Yaya, ¿me escuchas?

Yaya, ¿me escuchas?


Haciendo pucheros y con la voz entrecortada por el sentimiento es lo que la pequeña Alba le decía a su yaya.

– Mi hermanita no se estaba fabricando bien.

– No, cariño, pero ahora está en el cielo, con los ángeles y con Dios. Tu hermanita, desde allí, nos cuidará mucho a todos.

– Mis papás van a traer otro hermanito, pero la mamá no lo lleva dentro. Vendrá de una casa.

– Alba, es que hay niños a los que sus papás no pueden cuidar y necesitan otra familia que los quiera mucho y que juegue con ellos.

– Yo lo querré mucho y le enseñaré a jugar.

– Claro, tú serás la hermana mayor —le dice la yaya abrazándola con ternura— y se lo tendrás que enseñar todo.

– La mamá me ha dicho que a lo mejor el hermanito tampoco se fabrica bien pero que no se ha ido al cielo…

– Alba, los papás van a traer a casa un hermanito que necesitará mucho cariño y que no tiene a nadie que se lo dé. Nosotros le querremos mucho, ¿verdad, preciosa?

– Sí, yaya, le querremos mucho.

La pequeña Alba se abraza, feliz ahora, a su yaya y empieza a contarle las cosas del cole.

La yaya, escuchando el parloteo de la niña, recuerda cuando el médico dijo que la niña no se desarrollaba bien y que su situación era incompatible con la vida. Aguantaron el embarazo hasta el límite, con nuevas pruebas en busca de la mínima posibilidad de que la pequeña naciera. Incompatible con la vida y riesgo para la vida de la madre. Qué dolor el de toda la familia y qué despedida más amorosa para esa hija no nacida.

Piensa la yaya en el día, al principio del embarazo, que los padres de Alba supieron que el feto tenía alguna malformación. Lo aceptaron con entereza sabiendo ya en ese momento que le amarían más, si cabe, que a un niño sano. La familia les arropó y se dispusieron a dar comienzo a un camino nuevo que exigiría lo mejor de todos ellos.

Y después, la decisión de hacerse cargo de un niño, necesitado de besos y abrazos, de calor de hogar, de brazos que le acunen, de manos tiernas que le acompañen en su caminar, de palabras y risas que le enseñen a vivir. Si estaban dispuestos a su entrega incondicional a la hija privada de la salud, esa entrega no  quedará estéril. Enseñarán lo que es el amor al pequeñín  que les sea confiado.

La yaya siente admiración por sus hijos y se sabe afortunada al poder participar de la gran fiesta del amor que es su familia.

– Yaya, yaya, ¿que no me escuchas?…

Mª José Varea
Voluntaria

Hay 2 comentarios

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  1. Fernando Pérez Pérez

    Hablemos con claridad a los niños. Ellos sí que nos entienden. A veces, muchas, más de lo necesario, somos los adultos quienes no entendemos a los niños.
    Alba es un ejemplo de amor porque viven en una familia de amor y está dispuesta a darlo a un nuevo hermanito porque nadie le ha hablado de los celos, sino del amor.

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