Viernes Santo

Viernes Santo


Una inmensa cruz se alza en la cima del monte.

Los sacerdotes lo han llevado, las manos atadas con cuerdas, como un peligroso malhechor, ante Pilatos, acusándole con falsedades.

Le han clavado de manos y pies a golpe de martillo y hierro.

Los soldados lo han sacado a empujones. Se han burlado de él, le han escupido, le han azotado, le han colocado en la cabeza una corona trenzada con espinos, le han disfrazado con purpura roja rindiéndole pleitesía a carcajadas.

El cuerpo chorreando sangre, la cabeza rendida sobre un hombro y la respiración entrecortada.

Camino del calvario, sin poder con su cuerpo, arrastra a trompicones la pesada cruz. La gente se agolpa para ver el espectáculo.

Dice: “Tengo sed”.

Más burlas, más insultos: ¿No dice que es el Hijo de Dios? ¡Que baje de la cruz ahora para que le creamos!

Una negra nube cubre el cielo. Las tinieblas y el viento inhóspito ocultan la miseria de la gente, su injusticia, su crueldad.

Uno empapa una esponja en vinagre y prendida en una caña se lo da a beber.

No puede haber más ignominia, mayor ultraje a un hombre bueno, al Cordero de Dios.

¡Ay, qué terrible dolor! ¡Qué impotencia! Un grito desgarrado y expira. El velo del templo se abre en dos y el centurión que lo presencia todo ahora dice que verdaderamente era el Hijo de Dios.

Lo vio este hombre en la forma de morir y todas las gentes a las que ayudó, a las que dio esperanza, a las que sanó, a las que habló de una vida nueva,  no fueron capaces de verlo en su forma de vivir, en su manera desmedida de amar, de ocuparse y de preocuparse de los pobres y los débiles.

Su cuerpo pende, desmadejado, de la inmensa cruz. Es el Hijo de Dios, el Cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo. Es el que quita los pecados del mundo, de entonces y de ahora.

Mª José Varea
Voluntaria

 

Hay 1 comentario

Añade el tuyo