Viernes Santo

Viernes Santo


Ilustración de Félix Hernández Mariano, op.

Mirad atentamente la cruz: está salpicada de gotas de sangre. De la sangre del más bueno, del más inocente de los hombres. De la sangre  del Hijo de Dios.

Este madero, frío y oscuro, está empapado de las faltas, de las cobardías y de la tibieza de la humanidad. Gotea también de dolor por  los que sufren la injusticia, la codicia y la falta de compasión de otros hombres.

Resuenan las palabras de la muchedumbre: ¡crucifícalo!, ¡crucifícalo!   Son las mismas personas a las que Jesús había tendido la mano ofreciéndoles la sanación del cuerpo y el perdón de sus pecados.

¡Qué ingratitud! El desprecio, los insultos y las burlas son todo lo que sale de sus labios.  Y Él, aclamándose al Padre, sólo le dice: “Hágase tu voluntad…”.

Tenemos ante nosotros el gran misterio de nuestra fe: Dios crucificado. En quien todo lo puede, no hay ira, ni castigo por el extravío de los hombres. Sólo hay misericordia y sacrificio. Sólo perdón y brazos abiertos para que siempre podamos decir: “Me pondré en camino y volveré junto a mi Padre”.

Mª José Varea
Voluntaria

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