Valentín

Valentín


La cárcel no se daba cuenta de su condición de prisión. Su vida transcurría entre otros edificios muy parecidos a ella. También altos rascacielos, elegantes e inaccesibles, otras casas, sencillas y humildes unas, descuidadas otras, abandonadas o medio derruidas, componían un espacio de relaciones a veces complicadas y a veces tranquilas y placenteras.

La cárcel cuidaba mucho todo lo que la hiciera cumplir a la perfección con su misión. Tenía una obligación muy importante y se esforzaba en no cometer fallos. Era una edificación muy especial, arquitectura inteligente, porque ni las ventanas llevaban barrotes ni las puertas permanecían cerradas.

A la cárcel le gustaba mucho tratarse con las construcciones que tenía a su alrededor y, a veces, consolidaba muy buenas amistades.

A la cárcel se le había asignado una única prisionera de la que era responsable. De ella, de la cárcel, dependía su cuidado, su bienestar e, incluso, su estabilidad emocional.

La prisionera, como el resto de prisioneras que vivían en los otros edificios, también era muy especial porque podía abrir las ventanas cuantas veces quisiera, entrar o salir por esas puertas que no tenían cerraduras y trabar amistad con quien deseara.

La cárcel era muy exigente en su deber de cuidar de la inquilina. Se pasaba el día dándole recomendaciones porque se creía en posesión de la verdad absoluta: que si tienes que pensar así; que si lleva mucho cuidado con lo que dices; que si no te debes juntar con tal o cual persona; que si no te van a valorar como hagas eso; que si…

La prisionera la creía y siempre le hacía caso. Tenía más experiencia que ella, más mundo y se preocupaba mucho por su bienestar. Solo que…

Solo que, a veces, solo a veces, no entendía por qué su bienestar dependía tanto del juicio de otras personas. En su interior notaba como un gusanillo que le ofrecía otros ojos para mirar el mundo y a las personas, para andar caminos por los que nunca había transitado, para dejarse guiar por su corazón.

 

El tiempo pasaba y cárcel y prisionera convivían en un equilibrio adecuado, confortable. Una creía que la suya era una buena vida, segura y tranquila. La otra ansiaba un no sabía qué, a lo mejor aquello que el gusanillo le susurraba.

Y ocurrió una mañana como otra cualquiera. Eso sí, una mañana de invierno y de sol. La prisionera paseaba con los auriculares puestos, escuchando música clásica. La locutora anunció una obra muy conocida, preciosa, y ya al sonar los primeros acordes sintió que las notas componían una historia de amor trascendente, se sintió amada y con capacidad inmensa de amar. Supo que sería,  era, lo que ella misma quisiera ser, sonreír y abrazar, escuchar y hablar como a ella le gustaba, ofreciendo afecto y alegría.

A partir de esa mañana de invierno y de sol la cárcel, que se dio cuenta de lo que pasaba, tuvo la certeza de que había estado muy equivocada y recordó a Valentín que hace muchos años le decía que le gustaría estar presente cuando ella se quitara el corsé del alma.

Valentín murió joven donando su cuerpo a la ciencia. Ella no olvidó nunca sus palabras y esa mañana de invierno y de sol en la que la prisionera quedó liberada de todas las cárceles del mundo, le sonrió a Valentín y le prometió que jamás volvería a ser prisión para nadie.

Mª José Varea
Voluntaria

 

 

 

 

 

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