Añoro aportar todo lo que esté en mis manos, dando el 100 por cien de mí, cuidar, enseñar y a la vez aprender. Es un lugar que por mucho que des, no te agota, porque lo que recibes a cambio siempre será muchísimo más.

No es el primer voluntariado que he realizado, tampoco el único que me he planteado y he buscado para que me llenara, pero es que Manantial me encontró a mí. Llegó sin darme cuenta, por cosas del colegio y fue la mejor casualidad que ha pasado por mi vida.

Gracias a todas las personas que conseguís que esto funcione.

Selena
Voluntaria

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