Vocación y lealtad para impulsar las ganas de vivir

Vocación y lealtad para impulsar las ganas de vivir


En la Jornada Mundial del Enfermo.

“Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 26-27).

Estas palabras, dichas por Jesús en la cruz, inspiran al papa Francisco el tema, en este 2018,  para la Jornada destinada a sensibilizar a la sociedad y a las instituciones sobre la necesidad de los enfermos, sufrimiento y vulnerabilidad unidos, de recibir por parte de todos nosotros y nosotras la mejor atención humana, afectiva, espiritual o sanitaria.

María y Juan, representan, al pie de la cruz, la maternidad y el servicio, la vocación y el amor, la entrega desinteresada, la humanidad y la Iglesia misma.

Teniendo esa imagen bien presente, Jesús clavado en la cruz y su madre y su amigo predilecto a los pies de la misma, sufriendo el mismo dolor que Él y acatando su última voluntad con una entrega mutua, nos vamos a acercar al lugar donde la enfermedad y el sufrimiento que genera son el centro de la vida de unas personas cuya dedicación, profesional o voluntaria, se identifica con la vocación y el amor desinteresado.

Este lugar es la residencia para mayores, sobre todo dependientes y con gran  dependiencia,  San Antonio de Benagéber. Por una parte, su director Jose Sancho Tello y por otra, un residente, Ceferino Romero nos contarán su vinculación con una vida que gira en torno a la atención y cuidado de los enfermos.

Jose Sancho Tello es psicólogo. Aun sin terminar la carrera, se orientó hacia la tercera edad, hacia tema de demencias seniles y Alzheimer, abarcando posteriormente toda la problemática de la tercera edad. En marzo hará trece años que ocupa el cargo de director en la residencia.

– Jose, esta es una cara de la realidad de la vida muy complicada de asumir.

– Es la cara enferma de las personas mayores. Nos hemos especializado en ello y es lo que nos gusta hacer, atender a las personas desfavorecidas por muchas razones y en este caso por cuestiones de salud. El centro tiene cerca de cuarenta años y es lo que hemos hecho siempre.

– ¿El trabajo continuado con personas mayores y tan enfermas, siendo tan duro, puede influir sobre el carácter de los profesionales que trabajáis en ello?

– De alguna manera, todos los que llegamos a este tipo de trabajo tenemos un componente vocacional y nos dedicamos a ello con verdadero interés.

– ¿Agobia en algún momento de la vida esta dependencia de la vocación?

– Yo creo que no. Nos vamos especializando desde la formación, haciendo masters, cursos, además de lo que vamos desarrollando en el trabajo, pero en lo personal todos tenemos intereses variados. Los que  estamos aquí ponemos en marcha nuestra vocación y somos y debemos ser, la parte activa, animadora, impulsora de ganas, de conexión con la vida que, a lo mejor, a muchos de los mayores les falta. Por eso no nos sentimos agobiados, nos sentimos con ese compromiso de aportar ese plus de ganas y de ilusión por vivir.

– ¿Hay también un componente de fe en vuestra forma de dedicación?

– Sí, claro que sí. Nosotros somos una fundación canónica, tenemos un compromiso de solidaridad con la persona que sufre y tenemos una visión trascendental, base del humanismo cristiano, de la que todos participamos y eso lo cuidamos en cada acto, en cada momento de relación. Siempre intentamos aportar algo a la persona que de alguna manera está desfavorecida, por soledad, por enfermedad o por pobreza.

– En los trece años que llevas en esta dirección, teniendo en cuenta la crisis que está viviendo la familia, ha habido un cambio en la forma de ingresar los ancianos aquí?   

– Nosotros vemos que cada vez hay más demanda, pero como se prioriza a las personas más enfermas, aquí llegan ancianos con una dependencia muy elevada, con enfermedades crónicas, invalidantes o demencias muy avanzadas.

– ¿Hay un desapego cada vez mayor hacia los ancianos por parte de la familia?

– Hay casos de desapego total, pero sí que vemos que la familia se va arreglando para atender a su familiar enfermo. Son familias activas en las que todos trabajan y sí que llega un momento que cuando tienen que ocupar su tiempo laboral en su cuidado, buscan ayuda a través de una residencia. Todos recordamos situaciones en las que viene la familia una vez al año de visita, o ancianos que no vienen para nada a verles, pero por lo general hay, una vez que están aquí, una continuidad en las visitas.

– Dinos, por tu cuenta,  algo que quieras trasmitir.

– Aquí estamos personas y llamamos para estar a personas que quieran atender a las que sufren. Desde el auxiliar, el que está en mantenimiento o el médico, la religiosa, el voluntario, todos plasmamos aquí nuestra vocación. Tenemos sesenta y ocho residentes y contamos con tres pilares fundamentales: cuarenta y tres trabajadores, un grupo de cinco religiosas, Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul y cerca de setenta personas voluntarias.

– ¿De qué se ocupa el voluntariado?

– Su función es estar con las personas ancianos, charlar con ellas, echarse una partida de parchís, dar una vuelta, traerle, ¡traerle!, vida, actividad, conversación, amistad. También colaboran en el comedor, incluso nos ayudan en cuestiones más técnicas. Aceptamos un voluntariado muy variado que nos da la vida, que nos ayuda a sostener la entidad.

Ceferino.

Ceferino.

Al otro lado se encuentra Ceferino Romero, un residente de 86 años que dice que su experiencia y su historia le enseñan a saber vivir. Dice que no es un héroe, pero que no se rinde. Vive para ayudar a vivir a su mujer, “su novieta de toda la vida” como él mismo la llama, postrada desde hace diez años en una silla de ruedas.

– Ceferino, ¿qué le pasó a su mujer?

– En marzo hará diez años le dio un ictus. Yo me la quise salvar y ¡lo que trabajé con ella! La llevé a los mejores médicos y todos los días a rehabilitación a L’Eliana. Un día, una vecina me pregunta si creía en Dios. Yo le dije que claro que sí y ella me dijo que me tenía ganado el cielo, porque veía lo que hacía con mi mujer. Reventé yo con dos hernias en la espalda, pero le dio otro “estacazo” y se me vino todo encima.

– ¿Cómo era su mujer antes del ictus?

– Juanita era ¡lo que era! (dice con admiración). Tenía una inteligencia y una cosa… muy activa, muy trabajadora. Ella siempre era su casa, su marido, sus hijos, pero se quedó con una minusvalía del ochenta por ciento, la pobrecita. Solicité ayuda porque molestaba mucho a los hijos y ellos trabajaban y eso no podía ser y sin saber hasta cuándo. Ellos se turnaban pero empecé a moverme y a los siete meses ya estábamos los dos juntos aquí.

– ¿Y aquí, qué hacen?

– Pues desde que llegué, estar siempre encima de ella. Siempre al tanto. Las chicas la cuidan y yo sé que me podía haber despegado un poco más,  pero ella se da cuenta de todo. Es increíble. En cuantito ve que me aparto, cuando vuelvo me echa la bronca sin hablar. Es que ha tenido siempre un genio…

– Pero, cómo se distrae usted? ¿Tiene amigos?

– Esto cada vez va a peor. Vienen muy apurados. Antes echábamos algo de partida y tal, pero han ido muriendo… Hay otro señor, el señor Juan, que está muy bien y tres o cuatro más que también y algunas mujeres. Una va a ser fallera mayor y a mí me han enganchado de presidente… y ahí estoy, escribiendo lo que voy a decir.

Vidas enganchadas a la vida, a las vidas. Y no solo para cubrir las necesidades que exige la enfermedad que las hace tan vulnerables, física y emocionalmente. Jose y Ceferino, vocación y lealtad entregadas a impulsar las ganas de vivir en quienes la debilidad de los años y la enfermedad la ven escapar de sus manos.     

Mª José Varea
Voluntaria

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