¡Ya estamos en fallas!

¡Ya estamos en fallas!


Pues ya estamos en fallas y empezar la fiesta centrando la mirada en los más vulnerables de la sociedad para, como dice el manifiesto de Cáritas para este año, invitar a todos a vivir entregados a este compromiso de mejorar sus vidas, es poner el rostro más humano y generoso al arte, la luz y el color que se derrocharán estos días en Valencia.

La plaza de Cisneros, estaba la mañana del pasado 7 de marzo, plena de gente para participar en el acto de la penjà de la falla de Cáritas Diocesana. Hablaba la falla de manos, de muchas manos. Manos que trabajan por “quienes están caídos en nuestro entorno”, manos que hacen falta para trabajar más y mejor, para sensibilizar, para denunciar, para comprometerse a mejorar el mundo.

Los globos de mil colores, inflados con el aliento de Cáritas, dispuestos para ofrecer una globotá que no pudo iniciarse según el protocolo porque ha primado la espontaneidad y el entusiasmo de los asistentes; la música, genuinamente valenciana, a cargo de tabalet y dolçaina; la horchata y los fartons tan de nuestra tierra –aportados por la ya clásica en este evento Horchatería Daniel, de Alboraya– han recibido a Rocio y Daniela, falleras mayores de este 2018 y a sus cortes de honor. Tambien a Amparo, presidenta, Ana Mª, fallera mayor y Martina, fallera mayor infantil de la falla vecina a nuestra sede de Serranos-Pl. de los Fueros.

La plaza, como nunca, repleta de personas voluntarias, participantes, personal contratado, miembors de fundaciones, amigos y vecinos, con televisiones locales para trasmitir el acto, ha escuchado las cálidas palabras de agradecimiento de Ignacio Grande, director de Cáritas Diocesana,  a las falleras mayores y sus cortes por hacer un hueco en sus agendas y tener una mirada sensible hacia las personas que atendemos. Decía Ignacio, con gran acierto, que las fallas obran un gran milagro: unir a personas de todas las clases. “Es  una fiesta de corazón, abierta, que, pese a las dificultades, es capaz de construir la alegría”.

El manifiesto, construido con el corazón y con el compromiso con la pobreza y la exclusión, hace visible la situación injusta en a que viven muchas personas, muchas familias y “que les provoca el sufrimiento del desamparo y la desesperanza, de sentir que no importan a nadie, que no tienen futuro”.

El compromiso de cuantas más personas, mejor, tiene el poder de renovar el mundo y por eso no podemos dejar pasar la oportunidad de unirnos a quienes tienen el empuje de trabajar incansables, con pasión y con imaginación, por un modelo de sociedad donde nadie sea excluido, donde cada persona en su dificultad tenga el apoyo necesario para vivir con dignidad.

Mª José Varea
Voluntaria

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